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¿De verdad es malo que alguien gane dinero con las residencias de mayores?

Por Josep de Martí
miércoles 27 de noviembre de 2019, 13:55h
Josep de Martí
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Josep de Martí (Foto: Inforesidencias.com)

Tú y yo vamos caminando por un lugar imaginario y me encuentro una maleta con un papel pegado a ella. Tú ibas a pasar de largo, yo tomo el papel y lo leo:

“Dentro de esta maleta hay 1.000 euros. Puedes quedártelos, pero tendrás que repartirlos con quien va contigo. Ofrécele tú cómo quieres hacer el reparto. Si acepta, el dinero es vuestro, si no, los dos os quedáis sin nada. Sólo puedes hacer una oferta que podrá ser aceptada o rechazada, no hay negociación”.

¿Cuánto le ofrecerías a tu compañero de viaje para que aceptase?

La respuesta más obvia y automática: el 50%. Parece lo más justo, nos haría estar cómodos y, con casi total seguridad, supondría la aceptación por la otra parte. Pero quizás pensarías “la maleta la he visto yo y yo he leído el papel, el otro hubiera pasado de largo. Yo he hecho lo importante, merezco quedarme con una parte mayor. Voy a ofrecerle algo menos, quizás 450 o 300 euros”.

Si tú, que aquí haces el papel del “otro”, fueses una persona totalmente racional daría igual cuánto te ofreciesen: siempre aceptarías, ya que, aunque fuera un solo euro, el pensamiento racional sería “mejor aceptar un euro que quedarme sin nada. Si acepto un euro tendré un euro más de lo que tengo ahora”.

Pero, no somos totalmente racionales, ¿verdad?

Somos eminentemente emotivos, por lo que si nos hacen una oferta que consideramos injusta tenderemos a rechazarla. “¿Cómo te atreves? ¡Ofrecerme un euro! ¿y tú quedarte 999? ¡Insultante! Prefiero nada, y encima dejo de ser tu amigo”.

Esto que estoy describiendo no me lo he inventado yo, se llama “El juego del ultimátum” y lo han utilizado economistas y psicólogos para analizar cómo tomamos las decisiones que afectan a nuestra economía. Resulta que al jugar con miles de personas aparecen unas pautas de comportamiento. Muchos sopesan la justicia de la situación con el miedo de perder lo ofertado. Si lo que nos ofrecen es muy bajo la injusticia pesa más, si es más alto estamos dispuestos a poner la justicia de lado, aceptamos, pero nos quedamos resentidos.

La cosa sería algo diferente si controlásemos la información, o sea, si pudiésemos hacer la oferta a la otra persona sin que supiese cuál es nuestra parte del trato. Eso quiere decir que leo el papel para mí y digo: “Aquí dice que hay una cantidad dinero y que nos lo podemos quedar. A ti te tocan cien euros. No puedes hacer preguntas, sólo aceptar o no ¿los quieres?”. El otro dice que sí y está contento con tus cien sin saber que en ese caso en la maleta había mil. La alegría compartida durará el tiempo que dure la ignorancia.

Esta forma de analizar el comportamiento y la toma de decisiones nos puede ayudar a entender muchas cosas, como por qué, aunque ahora la gente objetivamente vive mucho mejor que hace cien años, nos preocupa mucho la desigualdad. Parece que lo lógico sería pensar: hoy casi nadie muere de hambre o por falta de agua potable, vivimos más años, sufrimos menos dolor físico y hay muchas menos muertes violentas. Además, lo que hoy en un país como España consideramos ser pobre (ingresar menos de unos 8.600 Euros al año) no hubiera sido visto así durante casi toda la historia, cuando ser pobre suponía un serio riesgo de morir de hambre.

¿Por qué si soy de la clase media y no sufro estrecheces económicas me preocupa/molesta que un 0,1% de la población sea mucho, mucho, mucho más rica que yo? Pues porque creo que el reparto es injusto, creo que una parte de lo que tienen me corresponde. No puedo explicar por qué, pero estoy convencido de ello. ¿Cuál sería el reparto justo? Difícil de decir. Aquí entran la ideología y creencias de cada uno junto a los intereses de quienes quieren convencernos de algo. Frases como “De cada cual, según sus capacidades, a cada cual, según sus necesidades” son tan bonitas como inútiles a la hora de enfrentarse al problema.

Hay quien pensará que es una cuestión que hay que tratar de forma individual, otros intentarán convencernos de que lo importante no es cada cual tomado de uno en uno sino como colectivo. Así, hay quien ve a los “capitalistas” quedándose con una parte de lo que es del “proletariado” o situaciones más curiosas en las que alguien mucho más rico que su vecino le intenta convencer de que no debe fijarse en las diferencias entre ellos sino con “los del otro lado del río”, “son ellos quienes se han quedado con nuestra parte”.

Como suelo escribir sobre atención a personas mayores, quien haya llegado hasta aquí (a veces me pregunto si hay alguien que lee lo que escribo hasta el final), puede preguntarse qué tiene esto que ver con las residencias. A mí me parece que tiene que ver, sobre todo a raíz de esta especie de “movimiento” que está surgiendo contra las residencias privadas y contra el hecho de que haya quien intente ganar dinero cuidando a personas mayores.

Hace poco leí que el movimiento “Marea de residencias” se había manifestado con carteles que denunciaban a los “buitres” que se alimentan de las residencias y proclamaban que “los mayores no están en venta”; también me llegó un vídeo de un sindicato en el que se denunciaba a las residencias porque sólo duchan una vez a la semana o no acompañan a los ancianos al lavabo para ganar más dinero. Está claro que hay gente que cree que el hecho de que alguien gane dinero cuidando a personas mayores es pernicioso en sí mismo. Implícito en su forma de pensar está que sólo se puede “ganar dinero” cuidando a mayores si se escatima en personal, se explota a los trabajadores y se trabaja básicamente mal.

La derivada de esa convicción es que hay una forma de cuidar a las personas mayores “sin ganar dinero”: la prestación pública, que es esencialmente buena y junto a la que existe un sucedáneo que sería el “sin ánimo de lucro”, que sería casi tan buena pero no igual. Esa bondad desaparece, siguiendo con el razonamiento, cuando la prestación pública se encarga a empresas (contratos de gestión y conciertos), ya que éstas intentarán “ganar dinero” con lo que lo estropearán todo. Llamemos a esa forma de pensar el “Propublicismo incondicional”.

Si ese es tu convencimiento y no estás dispuesto a ponerlo en duda, mejor no sigas leyendo.

Yo creo que el “Propublicismo inconcicional” es bastante poco consistente, como casi todo lo incondicional, y se basa más en un sentimiento irracional y emotivo que en uno racional.

Me explico.

Hoy el 19% de la población española tiene más de 65 años, porcentaje que casi se doblará en los próximos treinta. Aunque cada vez la dependencia se traslada a edades más avanzadas y aunque cada vez existan más alternativas al ingreso, es una realidad que vamos a necesitar muchas más residencias de mayores de las que tenemos ahora. Alguien va a tener que construirlas y hacerlas funcionar.

Cuidar en una residencia hoy supone construir unos 40m2 por persona, el mantenimiento de ese espacio, algo más de media jornada completa de profesionales para su atención más los materiales y servicios adicionales que sean precisos (alimentación, mobiliario, consumibles, seguros, administración..). Hay varias formas de construir y gestionar esos servicios. Puede hacerlo una administración, una fundación o una empresa y, dependiendo de cómo se haga, el coste varía sustancialmente.

Si una residencia es gestionada directamente por la administración, la construcción y la compra de equipamiento suele salir más cara; el convenio colectivo que aplica hará que su coste de personal (contando salarios y jornada anual) sea un 30% más alto que el de una residencia privada, además las residencias públicas tienen más absentismo que las pertenecientes a empresas. Siendo así las cosas, y aunque no hay muchos datos públicos que lo corroboren, calculo que a una comunidad autónoma media el atender a una persona mayor dependiente en una residencia pública de gestión directa, difícilmente le cuesta menos de 4.500 - 5.000 Euros al mes (dividiendo todos los costes entre el número de residentes). Esa misma comunidad puede estar concertando plazas con empresas privadas pagando entre 1.550 y 1.900 Euros al mes. Como no hay estudios que lo hayan tratado, no sabemos si esa diferencia de coste se traduce en que las residencias públicas de gestión directa den un servicio el doble de mejor. Tampoco sabemos si la calidad de vida de los residentes de un tipo de residencia es muy superior que los de la otra. De hecho, no sabemos casi nada. Es más, casi nadie sabe que existe esa diferencia económica.

Lo que sí sabemos, porque nos lo recuerdan los Propublicistas incondicionales es que las empresas propietarias de las residencias concertadas intentan ganar dinero y eso es malo. Volviendo al juego del ultimátum. Quien piensa así, lo hace porque está convencido de que sólo se puede ganar dinero pagando mal a los trabajadores y escatimando a los residentes. Quizás lo acepta resignado porque necesita ingresar a su madre o padre y no tiene más remedio que hacerlo en un centro privado. Como en el juego del ultimátum, acepta el trato, aunque cree que es injusto, está convencido que la otra parte le ha “obligado” a aceptar una oferta injusta y se queda resentido. Pero en este caso no cuenta con toda la información ya que está convencido de que si no hubiese ánimo de lucro, si la prestación la hiciese directamente la administración y no hubiese beneficio el servicio recibido sería mejor. A partir de aquí, cualquier cosa que no le guste la atribuirá a la injusticia que supone el ánimo de lucro.

Yo creo que el problema no está en el ánimo de lucro sino en que cuidar a personas mayores en una residencia es algo muy costoso y, en la medida en que un buen servicio tiene mucha relación con la cantidad de profesionales que trabajan, mejorar el servicio requiere tener más personal y pagar más.

En los treinta viajes que hemos organizado en Inforesidencias hemos visto que las residencias que más nos gustan por su forma de funcionamiento y filosofía de trabajo suelen tener ratios de personal cercanas al 1. O sea, tienen un empleado a jornada completa por cada residente. Incluso allí nos dicen que necesitarían más personal para trabajar mejor. Aquí las normativas de concertación suelen exigir más o menos la mitad. Las residencias privadas que consideramos de alto nivel pueden llegar a un 0,7. Cuando alguien dice que se ducha poco, que un mayor tiene que esperar a que le lleven al lavabo o que una auxiliar tiene que levantar a muchos residentes, indirectamente hablamos de precio. Lo que se paga por vivir en una residencia en Suecia o Estados Unidos es muy superior a lo que se paga en España (ya sea de forma pública o privada) incluso si descontamos que allí los trabajadores ganan más. En Suecia, por ejemplo, un municipio como Estocolmo paga 250 Euros al día a las residencias.

Creo que las asociaciones que reclaman mejores servicios para los mayores deberían concentrarse en pedir más dinero para dependencia, más supervisión de cómo se gasta y más estudios que relacionen las formas de gestión con el precio de la plaza y la calidad de vida de los residentes. Si alguien puede prestar un buen servicio, cumpliendo las leyes, sometido al escrutinio público, por un precio competitivo y encima ganar dinero, no me parece mal.

Hasta que alguien se plante hacer ese estudio comparativo de coste/servicio entre residencias públicas de gestión directa, concertadas y “privadas puras”, creo que sería interesante plantear un pequeño juego entre personas que están en lista de espera para ingresar en una residencia.

Quienes aceptasen participar en el juego sabrían que van a ingresar durante dos meses en una residencia pública de gestión directa y dos en una concertada. Después de ese tiempo, le daremos a elegir entre dos opciones:

  1. Volver a la residencia pública de gestión directa pagando X dinero cada mes (lo que le corresponde por copago) o
  2. Seguir en la residencia concertada pagando la mitad de lo que le correspondería en copago.

Si las residencias concertadas son tan malas seguro que casi nadie aceptaría seguir en ellas aunque existiese un incentivo económico.

Estoy seguro que el resultado sería sorprendente.

El texto de hoy me ha salido un poco largo. Si has llegado hasta aquí te lo agradezco y te regalo una poesía de Antonio Machado sobre cómo eran las residencias a principios del siglo XX, se llama el Hospicio y quizás te haga pensar, como a mí, que en un siglo, hemos mejorado mucho.

Es el hospicio, el viejo hospicio provinciano,
el caserón ruinoso de ennegrecidas tejas
en donde los vencejos anidan en verano
y graznan en las noches de invierno las cornejas.
Con su frontón al Norte, entre los dos torreones
de antigua fortaleza, el sórdido edificio
de grietados muros y sucios paredones,
es un rincón de sombra eterna. ¡El viejo hospicio!
Mientras el sol de enero su débil luz envía,
su triste luz velada sobre los campos yermos,
a un ventanuco asoman, al declinar el día,
algunos rostros pálidos, atónitos y enfermos,
a contemplar los montes azules de la sierra;
o, de los cielos blancos, como sobre una fosa,
caer la blanca nieve sobre la fría tierra,
¡sobre la tierra fría la nieve silenciosa!...

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