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¿Puede uno morirse de aburrimiento?

Por Josefa Ros Velasco
miércoles 10 de febrero de 2021, 02:22h
Josefa Ros Velasco es Investigadora Postdoctoral en el Departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid.
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Josefa Ros Velasco es Investigadora Postdoctoral en el Departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid. (Foto: Josefa Ros Velasco)

El aburrimiento no es cosa de broma. La desagradable experiencia del aburrimiento, de seguro familiar para la mayoría de los lectores en su versión más light, puede llegar a convertirse en un problema conducente a la muerte cuando se prolonga en el tiempo y se cronifica. Sin embargo, no solemos tomar el aburrimiento demasiado en serio; ejemplo de ello son las innumerables e inservibles guías para combatirlo que plagan internet. Decía el filósofo alemán Hans Blumenberg que, de todas las quejas sobre el dolor, el sufrimiento y el malestar, la del aburrimiento siempre se ha considerado la menos importante, incluso si quien refiere padecer aburrimiento añade el adverbio “mortalmente”. Morirse de aburrimiento parece más bien cosa de novelas, afirma uno de mis maestros, el Profesor Peter Toohey. Nada más lejos de la realidad: que el componente mortal del aburrimiento pase de la metáfora a la literalidad puede ser cuestión de tiempo.

El aburrimiento puede matarnos por agencia y por pasividad. No son pocos los pensadores que, a lo largo de la historia, han advertido de que la impotencia frente al aburrimiento puede ser el germen del suicidio. Séneca escribió que personas de todas las edades y condiciones han decidido abreviar sus vidas cuando estas se han tornado demasiado tediosas. Juan Crisóstomo apuntó que la acedia, el aburrimiento medieval, era causante de la desesperación que roza el suicidio. Para Kant, quienes caían en las garras del aburrimiento sentían tal horror que su insistencia en acabar con el dolor los llevaba a plantearse el poner fin a sus vidas. Gustav Flaubert confesaba, a su amada Luoise Colet, que la náusea del tedio le impulsaba a desear la muerte. Esquirol decía que el aburrimiento de la vida a menudo daba lugar al asesinato de uno mismo. Y Durkheim dedicó todo un tratado a la cuestión del suicidio en el que explicaba que aquellos que padecían un aburrimiento insondable podían estar predispuestos a matarse. En el siglo pasado, especialistas como Edmund Bergler definían el aburrimiento como una entidad de la enfermedad que podía provocar el suicidio. Incluso a comienzos del nuevo milenio, el Profesor de Psiquiatría de la Universidad de Harvard John T. Maltsberger ha vuelto a incidir sobre este fenómeno.

También son numerosos los casos reales, entonces y ahora, en los que el aburrimiento aparece como responsable de la ideación suicida. Baudelaire intentó suicidarse a los veintiséis dejando una nota a su madre en la que decía “Me mato porque encuentro el tedio de ir a dormir y el tedio de levantarme insoportables”. El citado Durkheim escribió sobre una muchacha que, presa de un aburrimiento inexplicable, no deseaba sino morir. Un caso famoso fue el del actor británico George Sanders, quien inició su carta suicida con las palabras “Querido mundo, me voy porque estoy aburrido”.

Hace diez años, el joven colombiano de dieciocho años Edison Trujillo se quitó la vida después de dejar claro a sus familiares y amigos que no quería seguir viviendo porque estaba aburrido. Y más recientemente, en 2016, el músico Elihu Gil confirmó ante la prensa que se había intentado suicidar a los veinticinco porque no toleraba más el aburrimiento. Solo hay que echar un vistazo a internet para comprobar la cantidad de personas que buscan consuelo entre desconocidos ante el deseo de morir que evocan sus aburridas vidas. Sin duda, volviendo a Blumenberg, “el aburrimiento pone al descubierto nuestros más íntimos deseos de muerte”.

No solo los jóvenes se ven abocados al suicidio por culpa del aburrimiento. La literatura científica ha constatado que este problema se reproduce especialmente entre las personas mayores. El aburrimiento es un claro y reconocido factor de riesgo en el envejecimiento porque es el caldo de cultivo de problemas tanto físicos como mentales que afectan al desarrollo de la vida. Su sufrimiento desemboca en estados de enfado, irritación y frustración, agitación y nerviosismo, desórdenes del sueño, trastornos alimenticios, decremento en las habilidades funcionales y la salud percibida, sensación de soledad, desinterés por el mundo, cuadros depresivos, aumento del consumo de alcohol y medicación, episodios de violencia e ideación suicida, entre muchos otros. Esto se eleva exponencialmente en aquellos que se encuentran institucionalizados.

Centrándonos únicamente en el suicidio, algunos trabajos cuentan la triste situación de quienes habiéndose visto privados por completo de su agencia tras pasar a vivir en una residencia, viendo convertirse sus días en poco más que un oasis de horror en un desierto de aburrimiento—citando de nuevo a Baudelaire—, han tratado de recuperarla tomando una última decisión propia como es la de poner fin a la vida. Por ejemplo, la investigadora María Cecilia de Souza Minayo recogía, en 2016, la historia de un hombre de sesenta y nueve años que había intentado suicidarse dos veces, una de ellas en la residencia, para acabar con el aburrimiento. En 1971, Jesús Calvo Melendro alertaba acerca de que el aburrimiento era una gran patología en las personas mayores y que si las residencias no se organizaban en torno a un modelo centrado en la persona, capaz de ofrecer actividades significativas a los internos, se verían avocadas a tener que lidiar con la depresión y las conductas suicidas tarde o temprano.

Por supuesto, esto no es solo cosa de la vida institucionalizada. Richard W. Bargill llevó a cabo un estudio en el año 2000 en el que participó una mujer de sesenta y siete años que vivía en su domicilio y que había intentado suicidarse porque no encontraba otra manera de aliviar su aburrimiento. Quiero incidir en esto: el aburrimiento en los mayores—tras ciertos cambios como la jubilación, la viudez o cuando viven institucionalizados—no es ninguna tontería.

Plutôt la barbarie que l’ennui [antes la barbarie que el aburrimiento], exclamaba Théophile Gautier. El aburrimiento es una emoción negativa y reactiva que puede llevar a conductas extremas, resultando en consecuencias fatídicas, en dependencia del entorno y de las condiciones psicológicas de quien la sufre. Pero el aburrimiento no siempre es un motivo para la acción; en ocasiones se presenta como un estado pasivo que induce lentamente la muerte. William Lovell, el personaje de la obra homónima de Ludwig Tieck, era adicto al aburrimiento porque solo gracias a él evitaba enfrentarse al mundo y tener que tomar decisiones (al menos hasta que se hace viejo y comienza a ser consciente de que pronto morirá). ¿Cómo puede el aburrimiento matarnos sin hacer nada? La escritora George Sand declaraba que su madre había muerto a consecuencia de la enfermedad del hastío y que ella iba a morir de lo mismo. En realidad, no hacer nada para paliar el aburrimiento puede ser tan perjudicial como actuar de manera desmedida frente al mismo.

En 2010, un estudio llevado a cabo con 7000 personas a lo largo de más de dos décadas demostró que las personas que se habían encontrado frecuentemente aburridas tenían una esperanza de vida más corta porque doblaban la probabilidad de morir de enfermedades cardíacas o accidentes cerebrovasculares. Martin Shipley, coautor del artículo en el que se publicaron estas conclusiones, vio un claro vínculo entre el aburrimiento y la muerte prematura debido a que quienes se caracterizan por una alta propensión a aburrirse tienden a estilos de vida poco saludables y sedentarios.

Sin duda, el aburrimiento no solo acorta la vida de las personas, y especialmente de los mayores con limitaciones de movilidad o trastornos cognitivos, sino que puede impulsar a muchos a la conclusión de que no merece la pena el esfuerzo de alargarla. Las quejas sobre el aburrimiento, sobre todo en personas dependientes, no deben tomarse a la ligera. A veces, la opción de aliviar su aburrimiento cae enteramente en nuestras manos, en las de quienes convivimos con ellas y nos responsabilizamos de su cuidado. Así que la próxima vez alguien le diga “me estoy muriendo de aburrimiento”, ponga sus cinco sentidos en prestarle atención; puede que esa persona esté pidiendo socorro.

Josefa Ros Velasco es Investigadora Postdoctoral en el Departamento de Filosofía y Sociedad de la Universidad Complutense de Madrid
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