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La botella medio llena o medio vacía… de robots

jueves 25 de julio de 2019, 02:19h
Josep de Martí
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Josep de Martí (Foto: Inforesidencias.com)

En 2013, dos científicos de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, después de un arduo trabajo, publicaron un estudio titulado “El futuro del empleo: cuán susceptibles son los trabajos a la automatización” en el que descubrieron que aproximadamente la mitad (un 47%) de los trabajos llevados a cabo por personas (¿por quién si no?) podrían ser desempeñados por programas informáticos y robots en el plazo de unos veinte años. El estudio concluía que los salarios y una mayor formación de los trabajadores podían tener influencia en la velocidad en que los trabajadores serían sustituidos.

La OCDE, que agrupa a países ricos, hizo un estudio parecido más optimista para los trabajadores humanos que concluyó que “sólo” el 17% de trabajos tenían más de un 70% de posibilidades de ser desarrollados óptimamente, y a un precio que hiciese viable el cambio, por parte de robots y programas.

El efecto no será vivido de forma igual en todos los países. Este gráfico del estudio de la OCDE sitúa a los países según el “riesgo de automatización”:

España queda en la parte alta del riesgo, con el consuelo de que un país como Alemania, locomotora de Europa, vive un riesgo muy superior al nuestro.

Otro dato del informe tiene más importancia para lo que nos interesa en el sector geroasistencial. ¿Qué riesgo de ser sustituidos tienen quienes se dedican a cuidar a otras personas o a prestar atención sanitaria?

Según el estudio, el personal de cuidado tiene un riesgo del 42%, similar al profesiones relacionadas con la salud (46%) y muy lejos de limpiadores y personal no cualificado o de los que salen peor parados de todos, que son los ayudantes en procesos de preparación de comida.

¿Qué debe decirnos esto al sector de las residencias de mayores y otros servicios de atención geroasistencial?

En primer lugar, debemos afrontar de una vez el problema de la falta de personal cualificado desde el máximo número de frentes posibles. El primero es el cambio de mentalidad y la apertura de nuestras mentes. A medida que la Inteligencia Artificial aprenda a simular “humanidad” en determinada relaciones deberíamos recibir con optimismo a esos nuevos “compañeros digitales”.

Un pequeño ejemplo sobre hacia dónde pueden ir las cosas. La Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York ha utilizado un gran número de grabaciones hechas de entrevistas llevadas a cabo por psicólogos y ha alimentado con ese “big data” un sistema de Inteligencia Artificial que ha buscado patrones no detectables a simple vista. En poco tiempo ha creado un programa que es capaz de diagnosticar estrés post traumático con la sola necesidad de escuchar unas cuantas frases de la persona. El programa está un poco “vivo” ya que sigue aprendiendo. Cada nueva grabación y cada nuevo diagnóstico, sobre todo si en alguno aparecen dudas o resulta ser erróneo, sirven para hacer que la próxima vez diagnostique mejor. La cosa es un poco más compleja de cómo la he explicado por lo que recomiendo leer la fuente.

No cuesta imaginar en poco tiempo un sistema que se alimente de una entrevista (grabación de voz, vídeo y constantes de la persona), del resultado de análisis y de otras pruebas para poder ofrecer un diagnóstico bastante fiable sobre aquello que aflige a la persona. Sólo falta entonces que los nietos de Siri y Alexa (asistentes digitales actuales que ya están aprendiendo a detectar nuestro estado de ánimo y humor para adaptarse al mismo) se ajusten y sepan cuál es la forma más adecuada para comunicarse con alguien que tiene depresión, ansiedad o alzheimer.

Imaginemos una residencia de aquí a unos años en la que un robot con aspecto “semi humano” entra en la habitación de una persona mayor con deterioro cognitivo. Gracias al brazalete que el residente lleva puesto el sistema sabe muchas cosas sobre la persona, como si ha dormido bien o cómo se encuentra; el robot también conoce todo lo que aparece en el informe social y sanitario del residente, su historia de vida, sus preferencias, lo que le disgusta. El sistema del que se alimenta el robot ha sido completado con los principios de la Atención Centrada en la Persona, con todos los manuales de buenas prácticas publicados y con cientos de horas de grabaciones de vídeo de observaciones de personas con demencia y sus reacciones ante diferentes estímulos. Inmediatamente recoge datos sobre la posición de la persona, gesto de la cara y cualquier sonido que haya emitido desde que ha abierto la puerta. En milisegundos puede comparar la situación actual con todas las situaciones anteriores recogidas de éste y otros residentes y eso le hace elegir una frase determinada con el contenido y la entonación que más probablemente generen bienestar en el mayor. Quizás combine sus palabras con un fondo musical o con la proyección en el techo de unas imágenes determinadas. Si no lo consigue, el sistema registrará lo sucedido y planteará otra forma de actuación. Sorprendentemente, no le hará falta hacerlo, ya que lo que habrá hecho es lo que objetivamente ofrecerá mejor resultado.

¿Sería bueno que el robot adoptase la apariencia de la madre del residente y le hablase con su voz? Esa pregunta es muy de hoy. En treinta años, si un robot no lo hace es porque según los algoritmos de interacción no será la mejor solución para ese usuario en concreto en este preciso momento. Quizás dentro de 30 años podamos forzar a un sistema de inteligencia artificial a probar soluciones provenientes de nuestra “inteligencia natural” pero, para un profesional de 2050, hacerlo será algo parecido a pedir hoy que una persona repase a mano las operaciones que hace una hoja de Excel.

¿Cómo te sientes al leer esto? ¿Incómodo, angustiada? Libérate de esos sentimientos. El cambio no va a ser rápido sino gradual. Hoy le preguntas a tu teléfono qué música está sonando y te lo dice, el coche te avisa de que te acercas demasiado al de delante y no te deja salirte de la carretera. Dentro de menos de lo que crees tu teléfono te pondrá la música que te apetezca escuchar en cada momento sin que tú digas nada y pasarás de ser conductor a “vigilante de la conducción” de un coche que parecerá tomar muchas decisiones por sí mismo. Un poco más allá y quizás descubras que quien mejor te entiende es el asistente personal de tu móvil (que entonces estará en todas partes); “siempre encuentra qué decirme, me aconseja muy bien y sobre todo me escucha cuando voy de un sitio a otro en un coche al que sólo le tengo que decir dónde quiero ir”.

Pensemos en serio por qué faltan profesionales y hagamos “algos” (sé que la lengua castellana no tiene plural para “algo” pero creo que seguro que el día que a los académicos de la RAE los sustituya la Inteligencia Artificial a “algo” le nacerá el plural).

Seguir defendiendo que “los robots nunca podrán sustituir el calor humano” es muy limitante. Si partimos de la base de que quienes hoy tenemos cincuenta y tantos seremos cuidados necesariamente por “asistentes no humanos”, porque no habrá jóvenes que quieran hacerlo, en vez de seguir con el mantra de la “imposible sustitución”, deberíamos centrarnos en detectar y trabajar en qué es aquello que más identifica al “calor humano” para aprender a detectarlo, estudiarlo, encontrar patrones y sustituirlo por algoritmos que nos permitan tener el mejor sucedáneo posible.

Quizás me equivoque pero creo que, hagamos lo que hagamos, tal como va la demografía, los robots irrumpirán en el mundo del cuidado a mayores, ¿no es mejor tomar esta posibilidad con mentalidad positiva que negarla y temerla como algo terrible?

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