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Arquitectura y Residencias: El modelo arquitectónico para la atención a mayores y el Covid-19

Residencia Jakob-Sigle-Heim, en Alemania, diseño de los arquitectos del despacho Wulf.
Residencia Jakob-Sigle-Heim, en Alemania, diseño de los arquitectos del despacho Wulf.
lunes 30 de marzo de 2020, 21:15h
El arquitecto Marc Trepat.
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El arquitecto Marc Trepat. (Foto: JC)

Ya hace unos años que vengo explicando cómo estamos proponiendo mejorar el diseño arquitectónico de las residencias asistidas para mayores para poder aplicar de la forma más eficaz posible la atención centrada en la persona. Tanto yo como otros profesionales de la arquitectura o de otras muchas disciplinas hemos hablado de la necesidad de distribuir las residencias en unidades de convivencia lo más pequeñas posibles para que las personas mayores puedan recibir la atención que necesitan manteniendo una manera de vivir personal, íntima y, en el fondo, como ellos quieran, por decisión propia.

Nos hemos preocupado de saber cómo son las personas mayores, qué sienten las personas que padecen demencia y qué necesidades tienen para poder proponer espacios que les permitan desarrollar sus objetivos y necesidades de la forma más plena posible. Hemos rechazado el diseño institucional de muchas residencias actuales para entrar en modelos más cercanos a las viviendas de cada uno de nosotros, procurando que los tamaños de los espacios sean fácilmente reconocibles por todas las personas que deban vivir en ellos.

Hemos explicado que las personas que sufren demencia no tienen capacidad para entender lo que les pasa alrededor, y tampoco tienen la capacidad de explicar lo que sienten al no comprender, pero que siguen sintiendo como cualquier otra persona. Estos sentimientos son les que les provocan muchas veces la angustia, el estrés y finalmente la depresión. Que, para evitar este escenario, debemos reducir los estímulos negativos que representan estar rodeado de mucha gente, ruido y desorden. De cómo los espacios deben ser agradables, disponer de iluminación natural suficiente y no excesiva, espacios adaptados, reducidos, etc.

Pero ahora resulta que estamos delante de una pandemia motivada por el Covid-19, un terrible virus con una capacidad de contagio no conocida hasta ahora que mantienen a millones de personas confinadas en sus casas y que ataca de una forma mucho más grave a las personas mayores por la debilidad de su sistema inmunológico.

Este reto de gigantes proporciones que tiene la humanidad en su conjunto nos obliga a pensar de nuevo qué debemos hacer en relación con el diseño arquitectónico de las residencias para que se obtenga una protección como la que se consigue con el confinamiento total de la población. Nunca habíamos tenido que pensar en estos términos porque nunca, en la época moderna como la que vivimos, nos habíamos encontrado en estas circunstancias.

En estos momentos duros en los que más de un 40% de la población mundial se encuentra confinada en sus casas, es cuando descubrimos que el coste real que tiene la atención a nuestros mayores no es acorde con el esfuerzo que deben hacer las empresas que gestionan estos centros. Yo trabajo para el sector de atención a los mayores desde hace 23 años y en todos estos años el gasto público para la atención a los mayores se ha incrementado muy poco y, si tenemos en cuenta el progresivo envejecimiento de la población, incluso podríamos decir que se ha reducido si lo consideramos per cápita de persona mayor.

Parece un contrasentido que se critique a las empresas que se dedican con un esfuerzo increíble a la atención de los mayores, con sueldos muy bajos y largas jornadas de trabajo y que nadie se dé cuenta de la necesidad que tienen las personas mayores de recibir estos cuidados con la calidad que merecen.

En estos años he visitado muchas residencias en diferentes países donde el gasto en la atención de los mayores es muchísimo mayor que en el nuestro. Hemos visto como son sus residencias y hemos aprendido como las debemos construir para conseguir que la atención centrada en la persona se pueda aplicar de forma eficaz, pero en todos ellos el coste de la plaza es más del doble y en algunos países nórdicos hasta 3 y 4 veces lo que se paga en nuestro país por una plaza. Ahora nos extrañamos de que las cosas no sean como nos pensábamos que debían ser.

Desgraciadamente, el Covid-19 nos da la razón una vez más en que las residencias asistidas para mayores deben estar distribuidas en unidades de convivencia lo más pequeñas posible, lo más cercanas estéticamente a una vivienda, y no solo porque sabemos que es la mejor manera para atender a nuestros mayores, sino porque, además, esos espacios con menos personas permiten el confinamiento de la forma más individualizada y segura posible, porque a menos personas juntas, menos posibilidad de contagio.

Ahora diseñamos residencias con unidades para un mínimo de 15-16 personas. Para ello procuramos distribuir dos unidades por planta para poder gestionarlas conjuntamente. Pero creo que deberíamos empezar a pensar en unidades más pequeña, totalmente autónomas en cuanto a gestión que se acerquen radicalmente al diseño de viviendas.

Pero para ello hacen falta recursos. Nadie sabe lo que cuesta el diagnóstico de una persona que pueda sufrir, por poner un ejemplo, un cólico nefrítico. Muchas veces los médicos piden hacer radiografías, y un TAC. ¿Alguien sabe lo que cuestan estas pruebas? No discuto que se hagan estas pruebas, se deben hacer. Pero porque no podemos gastar un poco más como sociedad en la atención a los mayores que requieren vivir en una residencia asistida. ¿Encontramos caro el coste de 2.000 euros al mes para atender 24h x 7días a una persona que padece una dependencia de grado 3 en una residencia?

Solo para dar algunos datos socioeconómicos -aportados por el consultor geroasistencial Xavier Paradell (xpfconsulting.com)-, el gasto en servicios sociales ha augmentado entre 2009 y 2018 (*) un 11,11% en términos reales. Pero si tenemos en cuenta que la inflación en el mismo periodo ha sido del 11,8% la conclusión es que dicho incremento solo ha supuesto una actualización de precios. Por otro lado, si observamos que en el mismo período la población de 65 o más años se ha incrementado un 14,5%, y la de 85 y más la friolera del 47,5%, parece claro que -aún sin contar con información desagregada del colectivo de mayores, sin duda el de mayor peso- ni se ha incrementado la dotación pública para mejorar las condiciones del nivel de usuarios de 2009, ni se ha podido cubrir las nuevas necesidades de la nueva demanda. Añadamos las proyecciones de población mayor dependiente para los próximos 15 años y observaremos que para 2035 tendremos un 39% más de mayores de 85 años.

Creo que el futuro requiere que la atención a los mayores tenga un presupuesto acorde con la necesidad real que tienen y que esté más cercano a la sanidad y la educación. Esto nos permitiría diseñar residencias con unidades de convivencia pequeñas e independientes y disponer del personal adecuado para cada una de ellas. Residencias a las que nuestros mayores querrán ir para cubrir una nueva etapa de su vida.

(*) Fuente: Asociación Estatal de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales

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