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¿Y si en vez de 65 fuesen 70?

Por Josep de Martí
miércoles 18 de marzo de 2026, 16:15h
Actualizado el: 19 de marzo de 2026, 04:23h
Josep de Martí, fundador de Inforesidencias.
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Josep de Martí, fundador de Inforesidencias. (Foto: JC/Dependencia.info)

Hablamos de “personas mayores” cuando alguien cumple 65 años. Lo hacemos sin pensarlo, como si esa frontera fuera natural, biológica o evidente. Pero no lo es. La cifra de 65 viene de un despacho prusiano del siglo XIX.

A finales del XIX, cuando Otto von Bismarck diseñó el primer seguro de jubilación en Alemania —el famoso Gesetz, betreffend die Invaliditäts- und Altersversicherung de 1889—, la edad que se fijó para poder cobrar la pensión no fue 65, sino 70 años. Lo dice el propio texto: “eine Altersversicherung für Versicherte, welche das 70. Lebensjahr vollendet haben.” Es decir, solo quienes hubiesen cumplido los setenta podían recibir la pensión.

En 1889, llegar a los 70 era casi una hazaña. La esperanza de vida rondaba los 45. El sistema era, en realidad, más simbólico que económico: pocos lo disfrutarían, pero todos podían creer que el Estado les prometía un descanso tras una vida de trabajo. Fue en 1919, tras la Primera Guerra Mundial y la caída del Imperio, cuando Alemania rebajó la edad a 65 años. Y el resto del mundo la copió sin pensar demasiado.

Desde entonces, los 65 se convirtieron en el umbral mágico de la vejez, el número que marca las estadísticas, las políticas y hasta el lenguaje. “Mayores de 65”. Como si ese número dijera algo sobre cómo somos o cómo vivimos.

Pero, ¿y si se hubiese mantenido la cifra original de Bismarck? ¿Y si el mundo hubiese decidido que la vejez empieza a los 70?

Probablemente hoy hablaríamos de los “mayores de 70” como el grupo de edad avanzada. Los 65 serían personas todavía activas, quizá en transición, no “viejas” ni “jubiladas” por definición. Las estadísticas de envejecimiento parecerían menos alarmantes. Habría menos “dependientes” en los informes y más ciudadanos considerados productivos. Los titulares sobre el “invierno demográfico” sonarían distintos.

Y, sobre todo, la mirada social hacia quienes cumplen 65 sería otra. Porque muchas de las etiquetas que usamos —“tercera edad”, “seniors”, “dependientes”, “mayores”— no describen realidades biológicas, sino decisiones administrativas tomadas hace más de un siglo en un contexto donde llegar a viejo era casi un milagro.

Hoy, la esperanza de vida supera los 83 años en España. Muchos septuagenarios viajan, aprenden idiomas, hacen voluntariado o cuidan de sus nietos con más energía que la que tenían sus abuelos a los cincuenta. Sin embargo, seguimos midiendo la vejez con un número pensado para un mundo donde no había antibióticos ni calefacción en las casas.

¿Estoy defendiendo retrasar la jubilación a los 70? No necesariamente. Pero sí recordar que la frontera entre “productivo” e “improductivo”, entre “joven” y “viejo”, no es natural. Es cultural, histórica y revisable.

Bismarck escogió el 70. Luego alguien lo cambió a 65. Nadie discutió mucho el motivo, pero todos lo adoptaron. Y así, desde hace más de cien años, arrastramos una cifra que, sin darnos cuenta, ha definido cómo miramos a los mayores, cómo estructuramos el trabajo y hasta cómo entendemos el valor del tiempo.

Quizá ha llegado el momento de preguntarnos si seguimos pensando como en 1919. Porque, si hoy la vida empieza tantas veces a los sesenta, ¿no merecería la vejez empezar un poco más tarde?

Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.

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