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Sarna, lavandería y decisiones difíciles

Por Josep de Martí
Lavandería en una residencia de personas mayores.
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Lavandería en una residencia de personas mayores. (Foto: Gemini)

En la residencia las Marismas, de la que por cierto eres directora, una noticia (otra) recientemente publicada te esá generando preocupación. Trata de recientes brotes de sarna en residencias. Lo que te inquieta es que conoces algunos de los centros afectados y, por lo que sabes; y no solo por lo que dicen; funcionan razonablemente bien. Centros con equipos estables, protocolos, ratios correctas, buena reputación. Y aun así, sarna.

Lo que te inquieta no es tanto la enfermedad, sabes que la sarna no es nueva, ni especialmente grave si se detecta y trata bien, como el relato que la acompaña. Ese salto automático que hacen algunos medios: si hay sarna, hay falta de higiene o de cuidados. Una simplificación que sabes que no se sostiene del todo, pero que cala. Porque es fácil de entender. Y porque encaja con una sospecha previa sobre las residencias.

Has hecho lo que hace una buena directora: revisar. Protocolos de higiene, circuitos de ropa, procedimientos de aislamiento, formación del personal. Todo parece en orden. No perfecto, nada lo es, pero razonablemente bien hecho. De hecho, si uno mira cómo se transmite la sarna, la vía principal sigue siendo el contacto directo piel con piel, algo prácticamente inevitable en un entorno de cuidados .

Y sin embargo, ahí es donde aparece la grieta.

Porque también has descubierto, o redescubierto, algo que hasta ahora había quedado en segundo plano: el papel de los textiles. Esa segunda vía de transmisión, menos frecuente pero relevante, especialmente en situaciones de brote. Sábanas, toallas, ropa personal… todo ese circuito que damos por supuesto pero que, cuando se analiza de verdad, es bastante más complejo de lo que parece .

Y ahí es donde entra la famosa certificación europea. La UNE-EN 14065, el sistema RABC, todo ese mundo de control de biocontaminación, trazabilidad, separación de circuitos limpio-sucio… Un estándar que, siendo honestos, está a otro nivel respecto a lo que puede ofrecer la mayoría de lavanderías internas de residencias. No porque se haga mal, sino porque el modelo es otro.

Y claro, aparece la propuesta: una empresa externa te ofrece hacerse cargo de toda la lavandería. No la de cama y toallas, sino la de los residentes y uniformes. Recogen la ropa, la etiquetan, la lavan bajo esos estándares certificados y la devuelven. Te hablan de trazabilidad, de control microbiológico, de reducción de riesgos. Y además, hacen números contigo.

Y los números parecen salir. Externalizando, podrías reducir en dos personas el equipo de lavandería. Personas que, con formación, podrían pasar a reforzar atención directa como auxiliares. En un contexto donde el problema no suele ser que sobre gente, sino que falta en planta, eso no es menor. El coste del servicio externo parece razonable. Incluso atractivo.

Y aquí es donde empieza la duda de verdad. Porque esto ya no va de sarna. O no solo. Va de modelo.

Externalizar la lavandería no es solo cambiar un proveedor. Es alterar un proceso muy integrado en la vida del centro. Implica reorganizar circuitos, adaptar tiempos, gestionar incidencias de otra manera. Durante semanas, probablemente meses, imaginas que habrá habrá fricciones: prendas que no llegan, errores en el marcado, retrasos, quejas de familias, incomodidad del personal. El proveedor te asegura que no será así. Te da referencias de empresas que ya utilizan el sistema y están contentos.

Para ti. Hay algo más difícil de medir: la sensación de control. La lavandería interna, con todos sus límites, es tuya. Sabes quién está, cómo trabaja, puedes intervenir. Externalizar es confiar. Y confiar, en este sector, nunca es un acto ingenuo.

Por otro lado, tampoco conviene idealizar lo que tenemos. Durante años hemos tratado la lavandería como un servicio auxiliar, casi invisible. Lo importante era que la ropa estuviera limpia y a tiempo. Ahora empieza a verse como lo que probablemente siempre ha sido: una pieza más, y no menor, en la prevención de infecciones.

Dicho de otra manera: lo que antes era “lavar bien” ahora empieza a ser “controlar riesgos biológicos”. Eso cambia bastante la conversación.

Si lo miras desde ahí, externalizar no es tanto una renuncia como una especialización. Igual que no fabricas los medicamentos ni haces las analíticas en el sótano, quizá tampoco tiene sentido aspirar a una lavandería con estándares industriales dentro de un centro residencial.

Pero tampoco es una decisión inocua. Porque también introduces dependencia de un proveedor. Porque pierdes flexibilidad en el día a día. Porque, si algo falla, no lo arreglas bajando una planta. Y porque, siendo realistas, volver atrás no es fácil ni rápido.

Al final, la pregunta que te estás haciendo no es si la empresa es buena o si el precio es correcto. Es algo más incómodo:

¿Vale la pena cambiar algo que funciona razonablemente bien por algo que, sobre el papel, es mejor… pero que te obliga a reorganizar una parte importante del centro?

Como casi todo en este sector, no hay una respuesta limpia. Por lo que haces una lista mental de aspectos a favor y en contra

A favor:

  • Mayor control microbiológico de los textiles
  • Alineación con estándares europeos difíciles de replicar internamente
  • Posibilidad de reforzar atención directa con el personal liberado
  • Argumento sólido frente a inspección y familias
  • Reducción de pérdida de ropa.
  • Ahorro econó

En contra:

  • Pérdida de control operativo directo
  • Dependencia de un proveedor externo
  • Periodo de transición complejo y potencialmente conflictivo
  • Dificultad de revertir la decisión

Así que te quedas ahí, con la decisión encima de la mesa, sabiendo que cualquier opción tiene un coste. No solo económico.

Y con esa sensación, cada vez más frecuente en la gestión de residencias, de que hacer “lo correcto” no siempre coincide con hacer “lo sencillo”.

¿Qué harías tú?

Autor del caso Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.

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