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La cuestión de la okupación en personas mayores

Por Josefa Ros Velasco
sábado 05 de noviembre de 2022, 12:24h
Josefa Ros Velasco, investigadora experta en el aburrimiento.
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Josefa Ros Velasco, investigadora experta en el aburrimiento. (Foto: Mariana Frutos)

El controvertido asunto de la usurpación de la vivienda ajena es una problemática que a muchos nos tiene ciertamente preocupados en España. Tratamos de ponernos en la piel del que okupa una casa por pura necesidad y comprender la terrible situación que debe estar atravesando para llegar a ese extremo. Una persona que se ve a la intemperie, sin un lugar donde resguardarse, busca cobijo en cualquier parte, por ilegítima que pueda resultar su conducta. Pero, por otra parte, la cantidad de noticias de las que somos testigos constantemente y la desesperación a la que se enfrentan las víctimas de okupación dificulta la empatía.

Muchos jueces dan cuenta de que el mayor número de okupaciones no se perpetran en hogares, sino en casas abandonadas, en inmuebles pertenecientes a los bancos o en segundas viviendas. Con todo, a muchos nos ronda la idea de dejar nuestra morada sola un par de días y encontrárnosla okupada a la vuelta. Conocemos casos en los que se okupan los domicilios de quienes se marchan inocentemente de vacaciones o los de las familias que se han esforzado para adquirir una segunda propiedad que acaban viendo arrebatada. También aquellos en los que los okupas se han apropian de las casas que los padres dejaron a los hijos al fallecer.

Últimamente han salido a la palestra varios casos de okupación que afectaban a personas mayores. Una caso que recibió gran cobertura este verano fue el de Blanca y Miguel, la pareja de ochenta años de Fuenlabrada que tuvo que esperar hasta el pasado mes de julio, tras cinco largos años de lucha, para recuperar de manos de los okupas un inmueble que referían necesitar para costear sus tratamientos médicos. De no ser por la presión de algunos influencers en las redes sociales y el apoyo vecinal, el asunto se podría haber demorado mucho más.

De la misma edad eran Conchita y su marido, otros madrileños a quienes los okupas reventaron una ventana para apropiarse de su residencia y sus enseres personales, o Francisca y Santiago, de La Cistérniga, a quienes la Guardia Civil les ha llegado a advertir que no caminen solos por la calle por si sus okupas toman represalias contra ellos. Hace un par de años, también se conoció el caso de Sebastián, un vecino de noventa años de Carabanchel al que unos okupas de la planta superior acosaban para que abandonase su piso. Luego encontramos situaciones rocambolescas como la de José y Fina, un matrimonio valenciano de setenta y cinco años que vio su casa okupada por su propio hijo.

La lista de ejemplos es interminable. El estrés al que los okupas someten a algunas personas en los últimos años de sus vidas es sobrecogedor. Es muy duro escuchar los testimonios de algunas de ellas y verlas llorar frente a su vivienda sustraída, con las cámaras de los periodistas apuntándoles directamente a la cara y arropados por el enfado comprensible de sus vecinos. Algunos refieren haber envejecido diez años de golpe por la ansiedad, sentirse en peores condiciones de salud e incluso haber perdido las ganas de vivir.

Curiosamente, su dolor se contagia a otras personas mayores, que adoptan las estrategias de prevención más insospechadas para evitar caer en las garras de la okupación. En las entrevistas que estoy realizando para el proyecto PRE-BORED en residencias, algunas personas me han contado que han decidido irse a vivir al centro porque tienen miedo a la okupación. Han preferido vender sus casas y mudarse por el pánico a tener que vérselas con unos okupas hipotéticos. Les inquieta que les entren por la fuerza estando ellos en la vivienda o que les despojen de su hogar mientras pasan el fin de semana en casa de los hijos.

Lo sorprendente es que algunos confiesan que lo que les infunda pavor no son los okupas al uso, sino llegar a ser víctimas de este fenómeno por parte de sus cuidadores domésticos. Sin embargo, optar por la residencia para evitar una posible okupación del cuidador —o de cualquier otra persona, en general— parece una medida preventiva desproporcionada, que podría compensarse a través de la regulación de la situación laboral de quienes acompañan a los mayores en sus domicilios.

Frente a la okupación, la solución pasa por el desarrollo de programas de protección para los casos de necesidad y del endurecimiento de las penas para quienes incurren en esta conducta de manera organizada. Mientras logramos hacer frente a esta problemática como sociedad, la okupación seguirá siendo un elemento más que pone en riesgo la calidad de vida de quienes no se sienten seguros envejeciendo en casa en situación de vulnerabilidad.

La seguridad es una de las dimensiones del bienestar que anuncia la filosofía del cuidado de La Alternativa Edén —junto con la identidad, el crecimiento, la autonomía, la conectividad, el significado y la alegría—, imprescindible para el desarrollo exitoso de las personas a cualquier edad. Apostar por su refuerzo es siempre la mejor estrategia frente al miedo.

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