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Resol, morcilla y recuerdos

Nuevo caso para la directora de nuestra residencia favorita. Comida y bebida no muy apropiada para una de sus residentes. ¿O sí?
Una persona mayor en una residencia con comida del pueblo.
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Una persona mayor en una residencia con comida del pueblo. (Foto: Gemini)

En la residencia Las Marismas, de la que, por cierto, eres directora, te vuelves a dar cuenta de que no siempre son los grandes problemas clínicos o de personal los que más tiempo ocupan tu cabeza, sino esas situaciones cotidianas que, sin hacer ruido, te colocan en una posición incómoda y te obligan a tomar decisiones que no tienen una única respuesta correcta.

Esta vez la protagonista es Amparo, una mujer de 82 años, con movilidad reducida pero con la cabeza perfectamente clara y bien amueblada. Lleva ya tiempo viviendo en la residencia y se ha adaptado bien: participa en actividades, conversa, recuerda con precisión su vida en su pueblo de Jaén y mantiene un carácter afable, con ese punto de ironía que no ha perdido con los años.

Con motivo de los Reyes Magos, Amparo ha recibido un paquete enviado por su familia desde el pueblo. Un paquete que, al abrirlo, ha generado más de una mirada entre el personal. Dentro hay una botella de licor de café y una caja bien surtida de chorizo y morcilla caseros, también del pueblo.

El licor no es uno cualquiera. Amparo lo reconoce al instante y sonríe. En su juventud lo llamaban 'Resol'. Ella misma lo hacía en casa: café, aguardiente, azúcar y agua. Y siempre añadía —lo explica una vez más, con picardía— “un chorrito de Marie Brizard, que le daba alegría al cuerpo”. Siempre remata la explicación diciendo que aquello tenía “propiedades curativas”, y lo dice tan convencida que cuesta no sonreír.

La comida tampoco es menor. El chorizo es potente, pero la morcilla… la morcilla es, según Amparo, “absolutamente deliciosa”. Negra, intensa, fuerte. De las que recuerdan a la matanza, al frío del invierno, a las fiestas de Navidad en el pueblo, a la familia reunida alrededor de una mesa grande.

Y ahí empieza el problema.

Las trabajadoras, auxiliares y enfermería trasladan la situación a dirección. No se trata de prohibir por prohibir, pero tampoco de mirar hacia otro lado. El consumo de alcohol, aunque sea en pequeñas cantidades, puede no ser recomendable a ciertas edades y puede interferir con medicación habitual en personas mayores. Los embutidos curados, especialmente la morcilla, son alimentos grasos, con alto contenido en sal, difíciles de digerir y, en muchos casos, complicados de masticar si existen problemas dentales o de deglución. No es una cuestión menor.

Se habla con Amparo. Ella escucha, entiende perfectamente los argumentos, pero pide que no le quiten eso. No lo ve como una comida o una bebida cualquiera. Para ella es mucho más. Es memoria, identidad, placer. Le recuerda quién fue, de dónde viene y cómo celebraba la vida cuando era joven.

La familia apoya su postura. Saben que no es una dieta saludable, lo dicen claramente, pero insisten en que esos alimentos le traen recuerdos muy positivos, le levantan el ánimo y forman parte de su historia. Recuerdan, además, el valor de la reminiscencia asociada a los alimentos: sabores y olores capaces de activar emociones, conversaciones y bienestar, incluso en personas sin deterioro cognitivo, como es el caso de Amparo.

El equipo se divide. Algunas profesionales entienden el valor emocional del regalo y creen que una excepción controlada puede ser razonable y se recuerdan las pautas de esa Atención Centrada en la Persona tan recurrentes. Otras recuerdan que la residencia también tiene una responsabilidad clara sobre la salud de las personas a las que atiende y que permitir ciertos consumos puede sentar precedentes difíciles de gestionar con otros residentes y familias.

Y de nuevo estás tú, como directora, en medio.

Las opciones que se te plantean no son sencillas:
– Prohibir totalmente el consumo de alcohol y embutidos, priorizando criterios estrictamente sanitarios.
– Permitir un consumo muy puntual y controlado, bajo supervisión, como algo excepcional.
– Trasladar la decisión a la familia y a la residente mediante un consentimiento informado.
– O buscar una solución intermedia que preserve el recuerdo y el simbolismo sin poner en riesgo la salud.

No hay una respuesta perfecta. Solo decisiones que hay que asumir.

Y ahora la pregunta vuelve a ser inevitable:

¿Qué harías tú en esta situación?

Autor del texto: Javier Cámara, periodista, máster en Gerontología Social y director de Dependencia.info

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