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¿Vale la pena entrar?

¿Vale la pena entrar?

Por Josep de Martí
martes 10 de octubre de 2017, 15:55h

Dentro de las actividades que ocupan mi día a día hay dos que me producen una gran satisfacción, no solo a nivel profesional sino también personal. Me refiero a la consultoría y a la intermediación en la compra venta de residencias.

Últimamente éstas me han llevado a hablar con personas y empresas que se plantean invertir en nuestro sector comprando, principalmente, residencias en funcionamiento. Suelen ser profesionales con un gran conocimiento sobre su sector respectivo pero que, en lo que a envejecimiento y atención a mayores se refiere, se orientan básicamente con estereotipos. Hasta ahora.

Algunos encargan un estudio de mercado e incluso cierran operaciones de venta. Cuando llegan a ese punto ya están familiarizados con algunos intríngulis de la atención a mayores. A mí me parecen muy interesantes las primeras reuniones que mantengo para saber de qué punto mental parten en su idea de invertir en residencias.

Casi todos parten de la base de que, en la medida en que cada vez hay más personas mayores, la demanda de residencias va a vivir un tremendo aumento en los próximos años, o sea, que habrá más demanda. Aquí es donde yo suelo entrar para decir que el aumento del número de personas mayores en sí no genera un aumento de “demanda”. Sin duda, cuando pasemos del 18,4% actual de personas mayores al 35%, aunque consigamos que la dependencia se retrase hasta fases más avanzadas de la vida, habrá muchísimas más personas que precisarán de una atención continuada que difícilmente podrá prestarse en el domicilio. O sea, habrá más “necesidad”.

Para que esa necesidad se convierta en demanda necesitaremos que alguien esté dispuesto a dar el servicio. La necesidad no es suficiente para generar demanda. La demanda requiere para aparecer de una cierta “necesidad solvente”.

Como actualmente quien paga las residencias son los particulares y las administraciones, para saber si habrá un aumento considerable de demanda de residencias en los próximos años tendremos que preguntarnos si las arcas públicas y los bolsillos privados serán capaces de pagar por el servicio que prestan las residencias.

El informe sobre el precio de las residencias privadas en España publicado recientemente por Inforesidencias.com ha puesto de manifiesto que éste se ha mantenido constante durante los últimos años. También llevan años congelados, cuando no han bajado, los precios de concierto con los que las administraciones pagan estancias en residencias. Lo que no se ha mantenido son los costes de las residencias: a pesar de que la inflación ha sido cercana a cero, el coste de atender a personas mayores con un estado de salud cada vez más comprometido se ha incrementado. A pesar de que los salarios se han mantenido, cada vez resulta más difícil poder contratar algunos perfiles (especialmente enfermería) pagando el salario que establece el convenio colectivo.

A pesar de todo ello, y si la situación política no lo estropea todo, el sector de las residencias, después de unos años de cierto marasmo, parece estar saliendo de la crisis.

O sea, me suelen preguntar, “¿vale la pena entrar?”.

Yo suelo responder que el sector de las residencias es un buen sector en el que invertir si se tienen las expectativas correctas y se paga la cantidad adecuada.

Una residencia es un inmueble adaptado en el que un equipo humano atiende a personas dependientes de forma continuada utilizando para ello unos procedimientos preestablecidos. Toda residencia tiene una capacidad determinada que no puede superarse por lo que calcular los costes a priori no debería resultar muy difícil.

Podemos estimar el coste del inmueble y su mantenimiento. Si prestamos atención continuada a un número concreto de personas podemos estimar los costes de alimentación, lavandería, limpieza...

Dependiendo del modelo de atención sabemos que necesitaremos a más o menos profesionales para atender (el de personal es el capítulo más elevado de gasto de las residencias) pero que nunca podremos bajar de unos límites establecidos por la normativa de autorización o concierto. De momento resulta muy difícil sustituir a “humanos cuidadores” por robots, por lo que podemos estimar el coste de recursos humanos de una forma bastante ajustada.

Con esas estimaciones podemos saber de antemano qué precio tendremos que cobrar para que el invertir en el sector sea una decisión interesante.

El problema es que no todo está tan claro: resulta difícil saber, cuando ponemos en marcha un nuevo centro, cuánto tardaremos en alcanzar un nivel de ocupación que permita cubrir costes y empezar a generar beneficios. Esas pérdidas iniciales pueden lastrar durante años los números del centro.

Aún más difícil resulta saber si las administraciones públicas mantendrán las reglas del juego durante el tiempo suficiente como para recuperar la inversión efectuada, sobre todo tras unos años en los que hemos vivido bajadas de precios de concierto, impagos y establecimiento de nuevos sistemas de concertación con incremento de requisitos pero no de precio.

Y aún más complicado es saber cómo podremos atraer dentro de quince o veinte años a las escasas personas jóvenes que habrá para trabajar en el sector geroasistencial.

Todos conocemos ejemplos de empresas que han calculado muy bien las cosas pero que, cuando han empezado a prestar el servicio, han visto que eso de dedicarse a una actividad en la que “personas cuidan a personas” es mucho más complejo de lo que parece. Cuidaremos a personas mayores que tienen unas necesidades que preferirían no tener; unos familiares que a menudo se sienten culpables y convierten su culpa en desconfianza; y un entorno que ve con cierto recelo que haya empresas en este sector. O sea, que no sólo tendremos que hacer las cosas muy bien, sino que tendremos que poder demostrarlo continuamente.

Si intentamos cuantificar esos riesgos y considerarlos a la hora de marcar el precio al que venderemos las plazas resulta que éste puede ser superior a lo que está dispuesto a pagar el usuario privado o al de concierto establecido por la administración.

O sea, me vuelven a preguntar “¿vale la pena entrar?”

Yo insisto. Si tienes las expectativas correctas, tienes paciencia y encuentras una buena oportunidad, sí.

¿Creéis que estoy dando la respuesta correcta?

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