Hay servicios en una residencia que solo llaman la atención cuando fallan. La lavandería suele ser uno de ellos. Mientras funciona, permanece en segundo plano. No ocupa espacio en las reuniones de dirección y, sobre el papel, parece un servicio sencillo y relativamente barato. Sin embargo, cuando se analiza con una mirada sanitaria y de gestión global, la lavandería deja de ser invisible y se convierte en un punto claramente estratégico.
Mantener una lavandería interna tradicional implica asumir una serie de riesgos que no siempre se perciben a simple vista. Incluso con equipos implicados y con buena voluntad, muchas lavanderías internas tienen limitaciones estructurales difíciles de superar. Espacios reducidos que no permiten una separación real de circuitos sucio y limpio, procesos de lavado no validados microbiológicamente, variabilidad en detergentes y temperaturas según turnos o épocas del año, manipulación manual con riesgo de recontaminación y ausencia de auditorías externas independientes.
Todo esto convierte a la lavandería interna en un punto vulnerable, especialmente cuando aparece una epidemia. No porque se trabaje mal, sino porque el modelo tiene límites. Y esos límites suelen hacerse visibles justo cuando más falta hace la seguridad.
Externalizar la lavandería a una empresa certificada en sistema RABC no significa simplemente sacar trabajo fuera o desentenderse de una tarea operativa. Significa incorporar un sistema sanitario profesionalizado, diseñado específicamente para romper cadenas de transmisión a través de los textiles. Supone trabajar con procesos estandarizados y validados, con controles microbiológicos continuos, con personal formado de manera específica y con trazabilidad completa desde la recogida hasta la redistribución de la ropa.
Las consecuencias prácticas de este cambio son claras. Se reducen los brotes infecciosos, disminuyen los contagios cruzados entre residentes, baja el absentismo del personal y se gana seguridad jurídica y reputacional. En un sector cada vez más expuesto al escrutinio público y a la judicialización, este último aspecto no es menor.
Uno de los argumentos clásicos contra la externalización ha sido siempre el miedo a la pérdida de prendas o a la despersonalización del servicio. Hoy este argumento empieza a perder fuerza. Están apareciendo proveedores especializados en ropa de vestir del residente que incorporan sistemas de trazabilidad y control antipérdidas, ofreciendo en muchos casos mejores resultados que los sistemas internos tradicionales.
Cuando se analiza el aspecto económico con rigor, la comparación tampoco es tan simple como parece. La lavandería interna puede parecer más barata si solo se mira la factura directa. Pero cuando se incorporan los costes ocultos asociados a brotes, hospitalizaciones evitables, bajas laborales, uso de antibióticos, sobrecarga de los equipos y crisis organizativas, el resultado cambia. El modelo RABC externalizado puede tener un coste directo algo superior, pero reduce de forma significativa esos costes indirectos, haciendo que el coste total real sea más eficiente y, sobre todo, más previsible.
Por eso, externalizar la lavandería certificada no es un lujo ni un sobrecoste injustificado. Es una inversión sanitaria preventiva, comparable a la vacunación, a la seguridad alimentaria o al control de la legionela. Son decisiones que no siempre se ven, pero que sostienen la calidad asistencial y la seguridad del centro.
La lavandería deja entonces de ser un servicio que simplemente lava y reparte ropa. Pasa a ser una herramienta que protege vidas, reduce riesgos y mejora el resultado global del centro. Y eso, para un director o gerente, deja de ser una cuestión técnica. Es, claramente, una decisión de gestión.
Desde Bubble Texcare entendemos que externalizar la lavandería solo tiene sentido si responde a tres compromisos muy concretos. El primero es el compromiso con la salud, convirtiendo el tratamiento de la ropa de los residentes en una auténtica barrera sanitaria que reduzca de forma real los riesgos de contagio. El segundo es el compromiso con la gestión, minimizando hasta casi eliminar la pérdida de prendas mediante sistemas de control y trazabilidad que aportan tranquilidad a residentes, familias y equipos. Y el tercero es el compromiso económico, prestando este servicio con un modelo que no encarece la gestión del centro, sino que permite reducir costes reales respecto a muchas lavanderías internas. Cuando estos tres compromisos se cumplen a la vez, la externalización deja de ser una decisión técnica para convertirse en una mejora tangible del funcionamiento global de la residencia.
Marco Antonio García-Baile es CEO, consejero y director internacional en Bubble Texcare