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La residencia del siglo XXI es un concepto vip

Por Alejandro Gómez Ordoki y Javier Castro Spila
miércoles 17 de noviembre de 2021, 02:27h
Alejandro Gómez Ordoki y Javier Castro Spila.
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Alejandro Gómez Ordoki y Javier Castro Spila.

La residencia del siglo XXI es un concepto vip. Para alcanzar la excelencia propuesta, ¿replicamos el presente o transitamos hacia el futuro?

La residencia del futuro está en la agenda de los ejecutivos autonómicos. Ningún gobierno que se precie debería abstraerse de un debate que, trascendiendo los propios límites del sector de la atención residencial a personas mayores dependientes, empieza a estar también presente en el imaginario social desde muy diferentes perspectivas. En esta coyuntura, superando las expectativas de proclamas políticas más o menos creíbles y con mayor o menor nivel de compromiso, las y los profesionales del sector estamos obligados a reflexionar sobre la transición hacia nuevos paradigmas del cuidado residencial.

Porque la ventana de oportunidad que ha abierto la crisis del coronavirus aún permanece abierta y no deberíamos desaprovechar las opciones de intervenir -esperemos que de modo vinculante- en la redefinición del modelo. Una reflexión, en cualquier caso, más preocupada por aprender las lecciones que nos ha dejado la crisis del coronavirus que por insistir en un análisis de contenido epidemiológico y/o en discusiones de extensión virológica; en otras palabras, más interesadas en definir y codificar las claves de futuro que en explicar estadísticamente la crisis y sus factores de incidencia. La pregunta es fácil de enunciar, pero de respuesta compleja y, en todo caso, dependiente del estilo de atención: ¿cómo deberían ser las residencias del siglo XXI?

Para una lectura completa del artículo, consulta aquí.

En la transición hacia la residencia del futuro, los centros se entienden como nodos de un ecosistema en permanente conexión (conjunto de recursos que garantizan la atención en el continuo del cuidado a personas mayores dependientes). Así, los centros no encajan en el sistema como la última etapa del cuidado (sentido unidireccional de la atención), sino como recursos capaces de absorber demandas de atención y/o compartir conocimientos/experiencias con el resto de servicios y prestaciones de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia (sentido ecosistémico bidireccional).

Esta idea de ecosistema equilibrado, en el que los diferentes recursos de cartera se despliegan conforme a una lógica distributiva que busca maximizar el alcance del cuidado a un nivel de calidad suficiente, no es precisamente una realidad que caracterice el panorama estatal. El análisis del despliegue autonómico de la cartera de servicios concluye en una observación indiscutible: el Estado es una maraña ecosistémica que, en todo caso, pivota sobre la progresiva consolidación del cuidado en el propio domicilio como eje de desarrollo de la LAPAD.

Cualquier profesional que se anime a examinar el evolutivo de datos publicados por el Sistema para la Autonomía y la Atención a la Dependencia (SAAD) sobre el número de beneficiarios de cada uno de los servicios y prestaciones de la LAPAD, se percatará de que el futuro seguirá tejiendo la red residencial. Incluso con el previsible efecto amortiguador en la necesidad de plazas residenciales por el progresivo incremento de soluciones domiciliarias, el ecosistema tendrá que seguir garantizando su capacidad de respuesta especializada a los perfiles de cuidado más demandantes.

La razón no es otra que la esperada explosión demográfica en edades avanzadas por efecto del baby boom. En el tránsito hacia la residencia del futuro, esta cohorte de personas potencialmente usuarias de atención residencial cambiará -como mínimo condicionará- el concepto del cuidado. Los patrones socioculturales de las actuales personas residentes (la generación del silencio o niños de la posguerra) no son compartidos por los babyboomers, una generación que se caracteriza por un alto nivel de estudios, mayor disponibilidad económica, modelos de ocio alternativos/sofisticados, posicionamientos más reivindicativos -por conocimiento y ejercicio de sus derechos- y, por tanto, con un grado de asertividad y exigencia superiores. En consecuencia, ¿cómo deberían evolucionar las residencias para ser social, cultural, económica y tecnológicamente competitivas para prestar cuidados de futuro?

Diferentes voces del sector geroasistencial estatal comienzan a reivindicar los mínimos necesarios para la redefinición del modelo en dimensión de común denominador. Así, los umbrales mínimos propuestos de atención se inspiran en los postulados de la atención centrada en la persona, en la colaboración con el sistema público de salud, en la calidad contrastable y en la disposición de plantillas suficientes y reconocidas, social y económicamente.

Sin embargo, en esta aspiración teóricamente compartida, cada autonomía parte de una situación distinta y, en esa tesitura, la transición hacia la residencia del futuro estaría condicionada y sujeta a diferentes intensidades y velocidades. En cualquier caso, a pesar de la heterogeneidad autonómica y de las limitaciones en el potencial de transición, el sector debería incorporar al debate una perspectiva más ecosistémica que endémica, más holística que reduccionista. Con ese ánimo se lanza la etiqueta vip, un identificador que evidencia la apuesta del centro residencial por ser una entidad totalmente integrada con la sociedad a la que pertenece y, además, presta servicios esenciales.

La categoría vip no solo hace referencia al trato excelente que todo residente merece por su contribución pasada -y presente, si fuéramos tan audaces como para facilitarles las oportunidades adecuadas- a la sociedad. En un contexto vip, la residencia se fusiona con la sociedad porque está socialmente integrada. En esa simbiosis social, la idea vip se expande a través de tres ejes fundamentales: eje verde (transición ecológica), eje de innovación (transición eficiente) y eje de personalización (transición del cuidado). Y, también, desde tres intangibles alineados con las dimensiones vip principales: además de verdes, las residencia vip son tractoras de vocaciones profesionales y están fusionadas con el vecindario; además de innovadoras, son catalizadoras de imaginación e inteligencia; además de personalizadas, son impulsoras de bienestar psicosocial y canalizadoras de relaciones de proximidad. Las residencias vip son, en definitiva, espacios de vida, inclusión y participación.

Pero la noción vip no es en absoluto disruptiva. Las residencias vip son “evolucionarias” porque no rompen de modo abrupto con un pasado que progresivamente ha abandonado las prácticas de la beneficencia, ha profesionalizado la atención y, formal o informalmente, consciente o inconscientemente, ha comenzado a cuidar con códigos de personalización. Optar por lo vip es ampliar el alcance de la misión, visión y valores del centro residencial porque las personas usuarias, además de constituirse en el epicentro de la atención, participan en la definición de las políticas sociales (gobernanza colaborativa), evalúan la calidad del cuidado (evaluación participativa) y determinan el rumbo de la mejora (sentido de la innovación).

Ser vip es reconocer la tríada del cuidado sin prevalencias (1-actividades de la vida diaria, 2-salud y 3-dimensión psicosocial); ser vip es, asimismo, promover una mayor presencia de profesionales de perfil psicosocial como mayor garantía para combatir las tres plagas de la vida residencial (soledad, aburrimiento e inutilidad); pero ser vip es, sobre todo, producir una sensación de bienestar en las personas residentes que, por mayores, no han renunciado a sus proyectos de vida.

El tránsito vip busca con ahínco dotar de nuevo atractivo a un sector vilipendiado durante la crisis de la Covid-19. Para superar el daño reputacional infringido por causas muchas veces subjetivas, el sector necesita recuperar la confianza social para ser nuevamente merecedor del respeto perdido y no permitir que la duda sea algo irreversible. Un objetivo básicamente conseguible si los ejecutivos autonómicos realmente priorizan el cuidado a las personas mayores como parte estratégica de sus políticas sociales. Las materias primas para el éxito solo se extraen en el yacimiento de la inversión pública: incremento de ratios, dignificación salarial, revisión de costes de atención, cuidados personalizados, evaluación participativa y estímulos a la innovación. El buen hacer de un sector con una perspectiva vip del cuidado, hará el resto.

Alejandro Gómez Ordoki / Javier Castro Spila

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