En la residencia Las Marismas, de la que, por cierto, eres directora, Dolores lleva viviendo algo más de tres años. Ingresó con ochenta y nueve y ahora tiene noventa y dos. Siempre ha sido una mujer tranquila, de esas que parecen haber encontrado un rincón del mundo en el que no necesitan demasiadas cosas. Pasa buena parte del día sentada en una butaca cerca de una ventana, le gusta mucho escuchar la radio, muy flojita, con un aparato que le regaló un nieto que, aunque parezca un transistor antiguo, tiene todos los avances y un sonido clarísimo que ella disfruta acercándosela mucho a un lado de la cara. Así, con su radio en la oreja pasa horas ensimismada. Por eso, aunque los profesionales de atención directa y la terapeuta ocupacional han intentado desde que llegó a las Marismas animarla a participar en actividades, ella suele responder casi siempre lo mismo:
—Déjame, yo aquí estoy muy tranquilita. Aquí no molesto a nadie.
No lo dice con tristeza. Más bien al contrario. Parece una declaración de principios.
Dolores arrastra desde hace años una anemia ferropénica crónica. Ya antes de ingresar en Las Marismas había tenido episodios importantes y, durante una hospitalización, había necesitado alguna transfusión de sangre. Nunca se llegó a conocer completamente el origen de la anemia. Los médicos sospechaban que podía existir alguna pérdida digestiva crónica y, en distintas ocasiones, le habían recomendado completar el estudio mediante una gastroscopia y una colonoscopia. La primera supone introducir un tubo flexible con una pequeña cámara por la boca para observar el esófago, el estómago y el duodeno; la segunda permite explorar el intestino grueso introduciendo el endoscopio por vía rectal. No son intervenciones quirúrgicas, pero tampoco son pruebas agradables. Requieren preparación, desplazamiento al hospital y, normalmente, algún tipo de sedación. Cuando Dolores conservaba plenamente su capacidad para decidir, sus hijos ya tendían a desaconsejárselas.
—Mamá, ¿para qué te vas a meter ahora en eso?
Y Dolores asentía.
—Pues no me meto.
La doctora de Las Marismas y la médica del centro de salud, que oficialmente es su médica de cabecera, han ido bastante a una durante estos tres años. Las dos saben que existe una anemia crónica que probablemente merecería un estudio más completo, pero también conocen a Dolores, su edad, su fragilidad y la actitud de la familia. Mientras Dolores pudo expresar claramente su voluntad, nadie consideró razonable forzar unas exploraciones que ella no quería realizar. El problema empezó a hacerse más difícil cuando apareció el deterioro cognitivo.
Dolores nunca había firmado un documento de voluntades anticipadas ni había dejado instrucciones escritas sobre qué tratamientos deseaba o rechazaba si algún día dejaba de poder decidir por sí misma. Poco a poco, sus hijos fueron asumiendo ese papel. Cuando surgía alguna cuestión médica importante, eran ellos quienes hablaban con la doctora y quienes acababan tomando las decisiones. Y su criterio era bastante constante.
—Para lo que ha de vivir, que viva tranquila.
La frase no te gustaba demasiado, aunque entendías qué querían decir. No pretendían abandonar a su madre. La visitaban, estaban pendientes de ella y se preocupaban porque estuviese bien atendida. Simplemente habían desarrollado una idea muy clara: no querían que los últimos años de Dolores se convirtieran en una sucesión de ambulancias, hospitales, pruebas, pinchazos, "tubos que entran hasta dentro" y procedimientos médicos.
Por eso habían descartado definitivamente la gastroscopia y la colonoscopia. Con el tiempo fueron algo más lejos. Tampoco querían transfusiones ni derivaciones al hospital salvo que fueran absolutamente inevitables.
Durante bastante tiempo aquello no generó grandes conflictos. La anemia estaba presente, pero Dolores se mantenía relativamente estable. Tenía poca energía, pero siempre había sido una mujer poco activa. Cuando se le proponía caminar un poco más o participar en alguna actividad contestaba con su habitual:
—Déjame, yo aquí estoy muy tranquilita.
Si se le insistía mucho, aceptaba dar unos pasos, pero enseguida decía a las auxiliares que se fuesen con otros que la necesitaban más.
En las últimas semanas, algo cambió. Dolores estaba mucho más cansada, comía menos, pasaba prácticamente todo el día sentada o acostada y empezó a necesitar ayuda para actividades que hasta entonces realizaba con bastante autonomía. Se fatigaba al caminar unos pocos metros y en algunas ocasiones decía que le faltaba el aire. La doctora observó además que estaba especialmente pálida y que su frecuencia cardiaca era más alta de lo habitual incluso estando en reposo. Y entre todos los síntomas, lo más llamativo es que seguía sentándose en su sillón, pero ya no se acercaba la radio a la oreja, la dejaba apagada en el regazo manteniendo la vista perdida.
La doctora te lo comentó y decidisteis hablar con los hijos.
—Creo que la anemia puede haber empeorado bastante.
Les explicó que el cansancio extremo, la palidez, el cansancio con pequeños esfuerzos y la taquicardia eran compatibles con una anemia grave. Les recordó que Dolores ya había necesitado transfusiones antes de ingresar en la residencia y les planteó que sería conveniente trasladarla al hospital para hacer una valoración completa. Si la hemoglobina estuviese muy baja, una transfusión podría mejorar de forma importante su estado general.
—No estamos hablando de buscar un cáncer ni de someterla a una colonoscopia —insistió—. Lo que harán es comprobar si tiene una anemia que podamos tratar. Si la tiene puede volver a ser la Dolores de antes.
Los hijos volvieron a mostrar sus reservas.
—Doctora, llevamos años con esto. Cada vez que aparece algo acabamos hablando del hospital. Nuestra madre tiene noventa y dos años.
—Precisamente por eso me preocupa verla así.
—Nosotros no queremos que empiece otra vez el calvario. Ambulancia, urgencias, analíticas, vías, que si ahora una prueba, que si luego otra...
La doctora intentó explicarles que una transfusión no tenía por qué convertirse en todo eso. Podía tratarse simplemente de corregir una anemia muy grave y permitir que Dolores recuperase parte de la energía que había perdido.
—Si la hemoglobina está muy baja, podría encontrarse muchísimo mejor después de una transfusión.
—O podría pasar dos días en urgencias para volver igual o peor, con alguna infección hospitalaria..
La conversación fue larga.
Los hijos dijeron finalmente que habían consultado por su cuenta con un médico de confianza. Según explicaron, ese médico les había recomendado no hacer nada hasta conocer una analítica reciente y, en concreto, el nivel de hematocrito y hemoglobina.
—Primero hacemos la analítica —dijo uno de ellos—. Cuando tengamos el resultado se lo mandamos a nuestro especialista y entonces decidimos.
La doctora no quedó satisfecha.
—Entended una cosa. Yo no puedo saber exactamente cómo está sin la analítica, pero clínicamente me preocupa. Si la anemia es tan importante como sospecho, esperar también es una decisión.
—Pues esperamos a los resultados.
Era jueves.
La doctora empezaba sus vacaciones al día siguiente.
Antes de marcharse dejó solicitada una analítica urgente y explicó el caso al médico que la sustituiría durante sus vacaciones. Era un profesional de confianza, había trabajado alguna vez con vosotros y conocíais su criterio, pero no conocía a Dolores como la conocía la doctora habitual. Tampoco había vivido durante tres años las conversaciones con la familia, los pequeños acuerdos, las negativas anteriores ni ese equilibrio casi invisible que se había ido construyendo entre lo que proponían los médicos y lo que aceptaban los hijos.
El viernes por la mañana se hizo la extracción de sangre y la muestra se envió al laboratorio.
Dolores pasó el resto del día muy cansada.
El sábado por la mañana la auxiliar que entró en su habitación avisó a enfermería. Dolores estaba especialmente débil, apenas respondía, respiraba con dificultad y no parecía capaz de incorporarse sola en la cama. La enfermera llamó al médico sustituto.
Cuando llegó, la exploró. Estaba extremadamente pálida, taquicárdica, hipotensa y con una saturación de oxígeno peor de la habitual. El médico preguntó por sus antecedentes y revisó la historia clínica. Vio la anemia crónica, las transfusiones anteriores y la analítica pendiente.
—Hay que derivarla.
La enfermera le explicó que la familia había pedido expresamente evitar el hospital y que estaban esperando el resultado de la analítica.
El médico volvió a mirar a Dolores.
—Yo no puedo dejar así a una paciente esperando un resultado que no tenemos.
Intentasteis localizar a los hijos. Una llamada. Otra. Un mensaje de WhatsApp. Más tarde otra llamada. Nadie respondió.
Pasó una hora.
Dolores seguía empeorando.
El médico insistió.
—Yo la envío.
Tú no estabas en la residencia en ese momento, pero te llamaron. Conocías perfectamente lo que había dicho la familia y también conocías la posición de vuestra doctora antes de marcharse. Sabías que los hijos no querían una derivación. Pero la situación que te describían era diferente de la del jueves y había un médico presente que consideraba que no trasladarla podía poner en riesgo inmediato su vida. El médico no esperó a que tú pudieses autorizar o no nada.
—Yo la envío.
Y la envió.
Cuando finalmente uno de los hijos devolvió la llamada, Dolores ya iba camino del hospital. La reacción fue muy mala.
—Os dijimos expresamente que no queríamos que la llevaseis.
La enfermera intentó explicar que había empeorado mucho y que el médico había considerado que no podía mantenerla en la residencia en aquellas condiciones.
—Da igual. Nosotros somos la familia. Habíamos dicho que esperaseis a la analítica.
Cuando te llamaron directamente, intentaste explicar lo mismo.
—Entiendo lo que nos habíais pedido, pero hoy la situación era diferente. El médico consideró que había un riesgo importante y durante tres horas no conseguimos localizaros.
—Pero las instrucciones estaban claras.
No encontraste una respuesta que resolviese completamente la discusión. Les propusiste esperar a ver cómo se desarrollaba la cosa y que hablaríais el lunes.
El domingo por la mañana os comunicaron que Dolores había fallecido en el hospital.
El lunes llegaron los resultados de la analítica realizada el viernes.
Hematocrito: 17%.
Hemoglobina: 5,4 g/dL.
Te quedaste mirando los números unos segundos, aunque no necesitabas ser médico para entender lo que significaban. La doctora de Las Marismas te había explicado muchas veces que una anemia de ese nivel era muy grave. Con los síntomas que presentaba Dolores, habría requerido una valoración hospitalaria urgente y era muy probable que se hubiese planteado una transfusión.
El martes por la mañana vino una de las hijas a verte. Entró en tu despacho mucho más tranquila de lo que esperabas.
—Quería deciros que no estamos enfadados.
No supiste muy bien qué contestar.
—El sábado fue todo muy rápido y estábamos nerviosos. Pero sabemos que hicisteis lo que creíais que teníais que hacer. Mi madre tenía noventa y dos años. Le había llegado su hora.
Hablasteis un rato. La hija agradeció el trato que Dolores había recibido durante los tres años que había vivido en Las Marismas. Te dijo que toda la familia estaba satisfecha con la residencia y que no querían que nadie pensase que os culpaban de lo sucedido.
Cuando se marchó sentiste cierto alivio. Duró poco.
Aquella misma tarde te llamó la doctora de Las Marismas desde el lugar donde estaba pasando sus vacaciones. Estaba desencajada.
—He visto la analítica.
—Sí.
—Cinco coma cuatro de hemoglobina.
Guardaste silencio.
—No puedo con esto —continuó—. No puedo aceptar que digan que “le había llegado la hora”.
Intentaste tranquilizarla.
—La hija ha venido esta mañana. Está muy agradecida. Dice que entiende perfectamente lo que hicimos.
—No me preocupa que estén agradecidos.
Hubo una pausa.
—Dolores podía haber recibido una transfusión. No sabemos cuánto tiempo habría vivido, evidentemente. Ni sabemos si habría funcionado como esperamos. Pero una anemia así es tratable. No es lo mismo morir porque una enfermedad no tiene tratamiento que morir porque decidimos no tratar una situación potencialmente reversible.
—La familia no quería.
—Ya lo sé.
La doctora bajó el tono.
—Y mientras Dolores podía decidir, perfecto. Si ella decía que no quería ir al hospital, que no quería exploraciones, que no quería transfusiones, se acabó. Era su vida. Pero después decidieron los hijos. Y no sé si decidieron lo que Dolores habría querido o lo que ellos creían que era mejor para ella... o para ellos.
Aquella frase se te quedó clavada.
Durante tres años habíais respetado las decisiones, primero de Dolores, después de la familia. Lo habíais hecho convencidos de que siempre estabais respetando, aunque fuese indirectamente, la voluntad de Dolores. Sus hijos la conocían mejor que nadie. Siempre habían dicho que ella quería tranquilidad, que odiaba los hospitales y que no habría querido pasar sus últimos años sometida a intervenciones médicas.
Pero una transfusión no era una colonoscopia. Y tratar una anemia grave no era necesariamente prolongar artificialmente una agonía.
Quizá estabais mezclando cosas distintas.
Entonces apareció otra pregunta todavía más incómoda.
Durante años habíais actuado de una determinada manera porque todos conocíais la historia. La doctora, las enfermeras, los hijos, tú. Habíais ido construyendo una especie de consenso tácito alrededor de Dolores: pocas intervenciones, pocos hospitales, tranquilidad. Y bastó que entrase alguien nuevo para que todo cambiase.
El médico sustituto no conocía esa historia. Vio una mujer de noventa y dos años extremadamente pálida, hipotensa, taquicárdica y con dificultad respiratoria. Vio una posible anemia grave y un resultado analítico que todavía no estaba disponible. Intentó contactar con la familia, no lo consiguió y tomó una decisión clínica: enviarla al hospital.
Quizá precisamente porque no conocía toda la historia pudo ver algo que los demás habíais dejado de ver. O quizá simplemente ignoró una voluntad familiar que vosotros llevabais años respetando. No sabes cuál de las dos explicaciones te incomoda más.
Te preguntas qué habría ocurrido si, tres meses antes, vuestra doctora hubiera dicho:
—Sé que la familia no quiere, pero considero médicamente necesario trasladarla.
¿Habríais enviado a Dolores al hospital contra la voluntad expresa de sus hijos?
¿Y si allí le hubieran puesto una transfusión y hubiese regresado a Las Marismas caminando unos días después?
¿Seguiría viva?
Quizá.
O quizá no.
¿Y si la hubierais derivado, hubiera pasado dos días desorientada en urgencias y hubiese vuelto peor? ¿Los hijos os habrían reprochado no haber respetado sus instrucciones? ¿Os habrían denunciado?
También te preguntas qué significa realmente decidir “lo mejor” por otra persona cuando esa persona ya no puede decir qué quiere.
Seguro que los hijos de Dolores no buscaban hacerle daño. Seguro que querían evitarle sufrimiento. O... quizás querían otra cosa más inconfesable. Eso nunca llegarás a saberlo. Su frase era siempre la misma: “Para lo que ha de vivir, que viva tranquila”. Pero ¿quién decide cuánto “ha de vivir” una persona? ¿Dónde termina evitar el encarnizamiento y dónde empieza renunciar a tratamientos proporcionados que podrían devolver calidad de vida?
La doctora tampoco podía saber que una transfusión habría salvado a Dolores. Nadie podía saberlo. Pero sí sabía que una anemia grave era potencialmente corregible.
Y tú tampoco sabes si la decisión correcta habría sido trasladarla antes. Solo sabes que ahora Dolores está muerta.
Durante los días siguientes, aquella frase que repetía cuando alguien intentaba animarla a participar en una actividad vuelve a ti una y otra vez.
—Déjame, yo aquí estoy muy tranquilita. Aquí no molesto a nadie.
Y, en efecto, ahora, finalmente, Dolores no molesta a nadie. Aunque sí lo haga su ausencia y la sensación de que, quizás no actuasteis bien.
¿Qué habrías hecho tú?
Preguntas para la reflexión en equipo
- ¿Hasta dónde debe respetar una residencia las decisiones de la familia cuando la persona residente ya no tiene capacidad suficiente para decidir y no dejó voluntades anticipadas? ¿La familia sustituye la voluntad de la persona o debe intentar reconstruir qué habría querido ella?
- ¿Dónde situaríais la frontera entre evitar intervenciones desproporcionadas y renunciar a tratamientos potencialmente útiles? ¿Consideráis igual una gastroscopia o una colonoscopia que una transfusión ante una anemia grave y sintomática?
- ¿Actuó correctamente el médico sustituto al derivar a Dolores pese a existir instrucciones familiares previas de evitar el hospital? ¿Cambia vuestra valoración el hecho de que no consiguiera localizar a la familia y que la situación clínica hubiese empeorado?
- ¿Puede el conocimiento prolongado de una residente y de su familia acabar condicionando demasiado las decisiones profesionales? En este caso, ¿el médico sustituto desconocía información relevante o precisamente su desconocimiento le permitió mirar la situación con mayor objetividad?
- Si pudierais volver tres meses atrás, ¿cambiaríais algo? ¿Habríais insistido más en la transfusión, solicitado una valoración externa, promovido una reunión formal sobre objetivos de cuidados o mantenido exactamente la misma actitud? ¿Qué habría significado realmente, en el caso de Dolores, “respetar su voluntad”?
Agradecimiento
Este caso está inspirado en una situación real que me fue explicada por profesionales del Grupo Montalto durante mi visita a Buenos Aires en agosto de 2026. Como ocurre en los casos de Las Marismas, la situación ha sido transformada y novelada para plantear un dilema de dirección y promover la reflexión. Mi agradecimiento a los profesionales del Grupo Montalto por compartir conmigo una experiencia que obliga a hacerse preguntas incómodas sobre autonomía, representación familiar, proporcionalidad terapéutica y responsabilidad profesional.
Y también agradecimiento al doctor Francisco José Tarazona Santabalbina, presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, que ha ofrecido una opinión experta que puede servir como orientación para quien reflexione sobre el caso,.
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
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OPINIÓN DEL EXPERTO
El Frágil Equilibrio de la Decisión Clínica: Reflexiones Bioéticas a partir del Caso de Dolores

Por Francisco José Tarazona Santabalbina, presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología
El buen amigo Josep de Martí me solicita, y al mismo tiempo, me concede el honor de aportar mi humilde reflexión del caso de Dolores. Nuestra protagonista, a lo largo del relato expuesto, nos plantea, muy posiblemente sin proponérselo, la complejidad del cuidado de larga duración de las personas mayores, obligándonos a una reflexión ineludible sobre la esencia misma de nuestra labor como geriatras. Esta no puede ser un ejercicio de inercia, sino un compromiso diario con la deliberación ética. En la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), defendemos que la excelencia clínica es inseparable de la rectitud bioética; sin embargo, navegamos a menudo en un mar de grises donde el límite entre evitar el encarnizamiento terapéutico y caer en el nihilismo asistencial no es más que una delgada línea roja peligrosamente tenue.
El caso de Dolores, de 92 años, es el paradigma de este desafío. Su tránsito desde una autonomía plena, marcada por un deseo de paz —"Déjame, yo aquí estoy muy tranquilita"—, hacia una situación de dependencia cognitiva y toma de decisiones por representación, nos obliga a cuestionar la solidez de nuestros procesos. Lo que comenzó como un respeto escrupuloso a su voluntad de no ser sometida a pruebas invasivas, terminó derivando en una omisión de soporte vital básico ante un cuadro reversible. El desenlace de Dolores no debe ser visto como una consecuencia inevitable de su edad, sino como una llamada de atención sobre cómo el "consenso de tranquilidad" puede, inadvertidamente, transformarse en abandono terapéutico.
Es posible, aunque no del todo probable, que, en caso de un estado cognitivo sin deterioro, Dolores hubiera optado por la misma opción. Sin embargo, nunca lo sabremos. Y, odio iniciar una oración con una conjunción copulativa, pero en este caso expresa claramente el énfasis, no lo sabremos por la ausencia de un documento de voluntades anticipadas en el que quede reflejada tanto su voluntad como su autonomía. Todo hubiera cambiado de contar con la Planificación Anticipada de las Decisiones (PAD), la herramienta estratégica que blinda la dignidad del paciente cuando la capacidad de expresión desaparece. En el caso de Dolores, la ausencia de un Documento de Voluntades Anticipadas generó un vacío legal y ético que fue ocupado por la subjetividad de sus descendientes. Ante la falta de instrucciones precisas, los hijos pasaron de ser portavoces de los valores de su madre a ser gestores de su propio criterio, simplificándolo en una máxima demoledora: "Para lo que ha de vivir, que viva tranquila".
Este desplazamiento es crítico. Bajo el pretexto de protegerla de un "calvario hospitalario", la familia proyectó sus propios miedos sobre la paciente, rechazando incluso intervenciones mínimamente invasivas. De hecho la transfusión, en muchas instituciones de nuestro país se hubiera podido realizar en el mismo centro sin necesidad de desplazamientos innecesarios. Como profesionales, debemos ser cautos: la representación no es una licencia para la renuncia a la lex artis. El vacío documental de Dolores permitió que un deseo legítimo de "no sufrir" fuera malinterpretado como una renuncia a tratamientos que garantizan el confort vital. Debemos distinguir entre el rechazo a la agresividad diagnóstica y la necesidad de aliviar un síntoma que, lejos de proporcionar tranquilidad, somete al organismo a una agonía silente.
Por este motivo, como geriatras debemos tener presente esa frontera de la proporcionalidad, explicando a todos los actores implicados las claras diferencias entre los beneficios del soporte vital y los perjuicios del encarnizamiento terapéutico a través de las pruebas invasivas. La proporcionalidad terapéutica en geriatría exige una distinción nítida entre fines diagnósticos (la búsqueda de la etiología) y fines reparadores o de soporte (el alivio del síntoma). En el caso de Dolores, esta frontera se desdibujó de forma trágica. La negativa a realizar una gastroscopia o colonoscopia en una paciente de 92 años con fragilidad avanzada es una decisión clínica y éticamente defendible. Estos procedimientos implican traslados, sedación y un estrés fisiológico que, para buscar un origen posiblemente oncológico cuyo tratamiento sería inasumible, podrían calificarse de futilidad. Sin embargo, la transfusión sanguínea ante una anemia de 5,4 g/dL de hemoglobina y un 17% de hematocrito no es una "prueba", es un soporte vital básico que, en mi humilde opinión representa beneficios para la paciente. No obstante, ante un documento de voluntades anticipadas que hubiera expresado el deseo de no transfusión, nuestra obligación hubiera sido respetar el principio ético de autonomía. Sin embargo, este dilema entre lo que se hizo y lo que hubiera querido Dolores es irresoluble, porque nunca se plasmó su voluntad por escrito.
En cualquier caso, con firmeza me gustaría desmitificar el concepto de "paz" en este contexto. Una hemoglobina de 5,4 g/dL no produce cansancio apacible; produce sufrimiento. Dolores no estaba "tranquila": su corazón bregaba contra una taquicardia compensatoria extrema, en un intento desesperado por oxigenar sus órganos. Negar una transfusión, que es un procedimiento de bajo riesgo y alta reversibilidad, bajo el estigma del "calvario de tubos", no es respetar la finitud, es permitir un fallo multiorgánico evitable por pura incomprensión de la fisiopatología clínica.
Es conveniente en este momento valorar el contexto. Tras tres años de atención en la residencia, el equipo habitual y la familia habían construido un consenso tácito de mínima intervención. Este pacto nacido de un afecto del que no dudamos, generó una ceguera ética: se dejó de ver a una paciente con riesgo vital para ver solo a una anciana "llegando a su hora".
La intervención del médico sustituto fue el elemento disruptor necesario. Su "mirada limpia", desprovista de los acuerdos emocionales previos, le permitió identificar la urgencia clínica real. Ante una paciente hipotensa y con dificultad respiratoria, y tras tres horas de silencio telefónico por parte de los hijos, el facultativo actuó siguiendo el principio ético de beneficencia. Esta ausencia de los representantes en el momento crítico otorgó al médico la responsabilidad —y el deber— de actuar en favor del interés superior de la paciente. La derivación hospitalaria no fue una traición a la familia, sino una salvaguarda ética frente a una situación de riesgo inminente que el sistema de representación, por falta de respuesta, no estaba gestionando.
La ironía más amarga de este caso es puramente temporal: los resultados de la analítica (Hb 5,4 g/dl) llegaron el lunes, cuando Dolores ya había fallecido el domingo. Esta tragedia subraya que la clínica debe prevalecer sobre la burocracia de laboratorio. La doctora habitual, al regresar y ver los resultados, sintió que algo había fallado, siendo incapaz de aceptar el consuelo familiar de que "le había llegado su hora". Este malestar moral es el motor que debe impulsarnos a mejorar. Mejora que puede partir de: la existencia de protocolos de transfusión de confort; comité de ética asistencial de respuesta rápida con el que mediar en los casos en los que el deseo familiar choque frontalmente con la necesidad de soporte vital básico reversible; blindaje jurídico al acto médico de urgencia, con el que reafirmar, ante la imposibilidad de comunicación con el representante legal y un riesgo vital tratable, la obligación ética y legal del médico de intervenir para evitar el daño; y, por último, la clarificación pedagógica con las familias, estableciendo reuniones obligatorias de reevaluación de objetivos de cuidados ante cambios en la situación basal explicando que "no intervenir" en ciertos cuadros (como la anemia grave) es una forma de maltrato por omisión, no de respeto a la paz.
Como reflexión final me planteo: ¿Qué significa realmente respetar la voluntad de un paciente? Respetar a Dolores no era permitir que su corazón claudicara por falta de hematíes bajo un manto de falsa benevolencia. Significa asegurar que el tránsito hacia el final de la vida sea digno, sin la agonía padecida a todas luces evitable. La humildad profesional nos obliga a reconocer que, a veces, nuestra cercanía a las familias nos hace cómplices de una paz comprada a precio de abandono. En la SEGG, nuestro compromiso es con la vida digna hasta el último aliento, recordando siempre que la fragilidad exige una vigilancia ética aún más férrea, pero nunca una renuncia.