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Historietas: La hija perfecta de la anciana de la residencia, por Mariana Verónica Gaianu

Cuidadora.
Cuidadora. (Foto: JC)

La mujer se dirigió hacia el timbre. Únicamente vislumbró a un anciano de baja estatura y muy delgado, de casi noventa años, que estaba sentado en un banco del jardín de la residencia. Un sonido metálico la sacó de su ensimismamiento, empujó la puerta y entró en la sala principal. Al lado izquierdo había un ascensor.

La mujer caminó despacio. Era de mediana edad, hija de una señora que ingresó hacía dos semanas.

Mientras Giannina, la psicóloga del centro atendía a la señora, la enfermera y yo nos dirigimos a la habitación ocho de la primera planta.

—Su habitación está arriba —comentó Giannina—. Hay otras dos aquí detrás disponibles, muy soleadas, pero a ella no le gustan.

La guió por un largo pasillo. A la derecha, había una pequeña sala con un sofá, dos sillones y una mesita de vidrio.

—Este es un sitio muy tranquilo, así podremos conversar. Necesito más información para que el tratamiento sea más eficiente y acertado— dijo la psicóloga, que era una buena profesional.

—El neurólogo me dijo que tiene demencia y ahora podría necesitarme más que nunca. Mi madre me lo estaba haciendo pasar mal. Me siento cansada, pero quiero ser fuerte y no desfallecer para estar a su lado y ayudarla. Por eso he venido aquí. Me gustaría saber lo que realmente le sucede —hablaba con los ojos llenos de lágrimas—. Ella es una parte fundamental en mi vida —dijo.

Yo, como trabajadora de la residencia, conocía bien a esa anciana. Sus preocupaciones me conmovían hasta el punto de incorporarse para siempre en mis recovecos personales. Cayó enferma y fue perdiendo la memoria.

A pesar del tiempo transcurrido desde la pérdida de mi propia madre, al recordar y evocarla, me invadía un descontrolado temor al acercarme a la fragilidad de otras mujeres que tendrían su edad. Nada era tan peligrosamente fácil como renunciar a la vida. Siempre he estado y estaré en contra de la desaparición voluntaria, debido a que mi madre hizo algo así de grave. Ella murió a lo largo del primer año de mi llegada a Cataluña. Pero su muerte no ha cambiado nada en la intimidad que nos unía…

Siempre seguirá siendo lo que ha sido para mí, alguien muy especial. Fue ella misma quien decidió cómo y dónde acabar con su vida. Aunque tengo esa oscuridad bien arraigada en lo más profundo de mi ser, pienso mucho en mi madre…

— ¿Crees que podrá reconocerme? Han pasado sólo dos semanas desde que está ingresada… Cuando me encuentre con ella, ¿cómo comenzaré a hablarle? Me parecería ridículo decirle: «Hola, ¿te acuerdas de mí? Soy tu hija… Tú eres mi madre…»

La psicóloga la miró con una sonrisa, anotó algo entre sus informes y con una voz que apenas fue más que un susurro, dijo:

—Te ayudaré en todo lo que pueda, tanto a tu madre como a ti.

La mujer dio un profundo suspiro. La psicóloga entró con la mujer en el ascensor y pulsó el botón del segundo piso.

—La habitación cinco es ésta —dijo Giannina señalando la puerta del fondo.

Con el corazón acelerado, la mujer se fue directamente hacia la habitación de su madre. Abrió tímidamente la puerta y la vio junto a la ventana. Mientras la abrazaba le decía con ternura:

—Mamá, soy yo, Andrea. ¡Mamá!… —sentía el ardor de las lágrimas… Tragó saliva antes de seguir hablando, pero tenía un nudo en la garganta que se lo impedía—. Tu, Andrea… —dijo.

La madre le mantuvo la mirada fija, pero tenía la sensación de que ni la contemplaba, tal era el gran vacío que se leía en sus ojos. Se cogió con decisión de mi brazo, a mí, que silenciosa e invisible para la mirada de Andrea estaba allí. La mujer se percató de que estaba junto a su madre y me sonrió.

—Estoy cansada —fue la lacónica respuesta de la madre. A Andrea le pareció una actitud descortés, casi grosera. Pensé que su madre se hallaba tan ensimismada que era incapaz de escuchar lo que no quería. La hija se quedó allí mirándonos, mientras nos alejábamos hacia la terraza, para disfrutar de la esplendidez del día que se abría ante nosotras. Nos siguió y se dejó caer atónita en una de las sillas verdes que había en la terraza. Una especie de frío pareció envolver a Andrea, a pesar de la calidez de la tarde.

—Mamá, necesito oír tu voz.

A pesar de la aparente frialdad de la madre, había algo en sus ojos que me dijo que sí la había reconocido, pero al mismo tiempo, presentía que su expresión argüía: «Vete, no te atrevas a volver a verme después de haberme abandonado en la residencia.»

Sacudió la cabeza, no quise preguntarme por qué razón. La hija y yo intercambiamos una mirada de desconcierto e incredulidad. ¿Podía fingir que la reconocía?

La anciana se acomodó sonriente en el sillón, como si nada hubiese ocurrido. Andrea hundió la cara entre sus manos y empezó a sollozar.

—Si mi propia madre me ignora y me rechaza… Yo esperaba que se alegrase de verme —dio un gran suspiro y se apoyó en el respaldo—. Hace sólo dos semanas que no me ve… —dijo—. Es un día tan soleado, pero dentro de mi corazón, el cielo se ha recubierto de nubes espesas y gruesas, nubarrones de desesperación.

—Estoy segura de que tu madre se pondrá mejor—añadí y le apreté suavemente la mano.

—No puedo creer que mi madre me trate como si fuera una extraña.

No sé por qué razón pensé que a la madre le invadía una intensa sensación de soledad. Era como si, en realidad, su hija no formara parte de su vida, salvo cuando a ella se le antojaba, e incluso entonces, casi de puntillas, sin entregarse nunca de verdad. La hija era como si fuera una turista en su mundo. Por más que le dijera «Mamá, te quiero», últimamente había entre ellas una distancia palpable. Intuyo que de eso hacía ya mucho tiempo. Sus ojos carecían de calidez, incluso cuando miraba a su hija. Era una persona distante y no podía evitar que se le notase en todo momento. La madre reposaba sentada. Miré sus manos huesudas, apenas tenía arruga alguna, a pesar de su avanzada edad. Contemplé aquella cara enflaquecida en la que busqué algún parecido con la de su hija. Tal vez la tozudez fuera el rasgo familiar que compartieran.

Unas semanas más tarde, Andrea volvió a acudir a la residencia…

—¿Mi madre está peor?

—Ha tenido una mala tarde, mucha tos y las úlceras son espantosas. El tratamiento es muy estricto, la pobre está sufriendo mucho.

Vi en su hija el brillo de las lágrimas y la derrota reflejada en su mirar. Yo misma había percibido lo fatigada y vencida que se sentía.

—Necesitas descansar un poco —le dije.

—Mamá… —dijo Andrea, en un susurro quebrado.

Para saber más sobre el libro Sentimientos y Arrugas

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