La residencia Las Marismas del Monte quedaba a poco más de un kilómetro del centro del pueblo, pero aquella noche parecía estar en otro mundo. La nevada había sido tan copiosa que la carretera había desaparecido bajo una capa espesa, limpia, silenciosa, resbaladiza, peligrosa. Solo los más mayores entre los residentes recordaban algo parecido, y no en diciembre.
“Esto era de cuando yo era niño”, decía alguno. “De cuando la nieve llegaba a las ventanas”.
Dentro, la residencia estaba tranquila. La cena de Nochebuena había sido copiosa, pero temprana. Mejor tener un tiempo para digerir antes de acostarse. Los residentes con mayores necesidades ya dormían. Otros, los más autónomos, se habían quedado en la sala común, viendo la televisión sin demasiado interés o charlando de cosas pequeñas. Había menos gente que de costumbre; unos cuantos habían ido a pasar las fiestas con sus familiares. Era Nochebuena.
En la entrada, un nacimiento montado por varios residentes y algunos familiares ocupaba una mesa baja. Figuras de barro, musgo traído del monte, un portal sencillo. Esa misma tarde habían cantado villancicos alrededor del Belén. El portal de Belén, la estrella, el camino, los pastores. Historias repetidas, conocidas, de siempre.
Fue poco después de las diez cuando alguien llamó a la puerta.
No fue un golpe decidido, sino más bien un llamar inseguro, como si quien estuviera al otro lado no supiera si hacía bien. La auxiliar de noche, que aquella Navidad estaba de encargada, levantó la cabeza. Pensó que sería algún familiar rezagado, alguien despistado por la ventisca. Pero al abrir encontró a una pareja muy joven, cubiertos de nieve hasta los tobillos, temblando por el susto y por el frío.
Ella estaba embarazada. Muy embarazada.
Les costó explicar lo que había pasado. Venían de un pueblo cercano. Faltaban dos semanas para salir de cuentas, pero las contracciones habían empezado de repente. Habían cogido el coche para ir al hospital, a cuarenta kilómetros. La carretera se volvió impracticable. La ventisca. La nieve. La oscuridad. Sin cobertura. El repetidor debía de haber caído. Habían intentado parar en la gasolinera, pero estaba cerrada. No sabían dónde ir. Y la residencia había aparecido como una luz encendida en mitad de la nada.
“Pensé… pensé que aquí alguien sabría qué hacer”, dijo el chico, casi pidiendo perdón.
La auxiliar pensó, sin saber muy bien por qué, en el nacimiento de la entrada. En los villancicos de la tarde. Y se dijo a sí misma, medio en broma, medio en serio: el niño no nacerá en el pesebre.
Por suerte, la enfermera que salía de turno seguía allí. Su marido iba a recogerla con el todoterreno, pero no se había atrevido a salir. Mejor quedarse. Aquella noche nadie parecía tener prisa por irse.
La llegada de la pareja se convirtió en un acontecimiento. Los residentes que estaban despiertos se levantaron. Todos querían ayudar. Todos tenían algo que decir.
“Que se sienten”.
“Que no camine”.
“Que beba agua”.
“Que respire despacio”.
Opiniones, consejos, recuerdos.
Herminia, de ochenta y nueve años, observaba en silencio desde su sillón. Había sido comadrona durante casi toda su vida. No tuvo hijos propios. Nunca los tuvo. “Pero todos los hijos de la comarca a los que ayudé a nacer son un poco hijos míos”, solía decir.
Se levantó despacio. Y algo en ella cambió.
Le dijo algo al oído a la enfermera, que asintió. Y empezó todo. Organizó el espacio. Pidió material. Indicó dónde colocar a la joven. Su voz no era alta, pero nadie dudó en obedecerla. Se acercó a la chica, le cogió el brazo con una mano que había vivido mucho, con dedos como sarmientos y una piel tan fina como papel de fumar, y dijo con calma:
“Tranquila, niña. Parece que todo está en su sitio. Podrías tener a la criatura sin ayuda y todo iría bien. Pero estamos aquí”.
La enfermera afirmó con la cabeza y sonrió. La joven también sonrió, deseando creerlas. Y, entre las tres, se pusieron manos a la obra. A partir de ahí todo sucedió rápido. Volvió la cobertura. Alguien llamó. Salió el quitanieves. Protección Civil avisó de que una ambulancia venía de camino. Pero ya era tarde.
El parto fue fácil.
Cuando todo terminó, la enfermera abrazó a Herminia. “Sin ti habría sido mucho más difícil. He cuidado a muchas personas, pero nunca había atendido un parto”.
Herminia sonrió, cansada y serena. “Ha sido un parto fácil, casi tan fácil como el tuyo. Tú también saliste como un pececillo”. Y se sintió renovada, como si el tiempo hubiera hecho una pausa para devolverle algo que creía perdido.
Todos miraban a la niña, pequeña, rosada, real.
“Ha sido un milagro llegar aquí”, decía el padre. “No sé qué habría hecho en el coche”.
“El milagro ha sido ella”, respondió alguien señalando a Herminia.
Madre e hija subieron a la ambulancia. El padre las seguiría en el coche cuando despejaran un poco la carretera. Antes de cerrar la puerta, alguien se dio cuenta de algo importante.
“No les hemos preguntado el nombre. Querremos llamar al hospital”.
La madre sonrió, agotada y feliz.
“Preguntad por la pequeña Herminia”, dijo. “No creo que haya nacido otra Herminia esta noche”.
Y mientras la ambulancia se alejaba lentamente entre la nieve, en la residencia Las Marismas del Monte, algunos residentes pensaron que aquella había sido, sin duda, una Nochebuena distinta. Y que, a veces, los nacimientos más importantes ocurren en las circunstancias más sorprendentes.
Feliz Navidad.
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
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