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Inspecciones de ida y vuelta

Por Josep de Martí
Un inspector habla con la directora de una residencia durante una inspección.
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Un inspector habla con la directora de una residencia durante una inspección. (Foto: Gemini)
En la residencia Las Marismas, de la que por cierto eres directora, la inspección no es una posibilidad abstracta. Es una visita incómoda que se repite periódicamente y que nunca falla a su cita. En vuestra comunidad autónoma, la ley establece que los centros deben ser inspeccionados, como mínimo, una vez al año. Y, hasta ahora, siempre se ha cumplido.

La inspección del año pasado no fue especialmente bien.

No fue un desastre, pero dejó señales. Coincidieron varias bajas, hubo rotación en el equipo y algunos registros no estaban tan actualizados como deberían. Además, la inspectora consideró que el programa de actividades no se ajustaba del todo al perfil real de las personas residentes y dejó constancia de que debía ampliarse. En el acta quedó reflejado que, en la siguiente visita, se comprobaría si esos aspectos se habían corregido.

El equipo no vivió aquel documento como una amenaza, sino como una oportunidad de mejora.

Se revisó a fondo el sistema de registros y se cambió para hacerlo más claro y operativo. Se amplió el programa de actividades incorporando jardinería terapéutica, paseos caninos y, quizá lo más relevante, la creación de un grupo estable de residentes y familiares encargado de evaluar las actividades, proponer cuáles mantener y cuáles modificar.

No fue un cambio cosmético. Requirió tiempo, reuniones, ajustes y cierta incomodidad inicial. Pero se hizo. Y se hizo convencidos de que tenía sentido.

Aun así, la tensión no desapareció.

En años anteriores, la inspección solía llegar siempre en el mismo mes. Y ese mes está a punto de terminar. Cada semana que pasa sin noticias no tranquiliza. Al contrario. Incrementa la sensación de espera. De que hoy no ha sido… pero mañana puede ser.

Tú, como directora, estás convencida de que en Las Marismas se trabaja bien. No de forma perfecta, pero sí con criterio, con profesionalidad y con respeto. Sabes que los registros son necesarios, pero también sabes que no son la única forma de saber que el servicio es bueno. Hay otras señales: la estabilidad de muchas personas residentes, la implicación de algunas familias, la capacidad del equipo para detectar problemas antes de que estallen.

Aun así, todos esperan que la nueva inspección valore las mejoras. No esperan aplausos. Solo esperan que nada se tuerza ese día.

La inspección llega, como siempre, sin previo aviso.

No es una visita hostil. Tampoco especialmente cercana. Es correcta. Profesional. Revisa documentación. Observa. Pregunta. Toma notas. El equipo responde con seguridad, aunque con ese nerviosismo inevitable de quien sabe que está siendo evaluado.

Esta vez no hay incidencias graves. El centro funciona. Las actividades se desarrollan. Los registros están al día. La advertencia del año anterior se revisa de manera específica.

Cuando llega el acta, la frase es clara y breve: se observa que los defectos observados en el acta anterior han sido subsanados.

Nada más.

La advertencia queda cerrada. No hay reproches. Tampoco hay mención explícita a las mejoras introducidas. Ni a la participación de residentes y familias. Ni al esfuerzo añadido del equipo.

Aun así, se toma una decisión deliberada: el acta de inspección, eliminando todos los datos personales y cualquier referencia identificativa, se publica en el portal Inforesidencias.com, como parte del compromiso del centro con un alto nivel de transparencia.

La reacción interna no es de enfado, sino de cierta decepción. Muchos esperaban algún reconocimiento. Una línea. Una referencia. Algo que dijera: no solo habéis corregido, habéis mejorado.

Pero la inspección no funciona así.

Con el paso de los días, la sensación se recoloca. La advertencia ha desaparecido. El centro está en regla. Y, más allá del papel, las mejoras siguen ahí. La jardinería continúa. Los paseos caninos se han consolidado. El grupo de evaluación sigue reuniéndose y proponiendo cambios.

Y aparece una reflexión compartida: la inspección no viene a felicitarte. Viene a comprobar. Conviene usarla como palanca de mejora, sí, pero sin olvidar que lo que hace que el servicio mejore de verdad no nace en un acta. Eso ya estaba en la residencia.

Preguntas para reflexionar en equipo

  • ¿Cómo afecta al equipo que las mejoras no sean explícitamente valoradas?
  • ¿Hasta qué punto los cambios deben depender de la inspección o del propio proyecto del centro?
  • ¿Qué implica publicar un acta de inspección como ejercicio de transparencia?
  • ¿Qué seguiríamos haciendo igual aunque nadie lo midiera ni lo certificara?

Autor del caso Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.

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