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Ni cuando Santa Bárbara truena nos acordamos realmente de ellos

lunes 30 de marzo de 2020, 12:00h
Alejandro Gómez Ordoki
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Alejandro Gómez Ordoki (Foto: JC)

El maldito virus está causando estragos entre nuestras y nuestros mayores en centros residenciales. No quiero aportar cifras porque no pretendo realizar ningún análisis estadístico sobre la velocidad de la expansión, la tardanza o no en la adopción de las medidas de confinamiento o cualesquiera otras cuestiones que inundan la práctica totalidad de unos medios de comunicación tendentes al amarillismo, como muy bien apunta mi amigo Josep.

Únicamente una razón me impulsa a hacer públicos mis pensamientos: el respeto que deberían merecernos quienes con su sacrificado y silencioso esfuerzo han sido las verdaderas almas que han construido el estado de bienestar que, todas y todos sin excepción, disfrutamos a día de hoy. Sumido en una perplejidad en la que me veo cada día más inmerso, escucho atónito declaraciones de algunos gobernantes que me hacen dudar de su humanidad real -no de la teórica, no de cara a una galería cansada de palabras huecas- hacia las personas más desfavorecidos.

La popularmente conocida como ley de la dependencia, bandera social de unos ejecutivos empeñados en hacerla jirones, ha ondeado más bien poco. El viento, como siempre, sopla en otras direcciones y con suerte, quizás, nos llega alguna ráfaga aislada. Y a pesar de ello, de la escasa dotación de medios humanos recogida en normativa para cuidar a quienes antes cuidaron de nosotros, algunas voces que nos representan se autodefinen con unas declaraciones sangrantes que desdibujan, cuando no manipulan, la realidad que se encuentran en nuestros centros. Vaya desde aquí mi más sincera gratitud y reconocimiento públicos a cuantas personas que día tras día, con heroicidad y altruismo, os vaciáis, física y psicológicamente, en la atención a nuestras y nuestros residentes.

Llevo tres décadas trabajando en servicios sociales. En este tiempo, he podido comprobar en primera persona hasta qué punto el ideario asistencial de la ley de la dependencia y, asimismo, de las diferentes leyes autonómicas de servicios sociales, han ido tejiendo una red estatal de atención residencial a personas mayores absolutamente descompensada y, en no pocas ocasiones, presumiblemente insuficiente para poder atender en circunstancias normales, antes incluso de la aparición del Covid-19. Nadie podría haber previsto una crisis como la actual pero es indudable que contar con unas adecuadas dotaciones de personal ayuda, y mucho, a superarla. Pero esta reivindicación, más propia de una planificación de las políticas sociales en mayúsculas y “con altura de miras”, como acostumbran a reprocharse recíprocamente nuestros representantes, nada tiene que ver con la perentoria necesidad de material que necesitan los geriátricos españoles a la voz de ya.

No encuentro datos ni razones objetivas que me expliquen la precariedad con la que trabajan miles y miles de personas sin un reconocimiento tan explícito por parte de los medios de comunicación ni, en menor medida aún si cabe, de algunos de nuestros cargos públicos. Es la propia sociedad quien una vez más, y ya van unas cuantas, está ayudando en un ejemplo solidario que no he visto entre quienes nos mandan. Y transcendiendo lo tangible -según esos mismos medios, prometen resolverlo esta semana- pediría también que se pusieran en valor, a la altura del meritorio trabajo realizado por cuantos se constituyen en baluartes de la lucha contra el coronavirus, actos como los protagonizados por aquellos geriátricos que han decidido confinarse voluntariamente con sus residentes. Albert Einstein decía que “comienza a manifestarse la madurez cuando sentimos que nuestra preocupación es mayor por los demás que por nosotros”. Y esto no es relativo sino absolutamente absoluto.

Me gusta mi sector, en su inmensa mayoría compuesto por ejemplos de defensa real a las personas más necesitadas en clara desventaja de medios y recursos respecto de otros. Un sector que necesita de la iniciativa privada porque dudo seriamente que las administraciones correspondientes pudieran dar respuesta en las condiciones laborales de la función pública. Un sector que debe cumplir con mil y una normas de toda índole y que, paradójicamente, deambula por un espacio, el sociosanitario, que es una suerte de cuarta dimensión porque ninguna administración lo quiere hacer propio. Un sector que da mucho más de lo que recibe y que se entrega, con total abnegación de sus equipos profesionales, para que este mal sueño pase cuanto antes. Un sector que parece querer ser analizado desde la Fiscalía casi con precisión microscópica y con un número de aumentos que, al parecer y desde ciertas perspectivas, no proceden en la atención hospitalaria, como perfectamente explicaba Raquel Calatayud el pasado 24 de marzo en su artículo “El virus de la injusticia”. Un sector con todas sus carencias y virtudes que no debe ser gratuitamente prejuzgado y sobre el que, llegado el caso, debe aplicarse la ley en igualdad de condiciones ante hechos probados. Pero no es momento de alarmar a un entorno sociofamiliar que sufre su impotencia desde la soledad más desgarradora.

Espero que más pronto que tarde, quienes somos apéndices de los recursos residenciales, podamos reiniciar nuestra actividad al servicio de los centros para personas mayores. Sería una buena noticia para el conjunto de la sociedad porque la tormenta estaría amainando. Pero presumo que resetearnos costará algo más que apretar el botón de “on”. Quizás fuera un buen momento para demostrar que hemos sido capaces de aprender con la experiencia y podamos por fin, de una vez por todas, colocar a nuestro sector en la situación que verdaderamente le corresponda por su importancia social, familiar y económica.

Dejemos de acordarnos de Santa Bárbara cuando truena y apliquemos una de las máximas de Emile de Girardin: gobernar es prevenir. Mientras llega este ansiado cambio de escenario, para mí sois algo más que meros profesionales haciendo su trabajo: sois un ejemplo de valores que intentaré preservar para conocimiento de las nuevas generaciones. Un millón de gracias, compañeras y compañeros. Al resto de la sociedad, un ruego encarecido: #QuédateEnCasa.

Alejandro Gómez Ordoki

Gestión en Servicios Sociales

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