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La ansiada vacuna

miércoles 18 de noviembre de 2020, 16:17h
Ignacio Fernández-Cid
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Ignacio Fernández-Cid (Foto: FED)

Muchas vidas humanas se han salvado desde que en 1796 Edgard Jenner, para algunos el padre de las vacunas, concluyese que en la población rural la viruela tenía una incidencia mucho más leve, debido a que las vacas actuaban como trasmisoras de un tipo de viruela mucho más tenue y que proporcionaba inmunidad a los ganaderos. Ejemplo de constancia y método, inoculó la primera vacuna con dicha variante del virus en el brazo de un niño, rompiendo con el paradigma de los galenos de aquella época.

Claro está, la miseria es consustancial a la naturaleza humana y este descubrimiento pasó un tortuoso camino de dificultades, pues no tuvo ni a la opinión pública ni a la médica de su parte. El propio Papa León XIII, antepuso el dogma por encima de la ciencia y prohibió aquella primera proto-vacuna en los Estados Pontificios condenando a sus habitantes a la enfermedad (voluntad divina) mientras que en Inglaterra surgían las primeras ligas “antivacunas” nacidas en torno a bulos como que a los vacunados “les crecerían cuernos bovinos”.

Pese a todo, la realidad honra la labor de Jenner: sólo en el siglo XX murieron 300 millones de personas por viruela y hoy la enfermedad se considera erradicada.

Y es que siento como primera y urgente necesidad la de aprovechar la ocasión brindada para rememorar estos antecedentes y evocar en quien los lea, similitudes con la situación de pandemia actual, muy en especial por el surgimiento de movimientos “negacionistas” e incluso “conspiranoicos” de distinto pelaje y de turbios intereses. E igual que ocurría antaño, hogaño personajes públicos (desde Trump o Bolsonaro,… hasta Miguel Bosé) parecen haber olvidado la Historia, si es que alguna vez la estudiaron, ignorantes de que el Pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.

De cómo el azote fatal del coronavirus se ha cebado en las residencias de personas mayores no cabe mayor reseña por ser reciente y bien conocido por quién quiera atender y entender. Y no parece muy sensato desechar la oportunidad para la esperanza que brindan las vacunas, máxime cuando parece que dispondremos de varias opciones con distintos mecanismos (virus atenuados, inactivados, proteínas de virus, vectores de ADN o ARN,…) que, es de suponer, serán más apropiados en función de la población objetivo a la que se dirijan. Por tanto, sea mi segunda necesidad la de hacer una llamada a esta esperanza, avalada objetivamente por la ciencia.

Por supuesto que medidas como la higiene, el uso de mascarillas en ciertos contextos, el distanciamiento físico u otras que sirvan de contención seguirán siendo muy efectivas a la hora de frenar el ritmo de contagios, pero los únicos elementos no de contención, sino de erradicación, aquéllos que van a permitirnos regresar en mayor o menor grado a la situación anterior a la pandemia (la “antigua normalidad”) dependerán de soluciones terapéuticas y, dentro de éstas, la vacuna lidera el protagonismo.

Y es esa añorada normalidad, esa en la que vivíamos sin siquiera ser conscientes de la calidad de lo que teníamos cuando la disfrutábamos, la que constituye un elemento esencial y capital en la vida y funcionamiento de las residencias de personas mayores y de los domicilios atendidos por los SAD, donde la cercanía relacional, familiar y social se hace mucho más necesaria que en otros ámbitos o estadios de la vida.

En estos escenarios donde sólo la vida puede ser vivida plenamente sin los distantes condicionantes que impone la actual coyuntura, la vacuna no sólo podrá dar respuesta al elemento “cuantitativo” de la existencia vital, sino muy por encima de ello, al elemento “cualitativo” que supone disfrutar de la misma con verdadera normalidad.

Sería necesario que la gestión en la provisión y administración de las vacunas se sustente en criterios técnicos y científicos, tal y como el Ministro Salvador Illa ha anunciado, exponiendo que desde hace unos meses hay un grupo de trabajo con las CC.AA. y el Ministerio para fijar los parámetros de a quién hay que administrarla, alineando los criterios con el resto de socios europeos.

Sólo me cabe desear que en esta ocasión las personas mayores y los profesionales que las atienden no se vean relegadas, sino todo lo contrario, y pasen a tener la prioridad que bien tienen merecida.

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