Kenyuen, en Wakayama, Japón, aparece descrito como una residencia situada entre el océano y el cielo. La frase puede sonar excesivamente lírica hasta que uno piensa en lo que significa envejecer lejos de los lugares que forman parte de la propia memoria.
El proyecto trabaja precisamente sobre esa relación entre paisaje, identidad y cuidado. Y ahí entra una cuestión que la ACP ha intentado introducir desde hace años: las personas no llegan a una residencia como diagnósticos. Llegan con biografía.
En personas con deterioro cognitivo esto resulta especialmente importante. A veces se pierden nombres o fechas, pero permanecen sensaciones, referencias visuales, sonidos o ritmos vinculados a la vida anterior.

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El mar, para alguien que ha vivido décadas cerca de él, no es decoración. Puede ser orientación emocional.
En algunos viajes de Inforesidencias hemos visto proyectos donde el entorno se utiliza precisamente así: como continuidad de la vida previa de las personas. No se trata de construir residencias espectaculares en paisajes privilegiados, algo imposible en la mayoría de casos, sino de entender que el contexto no es neutro.
Durante muchos años el sector residencial evolucionó hacia modelos cada vez más profesionalizados. Protocolos, registros, equipos interdisciplinares, control sanitario, sistemas de calidad. Todo eso era necesario. Pero también generó edificios bastante institucionales.

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La ACP surge en parte como reacción a ese paradigma excesivamente centrado en la intervención profesional.
Kenyuen conecta bien con esa corrección. La arquitectura intenta amortiguar la invasión institucional mediante privacidad, espacios intermedios, recorridos comprensibles y relación con el paisaje.
Eso no elimina los problemas reales del cuidado. Una residencia sigue necesitando ratios, financiación, profesionales y organización compleja. Pero sí puede hacer que la dependencia resulte menos agresiva.
Me gusta además que el proyecto reconozca limitaciones presupuestarias. Porque en arquitectura residencial existe cierta tendencia a admirar únicamente proyectos excepcionales económicamente irrepetibles.
Y la realidad del sector suele ser otra.

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La buena arquitectura para mayores dependientes no puede depender siempre de presupuestos heroicos. Tiene que aparecer también en decisiones aparentemente pequeñas: orientación, proporciones, luz, materiales duraderos o espacios realmente utilizables.
A veces el verdadero lujo en una residencia no es el diseño espectacular. Es simplemente poder vivir y trabajar allí con cierta dignidad cotidiana.

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Y eso vale tanto para residentes como para profesionales. Porque el sector habla mucho —y con razón— de bienestar de las personas mayores, pero bastante menos del impacto que tienen los edificios sobre quienes trabajan dentro.
Unidades mal resueltas, recorridos interminables, espacios de descanso inexistentes o mala iluminación generan desgaste profesional. Y el desgaste profesional acaba afectando directamente al cuidado. No hay mucha magia en eso.
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
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