Hay libros que se te quedan pegados. A mí me pasó con El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson. La historia es conocida: un señor sueco que el día que cumple cien años decide descolgarse por la ventana de la residencia y largarse a vivir una última aventura improbable, llena de maletines con dinero, mafiosos despistados y recuerdos históricos, que a mí me hicieron pensar en una especie de Forrest Gump entrado en años.
Me impresionó por lo divertida. Y también por lo que sugiere sin decirlo: incluso en el país de los cuidados bien organizados, incluso en Escandinavia, incluso en un sistema social que funciona razonablemente bien, la residencia aparece como un lugar del que uno podría querer huir.
He tenido la suerte de poder visitar residencias en Escandinavia en los viajes geroasistenciales de Inforesidencias. Las he conocido en Suecia, Noruega, Dinamarca, Finlandia e Islandia. He visto centros que aquí calificaríamos, sin exagerar, de fabulosos. Arquitectura cuidada. Unidades pequeñas. Espacios abiertos. Personal formado con ratios elevadas. Más del doble de personal del que tenemos aquí y precios por plaza que triplican a los españoles. Guiándome por lo que recuerdo, me cuesta imaginar a alguien queriendo escaparse.
Y, sin embargo, la imagen literaria funciona. Porque conecta con algo más hondo. La residencia, por buena que sea, no es el hogar con el que soñabas a los treinta años. No es tanto el lugar donde querrías vivir, sino el que necesitas por circunstancias que preferirías no encontrar (dependencia, demencia...). Y eso, en el imaginario colectivo, pesa.
Hace unos días circulaba un vídeo de China: una mujer de 92 años escala una verja de dos metros para escaparse de un “asilo” (con esa palabra lo describe la noticia). La escena es poderosa. Una mujer mayor encaramada a una reja. Libertad frente a encierro. El vídeo se hace viral y la interpretación casi viene de serie: si se escapa, será porque está mal.
La verdad es que sabemos poco. No conocemos el contexto. Quizás todo el vídeo es mentira. No sabemos si hay deterioro cognitivo. No sabemos si era una residencia abierta o si la verja responde a exigencias de seguridad. No sabemos si fue un episodio aislado o una conducta repetida. Sabemos, eso sí, que la imagen encaja perfectamente en el relato que todos llevamos dentro.
¿Estoy diciendo que las residencias son cárceles? No.
¿Estoy diciendo que no haya malas prácticas? Tampoco.

Lo que digo es que, sea en Escandinavia o en China, la residencia carga con un significado simbólico que va más allá de la calidad objetiva del centro. Nadie sueña con vivir en una residencia cuando es joven. Uno sueña con autonomía. Con quedarse en casa. Con no necesitar ayuda.
Aproximadamente un 12% de las personas de más de 85 años viven en residencias. No son la mayoría, pero tampoco son una excepción anecdótica. Son personas que, en muchos casos, no tienen alternativa realista. La residencia no suele ser el plan A de nadie. Es la solución cuando el plan A ya no es viable.
Y ahí está la paradoja. Podemos construir centros cada vez mejores. Podemos hablar de atención centrada en la persona. Podemos diseñar unidades de convivencia acogedoras y abrir jardines y terrazas. Todo eso es necesario. Pero el deseo de no necesitar una residencia seguirá existiendo. Forma parte de nuestra idea de libertad. Y cuesta contrarrestarlo, aunque después, hablando con quien vive en una residencia, descubramos que la gran mayoría nos dicen que viven bien o muy bien.
El "viejo" de la novela sueca se escapa por la ventana para vivir aventuras. La "anciana" china escala una verja y nos ofrece una imagen casi épica. Entre una y otra escena hay culturas distintas, sistemas distintos y realidades asistenciales que desconocemos. Yo, sinceramente, no sé cómo son hoy las residencias en China. Algún día me gustaría comprobarlo.
Lo que sí sé es que el impulso que vemos en ambas historias no es tanto una crítica técnica como un reflejo emocional. Nos recuerda que envejecer implica perder parcelas de control. Y que, por muy escandinava que sea la residencia, preferiríamos no necesitarla.
Tal vez el reto no sea solo hacer residencias mejores. Tal vez el reto sea aceptar, sin dramatismo y sin idealización, que forman parte de la respuesta social al envejecimiento. Ni prisión ni paraíso. Un recurso necesario para quienes ya no pueden seguir solos.
Y, mientras tanto, cada vez que veamos a alguien “escapando” por una ventana o trepando una verja, convendrá preguntarnos menos por el morbo del vídeo y más por lo que esa imagen dice de nosotros.
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
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