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Historietas: ¿Qué nos dice la sociología contemporánea sobre envejecer en el hogar? Por Juan Pablo Correa

Por Juan Pablo Correa
miércoles 01 de diciembre de 2021, 18:52h
La vivienda en la vejez.
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La vivienda en la vejez. (Foto: Irene Lebrusán Murillo)

Tengo en mis manos el libro de Irene Lebrusán Murillo, La vivienda en la vejez: problemas y estrategias para envejecer en sociedad (2019), publicado por Politeia y con el apoyo del CSIC. Desde que dejé la facultad de Antropología, hace ya unos cuantos años, me resisto a sumergirme demasiado en los textos académicos. Con el fin de optimizar mi tiempo prefiero acudir a textos divulgativos que me pongan más fácil el acceso al conocimiento. Esto se debe a un defecto inevitable de la academia, que es el pasar primero por un berenjenal de conceptos técnicos y teóricos, propios del argot de la disciplina respectiva, antes de poder plantear cualquier tesis o hipótesis razonable.

En este mundo de inmediatez donde queremos la información procesada como comida rápida, fácil de masticar, nos estamos volviendo malos lectores de este tipo de textos. No obstante, este estudio académico capturó mi atención y no he dejado de pensar en él durante semanas; aparte de haberme permitido ejercitar mi cerebro por un par de días. Este es el tipo de textos que, a pesar de lo exigentes que pueden llegar a ser de cara al lector, recompensan el esfuerzo y permiten replantear algunos conceptos a veces enquistados y desgastados.

Todo comenzó cuando leí la estupenda reseña de Josefa Ros Velasco sobre este libro. Los que hemos tenido el gusto de estar en alguno de los eventos de divulgación de Josefa sobre sus investigaciones del aburrimiento en la vejez sabemos que sus recomendaciones de lectura no lo dejan a uno indiferente. Después de leer el libro he estado compartiendo con la autora y Josefa algunos de mis hallazgos por twitter y esto me motivó a escribir esta reseña.

La vocación sociológica

Irene Lebrusán es doctora en Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, galardones y reconocimientos avalan sus credenciales como investigadora. Esto nos da una primera pista de la dirección de su estudio. La sociología, a diferencia de otras disciplinas de las ciencias sociales, tienen una vocación por explicar los fenómenos, estructuras, procesos e instituciones sociales que determinan las condiciones de actuación de los individuos. Los estudios sobre la vivienda han sido objeto de estudio recurrente por parte de la sociología, pues como la autora explica, la vivienda puede ser entendida no sólo como un espacio de reproducción de la sociedad, también como un espacio que permite a los individuos adaptarse a su contexto social y ambiental.

De cara al lector no especializado hay que advertir que probablemente una mirada desde la psicología social o la neurociencia sobre el envejecimiento en el hogar podrían arrojar conclusiones diferentes y no menos o más valiosas que las de la sociología.

La vejez: una aproximación generacional

Un tema que me sorprendió de este libro es la definición de vejez de la que parte. Irene Lebrusan se aleja de la definición de vejez como la etapa de jubilación o “ruptura con la función social” y la vejez como dependencia o “pérdida de la función física”. Propone entender la vejez como una dinámica generacional, es decir, como un momento cronológico de la vida en la sociedad. Dicho de otra forma, sugiere entender la vejez como una etapa de la vida inevitablemente condicionada por la edad de las personas.

Esta perspectiva además de ser audaz para los propósitos de su investigación, le permite a Irene abstraerse de manera crítica sobre las definiciones más optimista de la vejez pero no menos cuestionables impulsadas por organismos multilaterales como Healthy aging, Active aging (WHO), Optimal Aging (European Commission), Aging well (Fries) etc.

Irene advierte que la “vejez” está en una continua redefinición, debido a que como experiencia social sigue siendo un campo desconocido para las sociedades actuales que hasta hace muy poco han alcanzado unas expectativas de vida mucho mayores que las de generaciones anteriores. De aquí “el deseo de los individuos de obtener más de la experiencia vital de los años de retiro, pero también el interés político por reducir el coste del envejecimiento para el sistema de provisión” dice Irene, citando un estudio que analiza los cambios de las políticas laborales y de retiro en 15 países de la Unión Europea.

Esta definición cronológica de la vejez para Irene no se podría entender sin el concepto de “generación” y el enfoque del “curso de vida”. El concepto de “generación” tiene en cuenta que existen diferencias en la manera de percibir la vejez por parte de los individuos de un mismo grupo de edad. De este modo se abre la posibilidad de entender la vejez como un proceso que puede ser influido por los eventos sociales, históricos y políticos experimentados por un grupo de edad. Es decir, una generación es un colectivo que ha participado en los mismos acontecimientos históricos y que por lo tanto comparte una trayectoria de vida similar.

El envejecimiento en el hogar en diferentes países

Después de entender esta definición de vejez y los conceptos que le acompañan, pensé entonces que sería interesante hacer un análisis comparativo de las intervenciones sociales por edad que hacen las políticas públicas en relación con la vivienda en diferentes países. Por ejemplo en España, Colombia y Finlandia, países en los que he vivido y de los cuales mi propia experiencia podría decir algo al respecto. Sin embargo, una respuesta en este sentido necesitaría de una investigación profunda. Simplemente he decidido leer el libro de Lebrusan con los anteojos de mi experiencia personal con el fin de ver hasta dónde este libro nos puede dar pistas de cómo comparar la experiencia de envejecer en el hogar en diferentes países.

Un primer punto en común evidente es entender la vivienda como estructura de las diferencias sociales. Esto es aparentemente fácil de apreciar en los tres países mencionados, incluso en sociedades más igualitarias como Finlandia. A priori uno podría decir que estas diferencias son difíciles de encontrar si uno vive en un condominio típico finlandes en que todas las casas parecen ser copias iguales de las otras, pero con el tiempo, uno descubre quién es el rico del condominio y quién vive de las subvenciones del estado. Por otro lado, mucho más evidentes para un ojo inexperto si uno camina por una ciudad como Bogotá, la cual en tan solo unos metros pasando de un barrio a otro se pueden observar esas diferencias de manera tajante y clara.

Por lo tanto, entender cómo funciona el acceso a la vivienda por parte de los usuarios así como el mercado de la vivienda y las instituciones implicadas podría ayudarnos a contrastar el impacto de envejecer en casa en cada uno de estos países. De ahí la importancia que este libro hace de analizar la distribución de la tenencia de la vivienda en la población mayor de 65 años en España, pues permite examinar la manera inequitativa de acceso a la vivienda a la que se vió sometida esta generación.

Otro elemento de comparación interesante es entender la vivienda como un espacio social. No sólo como un espacio en el cual se establecen relaciones sociales y la vida familiar, también como instrumento para “normalizar” o adaptar la vida de los individuos a un “hábitat” o ambiente determinado. El que haya vivido en varios países y en especial en latitudes diferentes, con climas distintos, también podrá dar fé de que las características de acceso y uso de la vivienda es un parámetro de comparación que puede definir maneras diferentes de envejecer en casa.

No es lo mismo envejecer en una vivienda unifamiliar en propiedad en un suburbio finlandes (donde el acceso a los servicios sociales y de salud pueden llegar a ser limitados o poco accesibles) que en un apartamento de alquiler en el centro de Helsinki. Tampoco es lo mismo envejecer en un quinto piso sin ascensor en el centro de Barcelona o en un apartamento en los cerros de Bogotá donde las clases medias y altas siguen aceptando la servidumbre casi como una formula de esclavitud moderna.

Las estrategias para envejecer en el hogar en cada país podrían ser diferentes, sin embargo Lebrusan sugiere una clasificación que quizás puede ayudarnos a establecer comparaciones más objetivas: (1) la permanencia en casa; (2) la ruptura, que puede ser de varios tipos como por ejemplo moverse a casa de un familiar o un lugar mejor acondicionado para responder a las necesidades en la vejez y por último (3) la institucionalización en un geriatrico o residencia, que es el caso más marginal y que a diferencia de los anteriores la autora argumenta que “no permite envejecer en sociedad” pues “aleja al anciano del entorno y lo aliena de sí mismo”. Se puede estar en menos o más acuerdo con esta afirmación sobre la institucionalización, sin embargo, resulta muy lógica esta clasificación. Admite además que la estrategia de permanecer en casa no se desvincula de los múltiples servicios que puedan apoyar al cuidado en el hogar. También admite que el éxito de estas estrategias depende de las condiciones de vida de las personas y no garantiza el enfrentarse a otro tipo de problemas.

El envejecimiento en el hogar: El caso de Madrid

Hasta aquí parece que la teoría que sustenta el libro nos ofrece herramientas suficientes para poder establecer una comparación, sin embargo hay un punto en el cual esa comparación puede quedarse en un análisis superficial y reducido que puede no dar cuenta de una realidad mucho más compleja. Esto sucede cuando queremos conocer la relación entre la vivienda y el hogar, es decir cómo se habita y se accede a la vivienda. Para esto sería necesario como indica la autora un análisis histórico y de trayectorias de vida que permita entender la manera en que se han configurado las estructuras de poder que afectan la tenencia y uso de la vivienda. En otras palabras lo que nos está advirtiendo la autora es que a la vivienda se accede y habita de un modo “específico, singular y provisional” de acuerdo a cada contexto histórico, social y cultural.

En el capítulo 7 del libro, hay un caso de estudio en Madrid que muestra a través de historias de vida de personas mayores de 65 años cómo las estrategias del envejecimiento en el hogar anteriormente mencionadas son llevadas a la práctica. A grandes rasgos, el estudio de caso caracteriza a una generación que se resiste a abandonar su hogar principalmente por un “apego” motivado por sus circunstancias familiares, su relación con la comunidad y el barrio así como por una limitación subjetiva de analizar las posibles riesgos de seguir habitando la vivienda. Este capítulo es clave para señalar cómo cada generación crea sus propias expectativas sobre la vejez, pero a la vez como existe una relación poco explorada en España sobre el acceso a una vivienda digna y los potenciales problemas que esto puede generar en la calidad de vida en la vejez.

Lo que nos enseña este libro es que cuando rascamos más a fondo en cómo las políticas sociales y acontecimientos históricos determinaron la trayectoria de vida de las personas y lo contrastamos con las cifras de tenencia de la vivienda e índices de vulnerabilidad residencial, podemos establecer tesis e hipótesis que difícilmente los números nos pueden mostrar por sí solos. En el caso específico de este libro parece claro cómo las políticas sociales del franquismo determinaron la desventaja en las condiciones de vida de muchas mujeres españolas que hoy tienen más de 65 años. No solo excluyeron a la mujer del mundo laboral, privilegiando e incentivando el matrimonio y los modelos de familia tradicional sinó que también dejaron a estas generaciones de mujeres sin una pensión digna, lo cual incide en la capacidad de adaptar la vivienda a las necesidades derivadas en la vejez.

De acuerdo al último informe de La UE sobre Los Cuidados de Larga duración en Europa (2021), las cifras hoy nos muestran que la necesidad de servicios sociales para el cuidado de personas mayores de 65 años no solo en España sino en el resto de Europa tienen un marcado carácter femenino. Lo que no nos explican es por qué esto es así. Hay que reconocer que este libro abre la puerta a la sociología para dar cuenta de estas inequidades estructurales. Entender que existe una deuda histórica con este importante segmento de la población debería hacer reflexionar a quienes impulsan políticas sociales no solo en España sino en el resto de países de la UE.

Sesgo de encuadre

El lector también debe entender que todo estudio tiene sus limitaciones por un sesgo de encuadre. Es decir, al enfocar demasiado en un lugar se corre el riesgo de ver desenfocado el resto del paisaje. Especialmente para los que nos interesa la historia del desarrollo de los servicios sociales es importante decir que este libro se enfoca principalmente en el problema de la vivienda en la vejez desde una revisión histórica de antecedentes en la política pública española. De hecho el capítulo 5, describe con mucho detalle la historia de las políticas públicas relacionadas con la vivienda en España que afectaron a las generaciones mayores de 65 años. Este capítulo sustenta buena parte del argumento en definir la cultura residencial Española como propietaria, afirmando que es la “única alternativa real ante la estrangulación normativa”. Sin entrar a debatir si esto es así, pues no soy un experto en la materia permítaseme aplicar un poco de escepticismo saludable.

El capítulo parte de una suposición que dentro de mi humilde opinión puede ser controvertible y es el peso que tienen las políticas públicas o la iniciativa pública en la configuración de la vida de las personas. El peso de lo público entendido como las inversiones en recursos, servicios y políticas que despliega una sociedad a través de su modelo de Estado puede ser tan limitado como extenso. Haciendo una burda comparación con Colombia y Finlandia me resisto a aceptar del todo que el ámbito de lo normativo mediado por las políticas públicas es la única explicación posible de lo que la autora llama el “sedentarismo residencial” de la cultura residencial Española. Algo similar sucede en Finlandia. Sospecho entonces que el ámbito normativo es importante pero no es la única variable en juego en España. Con esto no quiero decir que no exista una relación causa efecto, pero quizás el buscar esa relación de manera tan constreñida en las políticas públicas pueda dejar de lado ponderar otras variables en juego, que al menos hubiera sido justo mencionar con más detalle en el libro.

En el caso de Finlandia por ejemplo, después de la segunda guerra mundial uno de los elementos que permitió el desarrollo de un estado de bienestar fue la participación de la iglesia Luterana, así como el cooperativismo y el asociacionismo funcionando en paralelo con las nuevas reformas y los actores políticos. En el caso de Colombia ante la ausencia del Estado en muchos asuntos de política social han sido diversos los actores que han participado en la provisión de servicios sociales. Por eso sospecho que hay un sesgo de encuadre cuando leo afirmaciones como “Los Servicios Sociales en España se empezaron a privatizar a partir de la crisis del 2008” o que la “Historia de los Servicios Sociales en España tienen un corto recorrido” debido a que no han estado dentro de un “modelo de universalidad”.

No sé si estas afirmaciones funcionan para plantear un argumento implícito en este capítulo que apuntan a la necesidad de un sistema público y universal de provisión de servicios y acceso a la vivienda (algo que es muy característico del debate político en España). No obstante, si así lo fuera, este argumento corre el riesgo de desdibujar el papel que otros actores pudieron haber tenido en esta historia desde mucho más atrás en el tiempo o en paralelo a los cambios de leyes y regímenes políticos descritos en el libro. En cualquier caso la autora reconoce brevemente en el capítulo 6 y más explícitamente en el capítulo 7, cuando hace un análisis cuantitativo de las condiciones de la vivienda en la vejez, que pueden existir otras variables económicas, culturales y sociales respaldadas por las políticas que al final de cuentas reflejan el modelo de acceso a la vivienda y bienestar. Lo dejo aquí como una hipótesis crítica sobre la cual no tengo demasiadas evidencias pero sí las suficientes para plantear mis dudas.

Una evidencia fácil de contrastar es que los servicios sociales no solo en España sino en otros países del mundo como Finlandia y Colombia se han desarrollado principalmente a través de la iniciativa privada, primero a través de la beneficencia y el altruismo en su mayoría por parte de organizaciones filantrópicas. Tanto los modelos de ahorro privados, el cooperativismo, los barrios obreros construidos por las fábricas, órdenes religiosas, obras sociales etc. han intervenido en la configuración de estrategias de acceso y uso de la vivienda así como servicios sociales. Así mismo, se tendría que investigar cómo estas instituciones de carácter privado han influido en la definición de las políticas públicas a lo largo del tiempo. En el caso de los servicios a la atención de las personas mayores y en especial de las residencias de personas mayores, el origen ha sido principalmente privado en España, por lo tanto afirmar que los servicios sociales se han empezado a privatizar desde la crisis del 2008 incurre en no reconocer que desde mucho antes su origen fué privado.

Nuevas líneas de investigación

A pesar de este esbozo crítico que me he permitido, el libro de Irene Lebrusan es extensamente valioso en muchos aspectos. Este libro cuestiona el pobre interés que ha suscitado el estudio del envejecimiento en el hogar en España, especialmente por parte de las instituciones por recoger más datos que nos permitan dar con una radiografía más clara de lo que ocurre y los desafíos a los que las generaciones mayores de 65 años pueden estar enfrentando. También muestra la limitación de cobijar bajo el concepto de “dependencia” a las personas mayores sin tener en cuenta otros tipos de vulnerabilidades que se pueden presentar en la vejez relacionadas con el acceso a la vivienda digna.

Algo que eché en falta (bajo mi condición de inmigrante) en este libro (aunque probablemente tendría que ser fruto de otra investigación) es el papel que juega la mano de obra inmigrante para proporcionar los cuidados formales e informales que permiten hoy pensar en la idea del envejecimiento en el hogar no solo en España sino en otros países Europeos como Finlandia. Me pregunto si la idea del envejecimiento en el hogar soportada por los cuidados en el domicilio es también posible gracias a la existencia de otras inequidades estructurales como la explotación de la mano de obra inmigrante. Dicho esto, este libro no solo nos enseña lo que la sociología puede aportar a la comprensión de fenómenos tan complejos como el envejecimiento en el hogar, sino que también nos sugiere campos de estudio inexplorados que podrían ayudar a ampliar nuestro conocimiento sobre este tema. Este libro puede contribuir a mejorar y matizar nuestras opiniones y argumentos sobre el envejecimiento en el hogar, ya que sin lugar a dudas es una estrategia que vuelve a estar en el centro de las discusiones actuales sobre los sistemas de provisión de servicios sociales.

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