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No hay más ciego que el que no quiere ver

martes 05 de mayo de 2020, 03:28h
El presidente de UPIMIR, Vicente Botella
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El presidente de UPIMIR, Vicente Botella

Solo hace 35 años que me dedico a esto de las residencias como médico. Fui el segundo en Barcelona en tener esta actividad y desde el principio de ello, solo encontré resquemor y miradas de reojo. Creo que al final uno hasta se acostumbra a este tipo de estigma.

Éramos y reafirmo somos, centros sociales, sustitutorios del hogar para usuarios que por motivos de salud o sociales no pueden o quieren residir en viviendas tradicionales por precisar cuidados médico sanitarios propios de sus patologías crónicas y, en ocasiones, neurodegenerativas vs osteo-articulares y demás.

Es verdad que existe desde el inicio de este tipo de asistencia social en nuestro sistema de funcionamiento una serie de circunstancias que lo han convertido en el polvorín que hoy en dia es, a punto de estallar por los aires. Me permitiré detallarlos desde tan solo mi practicismo sin que en ningún caso quiera ser un visionario, pero los 35 años ya vividos me otorgan una perspectiva que pocos tienen y eso se me debe reconocer.

  • Las residencias, en muy pocos casos, casi tan solo en una ínfima casuística de ingresados, han sido elegidas por ellos mismos, es mas muchos siguen siendo reticentes a poder vivir sus últimos años en ellas. Pienso que entre otras cosas porque nadie les explica qué somos ni qué hacemos. Tan solo que es así y punto.
  • Sin embargo, son necesarias e imprescindibles para nuestra sociedad por motivos tan obvios como la peligrosidad para sí mismo y para su entorno que un paciente afecto de déficit cognitivo (demencia) puede representar, la existencia de pisos prisiones sin ascensor o con barreras arquitectónicas infranqueables, la soledad del anciano por el rol laboral de toda su familia para subsistir, la imposibilidad de residir en casa de familiares por no existir espacio físico, o compromiso de acompañamiento 24 h, y un largo etc…
  • Asimismo, las administraciones públicas estatales y autonómicas han legislado el modelo de centro en base a conceptos en la mayoría de ocasiones alejados de la realidad de los usuarios y casi siempre de forma unilateral, más de cara a la galería mediática que a la sostenibilidad y coherencia del sistema. Para ejemplo piensen si no es mejor tener más espacios comunes y menos WC, dado que el 80 % de los usuarios son incontinentes. Así podríamos citar decenas de ejemplos que cada día vivimos y sufrimos. Existe una disparidad seguro bien intencionado entre lo necesario y lo legislado. Hay que romper este círculo vicioso o iremos todos al abismo.
  • Las familias, curiosamente, desempeñan un papel circunstancial en todo ello. Desde mi modesta opinión, unas pocas nos valoran, y comprenden lo arduo de nuestra labor. Asimismo son conscientes de que nuestro trabajo es dotar de calidad de vida a los años de los residentes, no de conseguir que vivan mucho, tan solo. Otras, por motivos morales y éticos, siguen avergonzándose de tener ingresado a su padre/madre. Es lógico sin duda pero injusto para los centros que no obligan ni son responsables de tales cábalas familiares,. Tenemos que pensar que nuestros usuarios actuales cuidaron de padres, madres, y familiares que lo necesitasen y, en ocasiones, saben utilizar tal circunstancia para recriminar a sus hijos el no hacer lo mismo. Sin duda el paso generacional hará cambiar roles pero esta es la tesitura actual.
  • Además desde la administración y desde hace ya años, se conceden ayudas económicas en forma actualmente del modelo atención a la dependencia (DP) y antes en Cataluña plazas de “acolliment residencies” (AR), la concesión de tales ayudas económicas y su cuantía no utiliza mayoritariamente criterios sociales sino médico sanitarios y de nosología clínica Por ello, nuestros centros pese a defender un modelo social se llenan de usuarios pluripatológicos con gran demanda sanitaria, y con condicionantes nosocomiales en muchas ocasiones rayando lo imposible,atencionalmente hablando.
  • Nos utilizan todos. Eso que nadie lo dude. La administración como unidades colectivas donde poner su punto de mira siempre y casi nunca para bien, léase lo que ocurre en plena pandemia y como se nos demoniza; los usuarios para centrar sus demandas de atención familiar en base a su día a día y reclamar su negativa a querer seguir las normativas impuestas por quienes nunca han estado en un centro geriátrico; las familias, pudiendo dentro de la libertad de opinión de un estado democrático, quejarse al centro, a la administración, y a cualquier estamento que les quiera o tenga que escuchar. En estos momentos y dentro del “sálvese quien pueda” todos escuchan y pasan la responsabilidad a los siguientes
  • Las propias residencias peleándose por tamaño, titularidad, y modelo propuesto de gestión. Tengo que afirmar que es un sector pocas veces solidario donde cada uno intenta dar codazo al de al lado para posicionarse mejor. Si juntos grandes, medianos, pequeños, con afán de lucro, religiosas, sin afán de lucro y todos los demás hubiésemos trabajado unidos ahora no seriamos el muñeco de trapo que somos. Tenemos lo que nos hemos ganado a pulso. Ahora rasgarse las vestiduras es un acto sin sentido. Con un poco de suerte, a lo mejor entendemos el porque nos va como nos va, pero leyendo comentarios en redes sociales continuo pensando que hay colectivos que creen poseer el santo grial y estar iluminados por el don papal de hablar bajo palio. En esta etapa tan dura de pandemia con la muerte en nuestros centros, hay de verdad alguien tan indigno que considere que el virus diferencia por tamaño del centro, por titularidad del mismo o que el porcentaje de casos sea un motivo de descalificar a los demás.
  • Debemos tan solo trabajar por salir de estos duros momentos. Debemos demostrar nuestra entrega, solidaridad y profesionalidad, la misma que muchos pisotean y humillan, pero la que hará que en un próximo futuro nuestra sociedad esté orgullosa de sus residencias, de la asistencia y cuidados que en la mismas se otorgan a personas frágiles, deterioradas y que solo quieren envejecer en paz y con respeto. Casi todos tenemos un papel a desempeñar en esta situación límite. Era imprevisible y culparnos los unos a los otros da una patética imagen de mal hacer, insolidaridad, mercantilismos desmesurados y, ante todo, de carencia de valores humanos ante la muerte de nuestros residentes. Llámenme ingenuo, pero seguiré durante mucho tiempo exaltando la gran tarea que durante años hemos muchos desarrollado y el aguante demostrado ante la embestida de este terrible virus.

Mi más sincero reconocimiento como presidente de UPIMIR a quienes cada día con virus o sin él dan la salud física y psíquica porque así lo creen lógico, para cumplir con la tarea tan compleja de cuidar a los más necesitados, cargando sobre sus espaldas con la lacra de pertenecer al sector residencial de personas mayores. Vaya para ellos todo mi esfuerzo y cariño.

Vicente Botella, presidente de UPIMIR

Vea aquí residencias de Tarragona

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