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“Instrucciones trampa”, un nuevo riesgo ante el rebrote

Mujer mayor con familia.
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Mujer mayor con familia.

Nota: como los casos prácticos son ficticios y no se refieren a ninguna comunidad autónoma en concreto algunos de los requerimientos se han tomado de diferentes comunidades por lo que cada cual debe mirar lo que es exigible en la suya para poder aprender del mismo.

En la residencia “Las Marismas”, de la que por cierto eres directora, estáis viviendo con preocupación el periodo de “desescalada”, “nueva realidad” o como a cada uno le ha venido en gusto llamarle.

Si durante unos meses todo fue hacer comunicaciones diarias, enfrentarse a la escasez de personal debido a las bajas y a las cuarentenas por contacto con enfermos o sospechosos, intentar conseguir EPIs por donde fuera y que alguien hiciese tests a los residentes y empleados; ahora el nuevo problema se centra en conseguir cubrir las plazas libres de forma que no tengamos que cerrar la residencia dentro de pocos meses por pura ruina.

En “Las Marismas” tenemos desde el principio, junto con las plazas de residencia de mayores, treinta de centro de día que teníamos a plena ocupación antes de la pandemia. Ya hace unos años, para garantizar el éxito de ese servicio, disponemos de un transporte adaptado propio en forma de una furgoneta que pasa cada día a recoger y dejar a los usuarios. Las plazas llevan vacías desde marzo y ahora, viendo los requisitos de reapertura que nos pasa la comunidad autónoma, vemos que no podremos admitir usuarios dirunos durante un buen tiempo.

Nuestro centro de día era lo que se conoce como “servicio de acogimiento diurno”, o sea, los usuarios compartían espacios, personal y actividades con los de la residencia. Ahora nos dicen que deberíamos tener un acceso diferenciado a las instalaciones para residentes y usuarios de centro de día; personal también diferenciado y un espacio en el que no coincidan residentes y mayores que vienen durante el día. Lo hemos analizado de muchas formas y no conseguimos encontrar la solución. Algunos usuarios nos presionan para volver al centro de día e incluso hemos pensado en hacer algún documento de funcionamiento planteando soluciones, como que haya un “horario de uso” del único acceso al centro; una división de las salas con rayas de pintura en el suelo o con alguna planta. El dividir el personal de forma estricta entre residencia y atención diurna se nos hace más difícil, sobre todo si éste es la enfermera o fisioterapeuta.

La administración nos dice que, para aceptar usuarios de centro de día deberíamos hacer una “declaración responsable”, o sea, firmar que cumplimos con los criterios. A nosotros eso nos suena a trampa.

Esas plazas suponen una parte importante de la cuenta de resultados del centro y ha sido un esfuerzo conseguir mantenerlas siempre llenas con lo que se nos plantea un verdadero dilema.

Pero las cosas no están mucho mejor en lo que a la residencia en sí se refiere. Al no haber podido hacer ingresos durante la pandemia tenemos unas cuantas plazas vacantes y, al no haber tenido casos covid19 positivos somos considerados por la comunidad como una residencia limpia (o “verde”, o “A”, en cada comunidad han hecho su clasificación). O sea, ¡ya podemos hacer ingresos!

¿Estamos contentos? Bueno… la cosa es un poco más complicada.

Debemos tener un plan de contingencia por si se produce un rebrote siguiendo las indicaciones que nos hace la Comunidad Autónoma (lo estamos escribiendo). Todo se centra en poder separar y aislar a los residentes en caso de rebrote según sean “positivos”, “sospechosos” o “no sospechosos”. A partir de aquí debemos prever tener en algunos casos habitaciones individuales para que pasen unos días aislados los sospechosos. Debemos prever una “sectorización” de la residencia de forma que los eventuales positivos de ninguna manera puedan tener contacto con los demás. Debemos prever una “sectorización del personal” y también un sistema para cubrir las posibles bajas. Debemos disponer de suficientes EPIs... A medida que leemos nos hacemos a la idea de que, va a ser muy difícil, incluso imposible en algún aspecto. Además, para poder cumplir deberemos dejar unas cuantas plazas vacías.

Hacemos números y un sudor frío nos recorre la espalda. Además, incluso así, sabiendo lo que ha pasado en otras residencias, estamos segura de que si hubiese un rebrote y entrase el plan podría saltar por los aires por culpa de los “enfermos no sintomáticos”. De nuevo en este caso, nos piden que firmemos una “declaración responsable” en la que aparezca que cumplimos con los requisitos. Y de nuevo tenemos la sensación de estar entrando en una trampa.

Otro aspecto importante. Las visitas y las salidas de los residentes. Las instrucciones/recomendaciones establecen un sistema restrictivo de visitas, con cita previa, entrevistas, recorridos marcados… Pero por otro lado permiten salidas cortas de los residentes con sus familiares con el requisito de que éstos se comprometan a mantener la mascarilla, lavarse las manos, no entrar en lugares cerrados/concurridos y poca cosa más. Nosotros sabemos que las visitas y las salidas son importantes, pero también que el riesgo de que un posible rebrote vuelva a acabar con la vida de residentes es muy alta. ¿No hay una contradicción en las instrucciones que se reciben?

La sensación de ansiedad crece. Por un lado, necesitamos ocupar las plazas para poder mantener la organización, pagar los salarios, alquileres e impuestos. Por otro sabemos que, hagamos lo que hagamos, si hay un rebrote el virus acabará entrando en las residencias. No tenemos la disposición arquitectónica óptima para poder sectorizar de forma hermética. Nuestros empleados seguirán yendo y viniendo y, sabemos que los familiares y los residentes tienen la necesidad íntima de contacto por lo que en las salidas, en incluso a veces en las visitas supervisadas, ha habido alguna caricia furtiva o un beso inocente que podrían acabar convirtiéndose en el de la muerte.

Sabemos que debemos tomar medidas, de hecho, lo estamos haciendo, pero no podemos evitar pensar, cuando leemos las instrucciones y recomendaciones que recibimos, que éstas han sido redactadas, no para ayudarnos a afrontar el rebrote sino para cubrirle la espalda a alguien. Nos da la sensación de que, si vuelve y entra, dirán que es culpa nuestra y que “algo no hicimos bien”.

Y en ese dilema vivimos.

¿Alguien está viviendo una situación parecida? ¿Alguien quiere compartir su plan?

Autor del caso:

Josep de Martí Vallés, jurista y gerontólogo

Profesor del Máster en Gerontología Social de la UB y de postrados de dirección de residencias en diferentes universidades e instituciones.

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