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Ayer soñé que…, por Alejandro Gómez Ordoki

lunes 15 de junio de 2020, 14:06h
Martín, Ayer soñé que...
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Martín, Ayer soñé que... (Foto: Alejandro Gómez Ordoki)

… Martín parecía tener la vista perdida más allá de los ventanales del salón. Su rostro no dejaba adivinar ningún estado de ánimo, ni tan siquiera de resignación aceptada. Todos sus amigos del centro, su hogar, habían muerto porque no contaban con armas para defenderse. Él, que sufrió las penurias de aquellas familias que lo perdieron casi todo por haber combatido en el bando perdedor durante la guerra, sabía bien que solo con el ánimo no era posible vencer. Una lágrima surcó los pliegues de su cara y se deslizó por el babero que cubría su pecho. Era la hora de comer.

Una auxiliar de ojos rasgados le sirvió. Fue incapaz de detectar su sonrisa porque una mascarilla cubría su boca. Una voz a su espalda casi le susurraba la buenísima pinta que tenía la comida de hoy. Pero Martín no tenía hambre. La tristeza alimentaba su espíritu y estaba tan saciado de pesadumbre y malestar que nada más cabía en su cuerpo. Solo a él le sentaron en su mesa. No porque fuera portador de peligro alguno sino, sencillamente, porque no tenía quien le acompañara. La pandemia se los había llevado de allí: antes de ayer a Sara, su pareja de dominó; ayer a Manu, a quien recordaba continuamente quiénes eran sus hijos; hoy a Sofía, la mejor amiga que nadie pueda tener mientras llega lo inevitable. Retiró el plato con desgana y pidió que le llevaran al jardín interior. Aquellas ausencias sin despedida seguían envenenando su alma.

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Mi madre decidió dimitir como concejal de servicios sociales. Republicana convencida, se planteó renunciar a su cargo porque se sintió abandonada por los poderes cuando perdió a su padre durante el confinamiento. No hubo duelo. Tampoco supo reconfortar su conciencia desde el discurso de su grupo político. Rezumaba enfado por todos los poros de su piel. Su padre, monárquico y de derechas, defendía el diálogo sin líneas rojas. Ella no podía deshonrar la memoria de Héctor, un neoliberal que terminó sus días desorientado en un centro público.

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Una vez más, la directora del centro intentó convencer a Martín de que no viera las noticias. Una vez más, también, la postura del viejo advertía de su tajante convencimiento. Miró a su derecha y la soledad volvió a envolverle con su manto frío y oscuro. Sofía, su Sofía, no estaba con él. En la tele, la fiscalía buscaba culpables fuera de la responsabilidad pública, como si atender a quienes más lo necesitan no fuera un equilibrio entre mandatarios y mandados. Martín no pudo evitar el reproche: una guerra y una posguerra que restañamos con dolor y sufrimiento y estos son incapaces de aunar nada. ¡Qué asco, Sofía! Tendió su mano temblorosa para tocar un vacío desgarrador.

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Mi madre llevaba ya un tiempo deambulando por la ciudad. Inconscientemente, sus pasos fueron acercándola al geriátrico donde vivió y murió su padre. No podía entrar, aún estaban vigentes las normas de aislamiento. Ahora, además, no tenía un vínculo familiar. Ya había decidido alejarse cuando se percató de que Andrea, la directora del centro, le hacía señales de espera. Mi madre asintió. Andrea no pudo reprimir su ímpetu y se abrazó a la hija de Héctor. Incesantemente repetía entre sollozos: “lo siento, lo siento mucho”.

Las dos mujeres desnudaron sus miedos. Andrea suplicó ayuda política para superar el daño causado por extensión al sistema residencial. Dia tras día, sin excepción, llegaba extenuada a su casa sin reconocimiento público alguno, sin sentirse parte de la primera línea de defensa. Mi madre le adelantó su intención de dejar la política activa. Andrea intentó convencerla de que aún era necesaria su participación. No lo consiguió.

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Martín se levantó de mala gana. El auxiliar encendió la radio para oír el parte de las ocho. Martín gruñó para sí cuando oyó aquello de la reconstrucción social y económica. Ya había vivido ese ímpetu falso más de una vez. ¿Por qué continuar en la lucha si la decisión me transciende?, se preguntó. Le asaltaron ideas de abandono que rechazó casi de inmediato porque Sofía no lo habría aprobado. “Si el bicho no ha podido conmigo no lo harán quienes nos quieren reconstruir”, se perjuró. No permitir que las posverdades escribieran la historia sería su aportación al futuro. El auxiliar le tomó del brazo para sentarle en la silla mientras animaba al viejo: “Martin, tranquilo, entre todos contaremos lo que ha pasado”. “Si nos dejan y nos quieren escuchar”, concluyó el anciano.

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Mi madre paseaba ensimismada hasta la residencia todas las tardes. Sentía un impulso interior irracional que siempre guiaba sus pasos hasta la casa de su padre. Así vivió ella el centro durante años y así lo entendía desde su cargo público. Discutía incluso con los suyos porque para ella todo era poco para esa generación que sufrió la dictadura.

Una tarde gris de primavera, como todas las anteriores, dirigió su mirada triste y melancólica a las ventanas de la habitación que ocupaba su padre. La repentina luz en una de las habitaciones de la planta alta llamó su atención. Alguien descorrió las cortinas y apareció Martin con su mirada clavada en el infinito. Mi madre levantó la mano y le saludó. No encontró respuesta. Volvió a intentarlo. Nada. Mi madre dio media vuelta y se alejó por el camino de la desesperanza. De regreso, no consiguió borrar de su mente la imagen de un residente que parecía no tener ganas de vivir.

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Aquella madrugada, todo el país se despertó con la misma noticia. En la residencia para personas mayores “Valle del Nervión”, muere un hombre tras arrojarse desde su habitación. Mi madre sintió un suspiro ahogado y salió repentinamente de su casa para acercarse al centro. Por el camino llamó varias veces a Andrea. No hubo respuesta. Seguía llamando cuando ya veía el edificio, dentro de una zona acordonada, con policías y cargos locales. Su posición de concejal le facilitó el acceso. Andrea salió a su encuentro. Sin esperar a que la directora le contara lo ocurrido, la asaltó: “¿en qué habitación dormía el fallecido?”

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Después de un día especialmente amargo, Martín decidió ver las noticias antes de acostarse. No se sentía cansado porque su actividad vital se había reducido a la mera existencia. La cifra de fallecidos en geriátricos revolvió su estómago, incluso vacío como estaba porque aún se negaba a comer. Pero la bilis solo apareció cuando escuchó, incrédulo, los reproches entre quienes debían acordar el modo de atenderle. Se sintió víctima, en el sentido más extenso de la palabra, porque era un arma arrojadiza que poco o nada parecía importar a quienes legislan. Una auxiliar intentó calmarlo. También arremetió contra ella. La auxiliar refirió en el parte lo que repetía constantemente entre grito y grito: “así no merece la pena vivir”.

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Andrea y mi madre no esperaron al ascensor. Subieron las escaleras a trompicones para llegar cuanto antes a la última planta. Mi madre se adelantó porque sentía que una fuerza extraña la atraía. Abrió la puerta de la habitación que le indicó Andrea. Estaba oscuro. Encendió la luz. Encontró a Martín, impasible, mirando al más allá desde su ventana. Mi madre se quedó paralizada. Sin apenas un hilo de voz, el viejo le dijo: “Hola, Sofia, te estaba esperando”. Entonces giró su silla como pudo y esbozó una sonrisa sincera. ¿Dejaremos que todo quede como si no hubiera pasado nada?, le preguntó. ¿Cómo era posible que supiera su nombre? Sofía solo acertó a replicar que ella no podía hacer mucho. El anciano asió sus manos y con dulzura le pidió: “Legisla, Sofia, legisla para que no vuelva a ocurrir”. Y los dos se quedaron mirando el horizonte. Acababa de amanecer…

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… y hoy, lo he vuelto a soñar. Sofía, mi madre, siente que hay veinte mil maneras de hacerlo: una por cada residente fallecido por la COVID-19. Esta, tan solo es la mía.

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