En la residencia Las Marismas, de la que por cierto eres directora, siempre habéis tenido familias implicadas. Algunas más presentes, otras más discretas. Es parte del trabajo. Lo que ha cambiado en los últimos tiempos no es la implicación, sino el marco desde el que se ejerce.
Todo empieza de forma aparentemente tranquila.
La hija de una residente solicita una reunión. Quiere comentar algunos aspectos del cuidado de su madre. Nada fuera de lo habitual. En la conversación aparecen referencias a vídeos que ha visto en redes sociales, a testimonios de otras familias, a experiencias que ha conocido durante el tiempo que vivió en el norte de Europa.
Habla con convicción. Aporta enlaces. Enseña fragmentos subrayados.
Cuando menciona las contenciones, deja claro que sabe de qué habla. Reconoce que en Las Marismas no se utilizan contenciones físicas. Pero añade algo más incómodo: quitar contenciones físicas no es suficiente, dice. Existen contenciones estructurales que no se están afrontando. Horarios rígidos. Espacios que condicionan. Rutinas que, aunque bienintencionadas, limitan opciones reales.
El equipo escucha. Responde. Explica.
Pero el marco ya no es el mismo.
En las semanas siguientes, la hija envía correos con regularidad. Pregunta por decisiones concretas. Cuestiona horarios. Sugiere cambios. Utiliza un lenguaje cada vez más técnico. Muchas de las referencias que cita proceden de otros países. De modelos que funcionan en contextos distintos, con normativas, ratios y culturas organizativas diferentes.
Siempre insiste en lo mismo: todo lo hace para ayudar. Le sorprende, dice, que en lugar de agradecimiento detecte cierta desconfianza. Ella solo quiere aportar. Compartir lo que ha visto fuera. Sumar.
El equipo empieza a sentirse incómodo. No porque lo que plantea sea disparatado, sino porque cada decisión parece quedar bajo sospecha. Como si siempre faltara algo. Como si el cuidado nunca fuera suficiente mientras no se ajuste a un ideal importado y difícil de aterrizar.
En una reunión interna alguien lo verbaliza: no es fácil cuidar cuando cada gesto parece compararse con un vídeo de otro país, grabado en otro contexto, con otras condiciones.
La situación se descoloca del todo cuando la hija plantea una propuesta concreta: grabar un vídeo con residentes que quieran participar, hablando de cómo viven en la residencia. Un vídeo positivo, insiste. Transparente. Real.
La idea genera silencio.

No se trata solo de protección de la intimidad, ni de consentimiento, ni de aspectos legales. Es algo más difuso. La sensación de que el centro puede acabar explicándose no en una reunión, sino ante una cámara. De que la vida cotidiana se convierta en relato público, editable, compartible.
Tú tienes claro que escuchar es imprescindible. Que muchas de las cosas que plantea merecen reflexión. Pero también sabes que no todo puede ni debe resolverse bajo la lógica de la exposición permanente.
Se convoca una reunión más amplia. Se habla con calma. Se reconocen aspectos mejorables. Se explican límites. Se contextualiza. La hija escucha, pero mantiene su posición. Sigue sin entender por qué su voluntad de ayudar genera tanta incomodidad.
La residente, mientras tanto, está bien. Participa. Se relaciona. Vive su día a día sin saber que, a su alrededor, se discute también el marco desde el que se cuida.
Las Marismas continúa funcionando. Pero algo ha cambiado. No en los protocolos, sino en el clima. Aparece una vigilancia difusa. Una sensación de estar siempre a punto de ser evaluados desde fuera, con criterios que no siempre encajan con la realidad del centro.
Y eso, aunque no figure en ningún informe, pesa.
¿Qué harías tú?
Preguntas para la reflexion
- ¿Cómo responderías a la idea de “contenciones estructurales” sin ponerte a la defensiva?
- ¿Hasta dónde integrarías referencias de otros países con realidades distintas?
- ¿Cómo gestionarías una ayuda que se vive como fiscalización?
- ¿Aceptarías la propuesta de grabar un vídeo con residentes? ¿En qué condiciones?
- ¿Cómo cuidar al equipo cuando la comparación permanente empieza a desgastar?