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Un regalo de reyes en la residencia

Un regalo de reyes en la residencia
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El fallecimiento de un residente en Las Marismas (residencia de la que, por cierto, eres directora), es siempre doloroso. Incluso cuando las circunstancias hacen que el desenlace parezca lo más cómodo y normal para la persona que fallece, cuesta ver la muerte como algo positivo o bueno.

El caso de Guillermina Buendía no ha sido especial en ese sentido. Llevaba casi dos años con nosotros. Una mujer con un gran corazón y un gran cuerpo, pesaba 125 kilos. Era diabética e ingresó después de que le amputasen unos dedos de su pie derecho.

Durante el tiempo que vivió en la residencia se ganó el cariño de casi todas las trabajadoras, de otros residentes y familiares. No era una persona fácil de atender ya que, debido a su peso, le costaba mucho hacer cosas por su cuenta y necesitaba mucha ayuda para las actividades de la vida diaria. Aún así, las auxiliares la consideraban encantadora y se reían mucho con ella. Tan pronto decía un refrán o una poesía que nadie sabía como cantaba una canción o, a la hora de comer, daba las gracias con una de sus frases favoritas: “Toda la hambre que tenía que pasar la pasé de niña”.

La cena de Nochebuena fue la alegría de la fiesta ya que, como no podía ser de otra forma, sabía muchos villancicos, algunos con letras que cambiaba un poco para hacerlas “picantes”. Cuando la llevaron a dormir esa noche y le hicieron la transferencia desde la silla a la cama pidió perdón a la auxiliar por lo gorda que estaba: “De niña me hubieras movido de un soplo y mira, ahora me mueves con una grúa del puerto”.

Guillermina murió la noche del 24 al 25 de diciembre mientras dormía. Tenía 87 años.

Unos días después, concretamente el 5 de Enero, ha venido a verte una de sus nietas y te ha traído una carta de Guillermina que empieza diciendo: “Para la directora el día que yo muera”. En ella te dice que no sabe por qué está viviendo tanto pero supone que un día se acabará muriendo y ese día quiere decirte que en la residencia ha estado muy bien, que “las chicas” son majísimas y hacen lo mejor, que la comida le ha gustado lo justo y que, “por ayudar”, quiere decirte que para alguien de su tamaño hay una cosa que le gustaría mejoraseis después de que ella se haya ido: la cama. Te recuerda que sabe que es una persona grande, pero ella es así, ha disfrutado el tiempo que ha estado en la residencia salvo cuando le han tenido que ayudar a moverse en la cama debido a que a ella le costaba hacerlo sola. No lo ha querido decir en vida, por no molestar, pero querría que la próxima persona de su tamaño que viva en la residencia viva mejor ese aspecto. Para ayudar a que las cosas sean así, la carta te dice que su nieta, que te la ha traído, te dará tres mil euros para comprar una cama que quiere regalar a la residencia.

O sea que, Guillermina, desde ultratumba hace dos regalos a la residencia. El primero, una información valiosa para mejorar el servicio; el segundo, el dinero.

Por un momento alejas de tu cabeza la idea de cómo se debe contabilizar ese dinero y si hace falta hacer una factura por él y te centras en una cosa: ¿Cómo debería ser una cama para garantizar que quien en ella pase una buena parte del día se sienta lo mejor posible?

Sabes que en Alemania hay una residencia para personas mayores obesas.

Conoces camas que bajan hasta el suelo de forma que puedes caerte sin hacerte daño.

Camas con un sistema de ayuda para hacer cambios posturales; colchones que se colocan encima de la cama y ayudan a cambiar la posición y presión de la persona, incluso una cama que hace micro-movimientos para disminuir la necesidad de cambios posturales.

Pero, ¿cómo debería ser la cama ideal para una residencia de mayores? ¿Existe? ¿Debería inventarse?

¿Alguien quiere opinar?

Autor: Josep de Martí Vallés

Jurista y gerontólogo. Profesor del Máster en Gerontología Social y de Dirección de residencias en varias universidades. Director de Inforesidencias.com y Eai consultoria.

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