Leí esta noticia de El Mundo el día 28 de diciembre de 2025 y, tras descartar que se pudiese tratar de una inocentada (no me imagino ese nivel de truculencia en los periodistas), tuve esa sensación incómoda de reconocer un futuro posible.
Resulta que en Japón un hombre de 79 años mata a su madre de 100. Lo confiesa. No intenta huir. Dice que ella sufría, que él está cansado, que es demasiado mayor para seguir cuidándola. La palabra que algunos usan para tratar de entenderlo es caridad. La palabra técnica, por supuesto, sigue siendo homicidio.
Y, sin embargo, el caso no se ha quedado en la crónica negra. Se ha convertido allí en un tema de conversación en medios y redes sociales, todo ello en el contexto de un envejecimiento que ha alcanzado niveles desconocidos durante toda la historia. Ya no es una excepción rarísima ver a padres nonagenarios o centenarios cuidados por hijos septuagenarios u octogenarios.
Cuidadores a veces apenas menos frágiles que quienes reciben el cuidado. Y, por debajo, una mezcla peligrosa de deber moral, soledad y agotamiento.
Japón como aviso
Japón es, desde hace años, el laboratorio demográfico del planeta. Rondando el 30% de población mayor de 65 años, vive antes que nadie lo que otros países iremos viviendo después: menos nacimientos, más años de vida, más personas muy mayores y, sobre todo, más necesidad de cuidados durante más tiempo. Por eso, desde Inforesidencias, hemos organizado ya dos viajes geroasistenciales a Japón y, por eso, quizás volvamos una tercera vez en los próximos años.
España, con algo más de un 20% de personas de más de 65 años, es un país muy envejecido, pero joven en comparación con la realidad nipona. Nos parece que estamos lejos y cerca y, hasta que visitas el país y ves sus residencias, persiste esa mezcla de admiración y exotismo: su tecnología, su disciplina social, sus trenes. Una vez allí ves que, bajo esa capa, vive una realidad que puede ser la nuestra dentro de veinticinco años.
'Ubasute' y Narayama: el mito que vuelve cada vez que fallan los apoyos
Cuando he leído la noticia, en seguida me ha venido a la cabeza una palabra japonesa que describe la leyenda de abandonar a las personas mayores en una montaña: ubasute. Quizás alguien la recuerde por una película que se titula La balada de Narayama.
Según el mito, las familias que no podían alimentar a todos sus miembros llevaban a sus ancianos a la cima de una montaña para dejarlos morir. Los propios ancianos aceptaban su destino como una forma de cooperar con la subsistencia de la familia. En una versión, el momento del abandono llegaba cuando el anciano perdía su último diente. Una mujer mayor, viendo la penuria de su hijo y de sus nietos, se arranca los dientes para que la entreguen a la montaña. Cuando su hijo la lleva en la espalda hacia el lugar, ella va rompiendo las ramitas de los árboles para marcar el camino, de forma que su hijo pueda volver bien a casa. En esa versión, una leyenda de gerontocidio se convierte en una de sacrificio.
Conviene decirlo claro para no confundir metáfora con historia: ubasute es, sobre todo, una narración folklórica, una leyenda que funciona como aviso moral, no una costumbre histórica asentada y demostrada. No existe ninguna fuente histórica que sostenga que eso haya sido un uso en ninguna parte de Japón.
Lo inquietante es que, aunque sea leyenda, se usa como símbolo cuando una sociedad percibe que el cuidado se ha vuelto imposible. El mito reaparece cuando el sistema real no llega.
El detalle que más asusta: la edad del cuidador
El texto del diario El Mundo no habla solo de un cuidador de 79 años y una madre de 100, sino también de otros casos que han sucedido en los últimos tiempos.
Dejo aquí Japón y vuelvo a España para enfrentarnos a un dato interesante: según las proyecciones del INE, en 2035 habrá en torno a 40.500 personas de 100 años o más (hoy son algo menos de 15.000).
El número es, en sí mismo, impresionante. Pero lo que de verdad debería ocuparnos es pensar quién cuidará a esas personas, sabiendo que un porcentaje de las mismas será dependiente. Si el cuidado lo asume un hijo, lo habitual es que ese hijo tenga 70, 75, 80. Si el cuidador es la pareja, puede ser incluso más frágil. Si no hay nadie, o si nadie puede, el cuidado se convierte en una ruleta… rusa.
La única forma de que no lleguemos a esas cifras es que pase algo verdaderamente terrible que, lo más seguro, es que no suceda. Por eso, si sabemos que esto puede pasar, ¿no deberíamos ponernos manos a la obra?
Aviso que, para mí, “ponernos manos a la obra” no es pronunciar discursos sobre dignidad. Es hacer lo que suele costar: organizar, financiar, planificar y sostener.

Cuidar no puede ser un destino solitario
Japón tiene un sistema de seguro de cuidados de larga duración, kaigo hoken, que se suele citar como uno de los más avanzados. Ya lo describí en un artículo durante el viaje a Japón. Aun así, el artículo describe listas de espera, costes difíciles de asumir y, en zonas rurales, una falta de servicios que multiplica el aislamiento.
En España el debate a veces se queda atrapado en una pelea falsa: residencia contra domicilio o público contra privado. Mientras tanto, la vida real sigue su curso y los problemas que enfrentaremos siguen larvándose ante nuestros ojos.
Lo que la noticia de El Mundo pone encima de la mesa es más simple: cuando el cuidado recae sobre una sola persona durante años, esa persona puede romperse. No siempre con violencia, claro. A veces con depresión. A veces con abandono. A veces con una mezcla de rabia y culpa. Y, en el peor de los casos, con una tragedia.
Sabemos que el cuidado es un proceso de atención continuada, con servicios y apoyos en cada una de las fases: teleasistencia, adaptación de viviendas, formación y apoyo para cuidadores familiares, ayuda a domicilio, centros de día que de verdad descarguen, programas de respiro familiar. Y, para quien lo necesite, que sabemos que rondará un 5% de la población de más de 65 años, plazas residenciales.
Esto no debería ser un “catálogo de deseos”, sino los amortiguadores que evitan que el cuidado termine siendo una condena o una tragedia.
Y cuanto antes lo asumamos, menos probabilidades habrá de que un futuro cuidador de 79 años, en una ciudad española cualquiera, acabe diciendo ante la Policía lo mismo que dijo Masato Watabe en Machida: “Ella estaba sufriendo mucho y yo tampoco estoy bien. Me encuentro demasiado cansado. Soy muy mayor para seguir cuidándola. La asfixié en un acto de caridad porque estaba preocupado por todo lo que ella podía sufrir si a mí me pasaba algo”.
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
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