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Evitando el contagio: Medidas y límites

lunes 09 de marzo de 2020, 22:59h
Josep de Martí
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Josep de Martí (Foto: Inforesidencias.com)

Que cosas malas o muy malas permiten descubrir algunas que no lo son o que incluso son muy buenas es algo que nos está permitiendo ver el actual episodio de epidemia de coronavirus.

Parto de la base de que un virus que se transmite por las gotitas de saliva que expelen al hablar, toser o estornudar quienes ya están infectados es muy difícil de controlar. Si encima sabemos que alguien puede estar infectado y transmitir la enfermedad incluso cuando no tiene síntomas, la cosa empeora.

Todo quedaría en una preocupación asumible si caer enfermo supusiese únicamente unos días de malestar. El problema es que el Covid-19 mata a una pequeña proporción de infectados entre los que se encuentran principalmente aquellos que ya están en una situación de fragilidad previa, en su mayoría, personas mayores.

La forma más evidente de acabar con el virus es que los contagiados pasen la enfermedad sin tener contacto con personas sanas y eso precisamente es lo que han intentado en China, en Italia y en todos los países donde ha llegado el virus: detectar a los enfermos y posibles contagiados, aislarlos y esperar a que pase el tiempo que la enfermedad tarda en manifestar sus síntomas.

El problema que conlleva la medida que se está intentando es que puede chocar frontalmente con la libertad individual: si considero que el gobierno y el estado son los garantes de la felicidad y seguridad del pueblo aceptaré con convicción las medidas que implanten, aún si no las entiendo e incluso si creo que me perjudican. El bien común está por encima del de cada uno de los miembros de la comunidad. Lo cierto es que, si vivo en un régimen basado en esas premisas, no importa mucho lo que yo piense, ya que si intento oponerme a los designios del poder el sistema intentará “re-educarme”, castigarme o, sencillamente sacarme del medio.

Si, en cambio, considero que lo que hace el gobierno es administrar una parte de mi libertad, que le he entregado a cambio de que me ofrezca seguridad, respetando al máximo mis decisiones y derechos individuales, entonces seré receloso de las medidas que tome si éstas me perjudican individualmente.

En China, el gobierno ha podido aislar una ciudad o cerrar cien fábricas de un día para otro, censurar los medios y redes que podrían haber criticado las medidas, detener a quien ha avisado de que hay una epidemia en ciernes y presionar para que las noticias que se difundan sobre las medidas que toma sean siempre positivas.

En Italia, España o cualquier otro país occidental, los gobiernos pueden intentar medidas similares, aunque tras un procedimiento más proceloso, enfrentándose a críticas por parte de los afectados, de unas redes sociales que no tiene constreñidas y de una oposición que puede intentar poner de manifiesto sus equivocaciones o incoherencias.

Hay quien pensará que en momentos así lo mejor es un gobierno fuerte que “haga lo que se debe hacer”.

Me permito caer un momento en la frivolidad. Una vez leí que, en caso de un apocalipsis zombi, el único país que sobreviviría sería Korea del Norte. El motivo es que sólo allí hay suficientes militares y policías como para obligar a toda la población a tomar la única medida que podría acabar con la extensión de la epidemia: arrancar los dientes a todo el mundo de forma que no puedan propagarla.

Sé que la comparación puede sonar estúpida, pero creo que no lo es del todo.

Vayamos a las residencias de mayores, que se han visto obligadas a tomar rápidamente medidas para proteger a sus usuarios y empleados.

Creo que, en España, las diferentes administraciones, en lo que a residencias se refieren, están actuando de una forma razonablemente correcta. Una actuación que se ha visto ampliada gracias a las organizaciones patronales. Es cierto que habría sido bueno que enviasen suficientes mascarillas a todas las residencias, que dispusiesen de suficientes tests de diagnóstico a disposición o que hubiesen facilitado zonas de cuarentena adecuadas; pero todo ello es algo demasiado voluntarista, ya que esos elementos, sencillamente, no están.

Digo lo de “razonablemente correctas” porque las residencias han estado recibiendo, o han podido acceder a través de las webs del gobierno de España y de las comunidades autónomas, a guías y protocolos que indican qué es lo posible que puede hacerse para contener, prevenir y afrontar la enfermedad.

Volviendo al principio, la clave está en impedir que el virus llegue al centro y, para hacerlo, lo mejor es limitar la entrada de personas que pueden estar infectadas (sabiéndolo o sin saberlo). Esto resulta difícil si no disponemos de medidas “de fuerza” y debemos centrarnos en el convencimiento y la generación de confianza y, precisamente en ese aspecto es en el que, por lo que estoy oyendo los últimos días, tengo motivos para el optimismo.

Casi todas las residencias han adoptado medidas para limitar la entrada de extraños al centro, incluidos familiares y allegados y para registrar esas entradas de forma que, en caso de contagio se pueda detectar y aislar a quien haya portado el virus.

Este es un ejemplo de un tipo de carteles con instrucciones que están poniendo las residencias

NOTA PARA FAMILIARES Y ALLEGADOS DE LOS RESIDENTES

Los familiares deberán abstenerse de ir al centro en caso de:

  • Presentar síntomas respiratorios, gripales o fiebre.
  • Haber estado en zonas de riesgo en los últimos 14 días.
  • Haber tenido contacto estrecho con casos probables o confirmados de infección por coronavirus.

Se desaconseja la visita de varias personas a la vez.

Evitar las visitas de familiares de un residente a otros residentes del centro.

Hay que registrarse en la entrada cada vez que se tenga acceso, con el fin de actuar más rápido para hacer el estudio de contactos en casos de contagio.

Los usuarios de centros de día que están integrados en las residencias deben abstenerse de ir si presentan síntomas respiratorios, gripales o fiebre.

Lavarse las manos con agua y jabón a la entrada y salida del centro.

Cuando leí las instrucciones pensé que serían muy difíciles de aplicar y que los directores y gerentes de residencias me llamarían para explicar problemas constantes. Lo cierto es que, aunque con algunas excepeciones, lo que más estoy escuchando son historias de aceptación y colaboración.

Espero que, tras unas semanas de acaparación, dentro de poco volverá a haber millones de mascarillas en el mercado a precios razonables; también el líquido antiséptico para las manos, que ahora ha subido tanto de precio, volverá a uno normal (quizás esto llegue antes cuando mucha gente empiece a hacerse su propio líquido desinfectante en casa). Entonces quizás se puedan cambiar los protocolos.

Más difícil será durante este tiempo recomendar la limitación de la proximidad y contacto físico entre visitantes y sus seres queridos, aunque sea algo fundamental para evitar un contagio.

Hace poco he oído la historia de una residente en estado terminal, nada relacionado con el coronavirus. Varios familiares quisieron ir a despedirse y pasar un rato con ella. La gerencia de la residencia intentó limitar la entrada a visitantes de uno en uno o, como máximo de dos en dos, estos se resistieron. La residencia, además, les pedía que se identificasen en el registro de visitas con datos completos lo que generó más resistencia. Lo que hizo cambiar la actitud del grupo fue la intervención de familiares de otros residentes. No hizo falta nada más que hablar.

De momento, si entendemos las medidas como algo necesario, podemos llegar a pasar esta pandemia de forma algo mejor y sin caer en la tentación de pensar en el autoritarismo como solución. Para eso hace falta informar y ser imaginativos. Establecer visitas virtuales mediante vídeo conferencia por el móvil u ordenador es sólo un uso de la tecnología que algunas residencias están potenciando. Seguro que hay muchos otros, ya que si algo hay en nuestro sector geroasistencial es talento.

Cuando todo haya pasado será el momento de reconocer públicamente a las residencias y a los profesionales que en ellas trabajan sus sacrificios ya que, no lo olvidemos, los están haciendo.

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