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Historietas: Clases magistrales, por Susana Sierra

Pizarra de colegio.
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Pizarra de colegio. (Foto: Pixabay)
Por Susana Sierra Álvarez

Doña Pilar, la vieja profesora que durante toda su vida se había dedicado a enseñar y educar a tantos y tantos niños de otras tantas generaciones, estaba feliz con la decisión que había tomado unos meses atrás: poder seguir con su tan amado papel de maestra, ahora ya no de niños, sino de coetáneos, sus compañeros de la residencia.

Más que maestra, pasó a convertirse en coordinadora o moderadora de clases con un alumnado tan especial como las disciplinas que se impartían: que se hablaba de Historia, ahí estaban los relatos de Agustín, que tuvo que emigrar del campo a la ciudad cuando los años y las cosechas no vinieron bien dados y fue testigo del cambio brutal de los tiempos y las estilos de vida; o Carmen, que hizo el viaje contrario, de la ciudad al pueblo, tras sufrir un desengaño amoroso con poco deseadas consecuencias para ella, que dejaban traslucir el devenir, en este caso para bien, de las costumbres.

Que tocaba Matemáticas, pues se prestaba Lucio, que había sido pescadero toda su vida, para hacer saber a los demás cómo se las apañaba para echar sus cuentas y que todo le cuadrara, «y sin haber pisado una escuela, pero la fuerza obligaba. O te aplicabas o te aplicaban», decía mientras explicaba, con la ayuda de doña Pilar, las cuatro reglas. Si Geografía, Germán, viajante hasta que se jubiló, que daba pelos y señales de todos los lugares que había visitado, que fueron muchos en cuarenta años de profesión, los situaba en un mapa y hacía que los demás también intentaran localizar aquellas ciudades que iba dejando caer. Y si Lengua, don Enrique, que había sido, bueno, era, sacerdote; él bromeaba diciendo «los curas nunca nos jubilamos, no sé si gracias a Dios o a qué» y cual homilía dominical, empezaba a hablar con su perfecto castellano aprendido en el seminario y a base de muchos sermones y, de vez en cuando, aclaraba la etimología latina o griega alguna palabra.

Todos escuchaban en silencio y atentos a sus compañeros. De vez en cuando se oía un «yo también tuve que salir de casa» o un «¡anda que no me costó nada a mí aprender la división», entre algún «¡pero si yo vivía allí por aquel entonces, Germán! ¡Que a lo mejor nos cruzamos y todo!».

Cuando a Pepita, que había sido peluquera desde los diecisiete años, le llegó el turno de dar su clase magistral el día que tocaba impartir la clase de Sociales (nadie como ella conocía los vaivenes de las modas), la ilustró hablando de su nieta: «Viene a verme mi niña el otro día, bueno, y todos los que viene, y no levanta la cabeza de los aparatejos esos del demonio, con perdón, don Enrique, todo el rato jugando a juntar redondeles y cuadrados que luego explotan, o escribiéndose con amigos, me dice que hace. Y yo le digo que viene a verme a mí, a tomarse un chocolatito para merendar y que habla más con la pantalla del cacharro ese que conmigo o sus padres, que nos tiene al lado. ¡Y solo tiene once años! Ya el otro día le pregunté a Julio, mi hijo, su padre, que a qué jugaba en casa y va y me dice que con la pleistesion, que luego me he enterado que es otra máquina, pero más grande, donde salen marcianos y muertos que no están muertos, pero sí medio podridos, y que andan y que se quieren comer a los vivos de verdad y vete tú a saber qué cosas más.

No me dirá usted, señor cura, que esto es normal. Bueno, pues ayer le pregunto a Lourditas, que así se llama mi nieta, que por qué no salimos al jardín un rato y echamos una rayuela. Y que qué es eso, me pregunta. Se lo explico y dice que no sabe. ¿Y a la goma? ¿La goma?, me pregunta. «La» empiezo a hablar del brulé, de la gallina ciega, de las cuatro esquinas, el calienta-manos, la billarda, las chapas, las tabas… ¿Y os queréis creer que no sabía jugar a ninguno? Para más inri, había algunos de los que ni siquiera había oído hablar en su vida. ¿Entonces qué haces tú, criatura de dios, todo el día? Con la plei, abu, me dice, que por lo visto, es la misma máquina que me había mentado su padre, y con el guasá, que es cuando escribe con el teléfono, ¡ah!, y con el feisbu, o algo así, me dijo, que vaya nombrecitos que les ponen a esos enredos.

Pues esto no puede seguir así, me planté y le dije, tienes que aprender a jugar como dios manda, como se ha hecho toda la vida, con gente, no con máquinas, que no digo yo que sea malo, cariño, que no es eso, pero se pueden hacer las dos cosas. Y verás que ni punto de comparación. Pues cogí hace un par de semanas, bueno, ya me visteis algunos en el patio con ella, y le pedí al jardinero dos o tres cámaras de ruedas de bicicleta que me dijo que tenía pinchadas y sin arreglo, las empalmé, hice una comba, la até al árbol que hay al lado del portal y a las dos farolas que hay cerca y nos pusimos a jugar al triángulo con la goma. Bueno, pues no os podéis imaginar cómo disfrutó. Desde ese día ha venido ya varias veces y ni se trae el cacharro. Quiere que le enseñe otros juegos para ir con sus amigas del barrio. Y, además, me pide que le cuente cuentos de los de antes, me dice mi niña, que solo sabe cantar canciones y dibus de la tele. Pues así que fijaros si tenemos aquí un buen filón para ampliar nuestra escuela unos, nosotros, para disfrutar de lo no aprendido y otros, nuestros niños, para aprender de lo que no conocen y no han disfrutado. ¿Qué os parece? ¿Y a ti, Pilar?» le preguntó a su maestra y le guiñó un ojo…

Pero bueno, esto es otra historia.

Susana Sierra Álvarez, asesora lingüística. Corrección y redacción de textos

Autora de Guía para corregir textos dramáticos. Cómo corregir textos dramáticos sin que sea un drama

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