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El lecho de Procusto y la fugacidad de la vida

jueves 16 de abril de 2020, 00:38h
Juan Siso Martín, profesor universitario honorario de Derecho Sanitario.
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Juan Siso Martín, profesor universitario honorario de Derecho Sanitario. (Foto: Juan Siso Martín)

Procusto, cuyo nombre real fue Damastes, ideó un original sistema de igualdad social. Construyó una posada a cuyos huéspedes ataba a la cama. A los más altos les aserraba aquella parte de su cuerpo saliente del lecho y a los de menor estatura les sometía a estiramiento hasta que se equiparaban en longitud con el lecho que ocupaban. Este artífice de la igualdad fue conocido con el nombre de Procusto, que significa el Estirador. Finalmente fue muerto por Teseo, con el simple procedimiento de aplicarle su propia receta.

Es un hecho constatado el que las actuaciones políticas, dirigidas a la contención económica y por ello, supuestamente, al beneficio de la ciudadanía, pueden ocasionar y eventualmente ocasionan algún recorte en las estructuras públicas. En la memoria de todos están los ajustes y la contención de los recursos sanitarios de años pasados. No es que no 1creciésemos (que era necesario ante una población que aumentaba de continuo en número y longevidad) sino que no se renovaban los recursos que se iban perdiendo. En lo humano (jubilaciones) y en lo material (obsolescencia de equipos) principalmente.

En esta última situación puede ocurrir que Procusto ponga su sierra hoy en donde se precisa estiramiento. Cuerpos que ayer eran generosamente alimentados hoy se someten a feroz ayuno, con recorte de sus viáticos. Lo que antaño eran proyectos ilusionantes han devenido, hogaño, quimeras inalcanzables bajo las condiciones actuales. La carencia lleva a la dificultad de atender necesidades, y tiene como compañera de viaje el desaliento de los obligados a atenderlas.

El ser humano vive tres unidades temporales: Pasado, presente y futuro. Pero la realidad es que apenas está instalado, sólo, en una de ellas y siempre fugazmente. Se trata del hoy, pues el ayer se nos fue y el mañana desconocemos si lo llegaremos a vivir. Pero el presente, a su vez, recién lo pensamos… ya es pasado. Este desconcertante componente para las personas, que es el tiempo, lo expresó magistralmente Antonio Machado cuando dijo: “¡Y este hoy que mira al ayer, y este mañana que nacerá tan viejo!”.

La carencia lleva a la dificultad de atender necesidades, y tiene como compañera de viaje el desaliento de los obligados a atenderlas

Nuestra peripecia vital se encuentra (¿fatalmente?) subordinada al futuro, a quien hemos encomendado el traernos la felicidad que le tenemos encargada y en cuya entrega acostumbra a ser tan avaro. Miramos al horizonte de nuestra vida como a ese cielo en donde los sentimientos surgen y van desplegándose como fuegos de artificio: ilusiones, desencantos, logros, carencias, anhelos o frustraciones; elementos todos que integran la paleta de colores de nuestra existencia.

Se nos va pasando la vida en la persecución de ilusiones en continua mutación. Las antiguas son renovadas por otras nuevas cuando aquellas, por el paso del tiempo perdieron su fuerza. Viajar a territorios desconocidos, besar a aquella muchacha en la tibieza estival u ocupar un puesto de relevancia social. Del viaje se vuelve, la muchacha nos olvida y el cargo, un día, se deja. Vivimos buscando la licitud de la felicidad. Pero ¿cómo puede concebirse la dicha de esta manera mientras no sea completa y duradera? ¿Y cómo puede soñarse una felicidad bajo estas condiciones?

Se nos va pasando la vida en la persecución de ilusiones en continua mutación. Las antiguas son renovadas por otras nuevas cuando aquellas, por el paso del tiempo perdieron su fuerza

Manejamos, bajo la actual pandemia, nuestra existencia en tres variables: salud, libertad y economía. La defensa de la salud tiene costes sobre el uso de la libertad y al final trae inevitables consecuencias en la economía. La gestión de estas variables no ha sido uniforme en los distintos países afectados por el virus y los resultados son desiguales y las estadísticas nada comparables, no habiendo consenso, incluso, respecto de los elementos a analizar. La ciudadanía asiste perpleja a esta situación. Recordamos la frase del filósofo: “El ser humano es una mezcla de química y estupor”.

La defensa de la salud tiene costes sobre el uso de la libertad y al final trae inevitables consecuencias en la economía

Este enjambre de contradicciones, muchas dudas y casi ninguna certeza son los hilos que tejen la tela de nuestra diaria existencia, en la que ahora, en este forzoso confinamiento, nos falta, incluso, la libertad. No olvidemos que éste es nuestro bien jurídico más preciado, después de la vida.

Al menos tenemos salud, ¡de momento!

Juan Siso Martín es profesor universitario honorario de Derecho Sanitario.

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