dependencia.info

EL DIRECTOR GENERAL DEL IMSERSO CREE QUE HAY QUE "ANTICIPAR" LO QUE PUEDA SUCEDER

Luis Barriga: "¿Ha sido el confinamiento la mejor de las estrategias cuando el virus estaba dentro de un centro residencial?"

El director general del Imserso, Luis Alberto Barriga.
El director general del Imserso, Luis Alberto Barriga. (Foto: Imserso)
lunes 15 de junio de 2020, 18:10h

"No habrá vacaciones de verano para quienes tenemos la obligación de anticipar lo que pueda suceder". Lo dice el director general del Instituto de Mayores y Servicios Sociales (Imserso), Luis Alberto Barriga Martín, que opina que la pandemia por el coronavirus ha puesto de manifiesto "algunas debilidades de los sistemas de protección" y ahora "tenemos la obligación de identificarlas y de prepararnos ante la eventualidad de que se repitan".

Insiste que "ahora es momento de evaluar con rigor y desapasionadamente lo sucedido para proponer estrategias de futuro inmediato" y recuerda que "los informes internacionales sobre el impacto en residencias desafortunadamente denotan que lo ocurrido con estos centros no difiere mucho en todo el mundo". En cualquier caso, se pregunta: "¿Ha sido el confinamiento la mejor de las estrategias cuando el virus estaba dentro de un centro residencial?".

El máximo responsable del Imserso entiende que "la falsa creencia" de que una residencia debe proporcionar asistencia sanitaria "ha podido ser letal en la gestión de la pandemia" y considera que "la conexión de las áreas de salud con los centros residenciales es clave". Aun así, apunta que "los estudios de impacto internacionales nos muestran que más “sanitarización” en los centros no ha garantizado mayor protección frente a la COVID-19".

Luis Barriga respondía así a las preguntas de Dependencia.info:

Un mes en el cargo y estalla una pandemia que afecta, sobre todo y de manera especialmente virulenta, a las personas mayores, con las que se ha ensañado... ¿No es lo que un director del IMSERSO ni nadie esperaba, no?

No. Era inimaginable. Esta enfermedad está siendo una tormenta perfecta que impacta en las personas mayores de manera muy especial. Alta contagiosidad, alta letalidad especialmente para personas con edad avanzada y comorbilidades, gusto del SARS-CoV-2 por los espacios cerrados de alta concentración de personas, sintomatología poco clara y que no siempre se manifiesta y transmisión por contacto cercano.

Que el virus nos impida dar caricias, abrazos o besos a nuestros seres queridos está siendo de una enorme crueldad.

¿Cuál es su principal preocupación en estos momentos? ¿Qué es lo que tiene más ocupado ahora mismo al responsable de las políticas para las personas mayores?

Hay muchos frentes abiertos pero los próximos meses hasta el otoño son la mayor preocupación. Allí donde el ataque de la COVID-19 ha sido más virulento se han puesto de manifiesto algunas debilidades de los sistemas de protección. Ahora entre todos tenemos la obligación de identificarlas y de prepararnos ante la eventualidad de que se repitan situaciones de transmisión generalizada.

Desconocemos si se producirán segundas oleadas o casos puntuales pero ahora que aparentemente el virus nos da un pequeño respiro debemos prepararnos para establecer las medidas adecuadas de reconfiguración de los servicios; de monitorización, notificación y seguimiento de casos; de conexión entre sistemas (me refiero especialmente a sanidad y servicios sociales), de aprovisionamiento de medios y de identificación de estrategias basadas en lecciones aprendidas y evidencias, muchas de las cuales aún están por recopilarse y analizarse.

Desde que se inició la pandemia creo que todos hemos tenido alguna vez la sensación de ir siempre por detrás de la realidad. Por primera vez parece que tenemos una ventana de tiempo para la anticipación que no podemos desaprovechar. No habrá vacaciones de verano para quienes tenemos la obligación de anticipar lo que pueda suceder.

Sin llevarlo al plano político, ¿se podía haber reaccionado mejor para evitar lo que ha sucedido en las residencias de personas mayores?

Siempre se puede hacer mejor. Precisamente ahora es momento de evaluar con rigor y desapasionadamente lo sucedido para proponer estrategias de futuro inmediato. Perder el tiempo en buscar culpables no está en mi agenda. Es cierto que tenemos pendiente elaborar un relato basado en hechos y datos que dé cumplida explicación de lo sucedido y el clima generado no lo facilita, pero habrá que hacerlo porque sin evidencias será difícil tomar las mejores decisiones. Los informes internacionales sobre el impacto en residencias desafortunadamente denotan que lo ocurrido con estos centros no difiere mucho en todo el mundo.

¿Cree, a pesar de todo, que han aguantado las residencias por su gestión o que ha sido cuestión de suerte que entrara el virus en los centros o no, o que ha dependido de la zona geográfica independientemente de todo lo anterior?

La clave está en que hay demasiados resultados que ahora mismo atribuimos al “factor suerte” porque carecemos de conocimientos suficientes. Sería preocupante depender de la suerte ante una enfermedad como esta. Hay muchas preguntas sin respuesta: ¿Cuál ha sido la tasa de ataque por centros? ¿Por qué funcionaron las medidas de contención en unos centros sí y en otros no? ¿Por qué a igual tasa de ataque interna al centro la tasa de letalidad puede ser muy diferente? ¿Ha sido el confinamiento la mejor de las estrategias cuando el virus estaba dentro de un centro residencial?

Todos intuimos los factores que pueden tener incidencia en el resultado final: capacidades diagnósticas (visto que la sintomatología per se es claramente insuficiente para actuar con seguridad); acceso a equipos de protección; estado basal de los residentes; ratios de personal; formación del personal; control de accesos y visitas; desinfección; separación por cohortes; estructuras arquitectónicas; tamaño de los centros; gestión de residuos y lavandería; acceso de los residentes a la atención hospitalaria cuando su estado se agrava; posibilidades de “drenaje” de positivos a otras instalaciones; ausencia de herramientas de transmisión de datos para alerta temprana, monitorización y seguimiento de casos…

Todos estos y posiblemente algunos más que aún no conocemos son factores que identificamos como relevantes pero aún no está clara la ponderación de todos ellos; su importancia ante un posible brote y las alternativas de gestión de riesgos. Nos falta evidencia científica pero está ahí y debemos descubrirla precisamente para no depender de la suerte.

¿Cree que ha habido mucha diferencia en cómo han aguantado los envites de la pandemia los centros residenciales en función de si eran públicos o privados?

SARS-CoV-2 no distingue las formas de provisión y gestión. Otra cosa es que respecto a los factores mencionados sí puede haber algunas diferencias. Por ejemplo, las ratios de personal tienden a ser inferiores en centros privados que en los centros públicos. Menos personal implica mayor riesgo de colapso por las bajas del personal e incremento obligado de la rotación.

Otro ejemplo es el estado basal. Me consta que hay comunidades en las que hay más porcentaje de válidos en las públicas que en las privadas mientras que en otras puede ser al contrario. Hay que profundizar en los factores asociados directos porque buscar causalidades simples a problemas complejos nunca ha sido buena idea.

Se habla mucho ahora de si debe cambiar el modelo de residencias... ¿qué opina, hay que cambiarlo, medicalizarlas, potenciar la ACP...?

Percibo consenso en torno a la idoneidad de la ACP y estoy convencido de que es la manera de preservar la dignidad de las personas. Un centro residencial no puede ser un ámbito de pérdida de derechos y de limitación de libertades ni un entorno en el que se hagan imposibles los proyectos vitales individuales. Dicho esto, los cambios de paradigma conllevan elevados tiempos de implantación, incrementos en la inversión, cambios físicos y organizativos de gran calado, y sobre todo, un radical cambio de cultura de todos los agentes implicados sin perder de vista el principio de realidad de cuál es nuestro punto de partida.

Respecto a la “medicalización” (término que francamente no me gusta nada por inconcreto) es obvio que las personas residentes tienen derecho a la asistencia sanitaria exactamente igual que cualquier otro ciudadano. La falsa creencia de que una residencia proporciona o debe proporcionar tal asistencia ha podido ser letal en la gestión de la pandemia. Los cambios de calado no solo corresponden al sistema de servicios sociales sino que el reto es ahora también del sistema sanitario, especialmente para la atención primaria y para la atención hospitalaria.

La conexión de las áreas de salud con los centros residenciales es clave. Pretender otro camino nos podría llevar a una atención sanitaria “de segunda” para residentes y posiblemente a una mayor deshumanización de los cuidados. Por cierto, los estudios de impacto internacionales nos muestran que más “sanitarización” en los centros no ha garantizado mayor protección frente a la COVID-19.

Se ha hablado menos de las personas mayores que reciben los servicios a domicilio y han permanecido en sus casas, ¿han resultado igual de afectados?

Los datos de los que disponemos para hacer una primera estimación de impacto -aún incompletos y únicamente referidos a personas con reconocimiento de dependencia- indican que el impacto en residencias (medido por el incremento de exceso de mortalidad) habrá sido entre cuatro y cinco veces mayor que en los servicios domiciliarios.

No obstante es preocupante cómo se producirá la recuperación de servicios como los centros de día o la ayuda a domicilio que requerirán de una reestructuración y de protocolos de actuación y seguimiento adecuados a la nueva realidad. Habrá que aprovechar mucho más las posibilidades de monitorización individualizada que ofrecen servicios como la teleasistencia que deben ser explotados al máximo.

¿Qué hay que hacer ya para evitar otro “desastre” en caso de rebrote el próximo otoño-invierno?

Resumiendo mucho: recopilar las evidencias y las lecciones aprendidas con el mayor consenso posible de los agentes implicados, elaborar desde ahí planes de contingencia para los diferentes servicios ante eventuales rebrotes, acopio de equipos diagnósticos y de protección, mejorar y armonizar los sistemas de información y notificación, disponer de instalaciones a las que enviar a pacientes COVID-19 de residencias para ser atendidos por el sistema sanitario si hay saturación hospitalaria y establecer en cada territorio con carácter previo cómo va a ser la articulación con el sistema sanitario mediante protocolos claros de notificación y de asistencia. Dicho de otra forma, no depender de la suerte.

¿Y después, a medio-largo plazo, qué es absolutamente necesario hacer o cambiar para mejorar los servicios y atenciones que reciben los dependientes en España? Hemos escuchado esta semana pasada los lamentos y quejas desde la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales, que usted bien conoce, al respecto del "ninguneo" que sufre el sector con la financiación y falta de recursos económicos...

Con pandemia o sin ella, el sistema ya tenía diagnosticados sus problemas esenciales. Una burocracia endiablada y una enorme complejidad de gestión que redunda en graves retrasos; una nula flexibilidad de una cartera de servicios muy limitada y desconectada entre sí; una importante desinversión pública con el sorprendente mantenimiento a día de hoy de los infames recortes sufridos en 2012... La agenda de la Vicepresidencia en este sentido sigue siendo la de acometer estos problemas de forma contundente y lo más inmediata posible.

Lo primero deberá ser reponer derechos de las personas en situación de dependencia e inyectar financiación al sistema lo antes posible. Al tiempo hay que reflexionar e ir consensuando los cambios de mayor profundidad que son imprescindibles.

¿Prefiere cambiar la Ley de Dependencia que tenemos o haría una totalmente nueva?

Prefiero hacerla avanzar. No debemos prescindir de todo lo avanzado si bien es evidente que hay que plantear reformas profundas para abordar un desafío de país que sigue estando ahí.

¿Acabaremos con ‘el limbo de la Dependencia’?

Ese es uno de los objetivos. Llevará tiempo y es posible que haya quien piense que el nuevo escenario no ayudará precisamente, pero al igual que el sector de los servicios sociales fue uno de los que más colaboró a la salida de la anterior crisis en términos de valor añadido al PIB (cosa que por cierto mucha gente no sabe), para salir de la actual, la inversión en el sector de los cuidados volverá a ser una de las claves.

Termino, ¿cómo ve el sector residencial dentro de 10 años?

A falta de bola de cristal no puedo sino plantear mis deseos. Para ese momento estaré pensando en mi jubilación y quiero creer que el país disfrutará de un sistema de protección de responsabilidad pública que permitirá decidir a cualquier ciudadano que precise apoyos –independientemente de sus circunstancias- a qué tipo de servicio quiere optar, entre una amplia gama, para seguir manteniendo un proyecto vital en libertad y con garantías. Igual 10 años es poco tiempo para ver eso… pero podemos empezar hoy mismo a caminar en esa dirección.

Valora esta noticia
5
(1 votos)
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios