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El edadismo: una discriminación silenciosa que aísla

Por Gabriela Paz y Miño
lunes 09 de marzo de 2026, 11:06h
Actualizado el: 09 de marzo de 2026, 20:53h
Gabriela Paz y Miño es periodista y escritora con formación y experiencia en atención a las personas con dependencia.
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Gabriela Paz y Miño es periodista y escritora con formación y experiencia en atención a las personas con dependencia. (Foto: Gabriela Paz y Miño)

Hablar a una persona mayor como si fuera un niño, con un tono exageradamente lento. Alzar la voz sin necesidad, asumir que no escucha, o infantilizarla con expresiones condescendientes: “Abra la boquita”, “Tómese el juguito, mi rey”.

Presuponer, sin conocerla, que está enferma, que es improductiva, que “seguro” tiene Alzheimer, mal carácter o cero relación con la tecnología. O quitarle decisiones financieras, de salud o de su vida cotidiana.

Descartar su capacidad laboral por la edad. Dar por hecho que no siente deseo sexual o ridiculizarla si lo expresa. Llamarla “abuelo” o “abuela” sin saber si tiene nietos, o convertirla en cuidadora involuntaria. Ignorarla en un trámite porque está acompañada por alguien más joven.

Las formas de discriminar por edad son innumerables. Tanto, que la práctica tiene nombre: edadismo. Aunque el término no aparece aún en el diccionario de la Real Academia Española, sus manifestaciones están tremendamente normalizadas. La lucha contra el edadismo no alcanza la fuerza de otras campañas contra el racismo, el machismo o la discriminación a minorías sexuales, pese al crecimiento del activismo gerontológico en el mundo.

Una discriminación masiva, pero invisible

El edadismo se manifiesta tanto en lo cotidiano —un grito, una burla, un silencio que excluye— como en lo estructural, donde faltan políticas públicas que garanticen el bienestar de este sector de la población.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce el maltrato hacia las personas mayores como un problema de salud pública: una de cada seis personas mayores de 60 años sufre abusos en entornos comunitarios. Los centros de larga estancia son, según el organismo, los lugares donde más ocurren estas situaciones.

Y los casos denunciados apenas representan la punta del iceberg: solo uno de cada 24 se reporta. El maltrato también ocurre en hogares y relaciones de confianza.

Klever Paredes, creador y coordinador del Colectivo Palabra Mayor, lleva más de quince años dedicado a visibilizar estas vulneraciones. Representa a Ecuador ante la Asociación Latinoamericana de Gerontología Comunitaria y es uno de los pioneros en combatir el edadismo en el país. Con su tono pausado, pero firme, resume su postura:

“No existe justificación para denigrar física o psicológicamente a una persona por ser mayor”.

La transformación demográfica lo respalda: la OMS prevé que la población mundial de mayores de 60 años se duplicará, pasando de 900 millones en 2015 a 2.000 millones en 2050.

“Las pirámides poblacionales están cambiando —explica Paredes—. En Europa, el proceso tomó un siglo y con estabilidad económica; en América Latina ocurre en apenas treinta años y en condiciones muy distintas”.

Por eso advierte que el año 2050 será crítico en países donde, por primera vez, habrá más personas de sesenta años en adelante que niños de 0 a 14.

“Será catastrófico si los gobiernos no invierten desde ahora en políticas públicas. El futuro de nuestras sociedades dependerá de esos ‘viejos y viejas’”.

La vida en un sillón… o la exclusión desde casa

“Muchos adultos mayores pasan el día en casa, en silencio, mirando la ventana o la televisión, viendo entrar y salir a la familia sin participar en nada”, relata Paredes. Podrían ayudar en la organización de tareas, asumir responsabilidades, tomar decisiones.

Hay otros casos, más dramáticos. “Hijos que quieren disponer del inmueble del padre o la madre mientras están vivos, sin consultarles. Eso es violencia patrimonial”.

El español Francisco Olavarría, activista y defensor del envejecimiento digno, dice que su labor es más una militancia que un trabajo. Nacido en 1980, dice tener “las antenas” listas para detectar microedadismos incluso cuando están disfrazados de amabilidad.

Ha publicado un cuaderno sobre el tema y trabaja en un libro. Identifica estereotipos en frases como “personas de cierta edad” o “edad dorada”. Ni “abuelitos sabios”, ni viudas eternamente tristes, ni suegras por definición conflictivas.

“Ningún estereotipo sirve”, afirma.

Olavarría sostiene que el edadismo es una discriminación “consentida y aplaudida”, y recuerda que si vivimos lo suficiente, todos lo sufriremos:

“De esta forma prejuiciosa de entender la vida no se escapa nadie”.

¿Por qué está tan normalizado?

La socióloga chilena Javiera Sanhueza Chamorro, experta en gerontología e inclusión digital, explica que el edadismo, como el racismo o el sexismo, se transmite generacionalmente. “Se enseña a discriminar a las personas mayores. Los niños normalizan esa subvaloración”, dice Sanhueza.

Añade que muchos adultos niegan su propia edad como reacción al miedo a ser tratados con esos mismos prejuicios.

Y entonces llegó la Covid-19

La pandemia profundizó la discriminación. La OMS estima que el 50 % de las muertes por coronavirus en Europa ocurrieron en geriátricos. En España, el Ministerio de Sanidad registró 27.359 fallecidos en residencias entre el 6 de abril y el 20 de junio, es decir, el 69 % de las muertes por Covid-19 en ese periodo.

Un informe de Médicos Sin Fronteras desmontó la idea de que esas muertes eran inevitables y señaló fallos en el modelo de atención. Lo que hubo, concluye, fue abandono.

Olavarría lo llama la “cultura del descarte”:

“Esa es la verdadera pandemia”.

En los casos más graves, explica, se aplicaron criterios de triaje que excluyeron de Cuidados Intensivos a personas mayores de cincuenta años en algunos países.

Las consecuencias no se limitan a la mortalidad: muchas personas mayores vieron suspendidas sus atenciones médicas, desarrollaron cuadros de estrés o pánico y quedaron rezagadas en un mundo que, de pronto, se volvió casi totalmente digital.

Para Sanhueza, también es edadismo que las soluciones tecnológicas se ofrezcan sin integrar a los mayores en su diseño o uso:

“Dejarlos depender de otros para acciones básicas es volver a invisibilizarlos”.

“Tengo 78 años y no pienso quedarme sentada mirando la vida pasar”

Si le preguntan cuántos años siente, responde: “18”. Luego rectifica: “Bueno… 20”.

Pero Magda Bes, barcelonesa, tiene 78.

A los 66 aceptó el cargo de Jutge de Pau (jueza de paz). Para ejercerlo, estudió, se formó en mediación y, en doce años, celebró 250 bodas y 180 inscripciones de nacimiento. Su manera cercana y respetuosa la volvió muy popular, especialmente entre parejas LGBTIQ.

A los 76 se presentó como candidata a la alcaldía de su pueblo, por un partido republicano y de izquierdas. Fue la aspirante de mayor edad —probablemente en toda Catalunya—, aunque para ella eso es solo un dato.

Lejos del estereotipo de “abuelita tranquila”, Magda asegura que no puede ver un sillón cómodo sin pensar en todo lo que quiere seguir haciendo.

Superó un cáncer de mama, problemas de obesidad y enfrenta ahora una disminución visual. Utiliza una aplicación que le lee los textos. Aún conduce, aunque ahora para trayectos cortos prefiere su scooter eléctrica.

Viuda desde hace cinco años, no ha frenado su actividad. Hoy suma nuevos encargos: todos voluntarios. Es miembro ejecutivo y portavoz del Consell Comarcal de la Gent Gran de Catalunya y acumula responsabilidades que considera parte de su proyecto vital.

“La gente se sorprende de que haga tantas cosas. Pero yo no tengo miedo. He llegado aquí con todos mis dientes y con muchas ganas. ¿Por qué voy a parar?”.

Gabriela Paz y Miño es periodista y escritora, con formación y experiencia en atención a las personas con dependencia.

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