Grupo Casablanca organiza visitas entre personas mayores y niños, fomentando la interacción y el aprendizaje mutuo. Estos encuentros estimulan la memoria y el lenguaje en los mayores, mientras que los niños aprenden sobre el envejecimiento y desarrollan empatía. La reciprocidad en estas actividades crea una comunidad más unida.
En los centros de Grupo Casablanca recibimos de forma habitual la visita de colegios de la zona y, en alguna ocasión, también hemos sido nosotros quienes hemos visitado una escuela infantil. Son encuentros sencillos, bien organizados y siempre acompañados por nuestro equipo, que convierten un día normal en una experiencia distinta: conversación, actividades compartidas y momentos que se disfrutan con naturalidad.
Para las personas mayores, el contacto con niños y jóvenes actúa como un estímulo muy completo. En el plano cognitivo, hablar con ellos, explicar anécdotas o participar en dinámicas guiadas favorece la memoria, el lenguaje y la atención. Además, en muchas actividades surge de forma natural una sensación muy valiosa: sentirse parte activa de lo que ocurre, aportando experiencia y puntos de vista propios.
En el plano emocional y social, estos encuentros refuerzan la conexión con el entorno y aportan un ambiente positivo en el centro, favoreciendo la interacción, la conversación y la participación en actividades.
También hay un componente físico: cuando la actividad lo permite, los encuentros invitan a levantarse, caminar un poco más, moverse para participar en un juego o acercarse a un grupo. Esa “excusa” para estar activos, siempre dentro de las posibilidades de cada persona, es un apoyo adicional a los programas de movilidad que ya trabajamos en el día a día.
Para los niños, visitar una residencia les permite descubrir una realidad que a menudo conocen poco. Aprenden paciencia, escucha y respeto en un entorno donde el ritmo es distinto al del aula. Además, normalizan el envejecimiento desde la cercanía: hablar con una persona mayor, cantar juntos o compartir una actividad ayuda a romper estereotipos y a cultivar empatía.
A esto se suma el valor del aprendizaje: las personas mayores aportan historias, vocabulario, y conocimientos prácticos que complementan lo que se enseña en la escuela.
Un beneficio compartido
La clave de estos encuentros es la reciprocidad: compartir tiempo, conversación y actividades que conectan generaciones. Los mayores no son espectadores: participan, conversan, enseñan, cantan o simplemente disfrutan del momento.
Los niños no “visitan un lugar”, sino que entran en un entorno donde se cuida y se vive, y donde es posible crear vínculos. En esa dinámica mutua está el valor: ellos aportan energía; los mayores aportan calma y experiencia. Y el resultado, para ambos, es una comunidad más unida y una forma más natural de relacionarnos entre generaciones.