Durante mi reciente viaje a Argentina tuve ocasión de visitar una residencia del Grupo Montalto, una organización que gestiona diez residencias en la zona de Buenos Aires y que me interesaba conocer por su carácter innovador. En un momento de la visita me presentaron a una señora mayor, Angélica Tiscornia. En principio, y espero que no suene mal, vi lo que podía haber visto tantas otras veces durante los muchos años que llevo visitando residencias: una señora muy mayor que vivía en una residencia. Entonces me dijeron su edad. Angélica había nacido el 22 de agosto de 1912 y acababa de cumplir 114 años. Ciento catorce. De repente dejé de estar simplemente ante una residente: estaba compartiendo un rato con la argentina viva más longeva.
A los pocos días de mi regreso a España, me comunican el fallecimiento de Angélica, por lo que me permito escribir unas líneas para honrar su memoria.
Su nombre completo era María Angélica Ramona Tiscornia. Nació en Entre Ríos (Argentina), tuvo seis hermanos, se casó en 1938, tuvo una hija, Marta, y se trasladó a Buenos Aires en 1973. Sobrevivió a sus padres, a sus hermanos, a su marido y también a su hija. Desde mayo de 2025 era, según los registros internacionales que validan las edades de los supercentenarios, la persona viva más longeva de Argentina. En los días en que la conocí llegó incluso a aparecer como la décima persona viva más longeva del mundo entre las edades validadas. Pero explicar todo esto es, en cierto modo, explicar lo menos importante. Porque Angélica no era una fecha de nacimiento.

Llevaba casi veinte años viviendo en una residencia, no en cualquiera, en una del Grupo Montalto, que ha aplicado un modelo de cuidado que durante mi visita me generó una gran impresión, especialmente después de haber conocido a su equipo de profesionales del grupo y haber visitado nueve de sus residencias durante una semana. Con tanto tiempo de estancia, Angélica se convirtió en un símbolo y una referencia para las personas que la cuidaban.
Las trabajadoras que han pasado años con ella han visto algo que las estadísticas de longevidad no pueden explicar: cómo una persona transita la vejez extrema. Cómo va perdiendo capacidades. Cómo lo que podía hacer hace diez años deja de poder hacerlo hoy. Cómo cambia su relación con el entorno y aumenta su necesidad de ayuda. Y, sin embargo, sigue siendo Angélica. Sigue estando allí su dignidad y, sobre todo, esa mirada. Una mirada que, cuando la tenías delante, parecía retarte a imaginar todo lo que esos ojos habían visto.
Cuando Angélica nació faltaban dos años para que empezase la Primera Guerra Mundial. En España reinaba Alfonso XIII. El Titanic se había hundido cuatro meses antes. No existía la radio comercial, ni la televisión, ni los antibióticos, ni los aviones transportaban pasajeros de un continente a otro como algo cotidiano. Desde entonces el mundo ha cambiado unas cuantas veces. Y ella ha permanecido en él. Hay además episodios en su vida reciente que impresionan. En 2020, con 107 años, contrajo la COVID durante un brote en la residencia. Fue hospitalizada. Quienes la cuidaban pensaron que posiblemente no regresaría. Regresó dos semanas después prácticamente sin síntomas.
No sé cuál es el secreto para vivir 114 años. Sospecho que, más allá de una combinación de genética, circunstancias y azar, nadie lo sabe realmente. Tampoco creo que sea ésa la cuestión más interesante. Hace algún tiempo tuve ocasión de conocer a María Branyas, que vivió en una residencia catalana y llegó a convertirse en la persona más longeva del mundo antes de fallecer en 2024 a los 117 años. Y muchos años antes coincidí brevemente con Rita Levi-Montalcini, la extraordinaria científica italiana que recibió el Premio Nobel de Medicina y siguió trabajando prácticamente hasta el final de su larguísima vida. Murió a los 103 años.
Me ha sucedido las tres veces algo parecido. Me sobrecoge encontrarme ante personas que han vivido tanto, pero no porque las vea como una especie de reliquias vivas. Creo que sería una forma bastante pobre de mirarlas. Tampoco porque piense que necesariamente tienen que poseer una sabiduría especial que los demás no tenemos. Vivir muchos años no convierte automáticamente a nadie en sabio. Es otra cosa que me cuesta más explicar. Quizás sea porque una persona supercentenaria hace visible algo que normalmente permanece escondido: el valor de estar vivo.
Todos sabemos racionalmente que nuestra vida tiene un principio y un final. Pero pasamos buena parte de ella actuando como si el tiempo fuese un recurso abundante. Delante de alguien que lleva 114 años viviendo, esa idea cambia de dimensión. Porque esos 114 años no son una cifra. Han sido mañanas en las que se ha despertado. Personas a las que ha querido. Comidas. Miedos. Alegrías. Pérdidas. Conversaciones. Días extraordinarios y muchísimos días seguramente anodinos. Una hija. Un marido. Seis hermanos. Una mudanza. Una residencia. Personas que entraron en su vida y después desaparecieron. Como nos sucede a todos. Sólo que durante muchísimo más tiempo.
Quizás por eso me impresionó tanto la mirada de Angélica. No sé qué veía ella cuando me miraba. Yo sí sé qué veía yo. Estaba viendo una persona que llevaba 114 años viviendo y nos recordaba con su mera presencia el valor de la vida y de los cuidados de calidad.
Descanse en paz.
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
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