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Coronavirus: ¿dejaremos de reírnos?

lunes 16 de marzo de 2020, 14:45h
Javier Cámara
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Javier Cámara

Hay una expresión muy típica que dice eso de “reír por no llorar”. La utilizamos con desprecio cuando aflora un sentimiento contradictorio porque reímos cuando algo es grave, es serio. Algo así me está pasando estos días en los que aislado como estamos la gran mayoría en nuestras propias casas nos vemos desbordados por infinitos chistes, memes, vídeos, fotos y montajes audiovisuales de todo tipo que llegan a nuestros teléfonos móviles.

Elijo la expresión para titular esta tribuna de opinión porque es precisamente esa sensación agridulce la que me produce sentimientos encontrados al reírme de las gracietas que no sé si me harían compartir el cachondeo en otras circunstancias. Imagino que va en la forma de ser de cada uno, el modo en el que cada cual nos tomamos las cosas importantes, y no tanto, de la vida.

Presumo de tener un buen sentido del humor, me gusta reír y no lo digo como tópico. Prefiero llevar una sonrisa por delante y disfruto con el ingenio y la ocurrencia de las cosas sencillas de la vida. Pero, como digo, saco el lado racional y chocan las emociones. La conclusión en mi cerebro con todo lo que nos estamos riendo a cuenta del coronavirus aparece rápida y es tajante: me río de algo que mata.

Insisto, estoy a favor de todo lo que se dice al respecto del poder curativo de la risa. No me sorprende cómo está respondiendo la sociedad española ante una crisis sanitaria inaudita, insólita, extraordinaria y sin precedentes porque, imagino, va en el carácter. Vemos “memes” sobre un partido de fútbol, un programa de televisión, un debate político o el telediario antes de acabe, qué esperábamos con tantas horas libres (algunos) en casa. Está sacando lo mejor de muchos, solidariamente hablando, y también vemos actitudes absolutamente irresponsables, pero, por lo general, la gente responde y lo hace bien.

Reímos y lloramos. Quién no disfruta con un chiste inteligente e incluso con algunos más chabacanos, groseros o soeces al tiempo que no se emociona con los aplausos y todas esas iniciativas que vemos buscan facilitar la vida a los más vulnerables. Compartimos vídeos que nos han llegado cuatro veces a través de distintos grupos y amistades, pero también damos ese aplauso sincero a los sanitarios que se enfrentan todos los días durante un montón de horas a la enfermedad y, a veces, a su peor resultado.

Y esa es mi reflexión: Nos reímos de aspectos aledaños a una enfermedad por la que están muriendo muchas personas todos los días. Los que estamos vinculados de alguna manera al sector geroasistencial sabemos que tenemos entre manos un bien frágil y que hay cuestiones con las que no se bromea. ¿Nos seguiremos riendo igual que hoy cuando acabe esta crisis sanitaria?

Parece que me estoy poniendo muy serio, pero es lo que tiene no poder incluir un emoji sonriente o partiéndose de risa en un texto. Considero importante, nada más, tener la precaución de saber a quién se manda un chascarrillo y a quién no. Hay otra expresión, también de uso común que recuerda que “la alegría va por barrios”. Mi deseo es que se quede mucho tiempo en el suyo.

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