En la residencia Las Marismas, de la que, por cierto, eres directora, vuelves a comprobar que muchos de los dilemas más complejos no llegan en forma de urgencia médica, sino como pequeñas tensiones cotidianas que, si no se abordan a tiempo, acaban afectando a la convivencia y al bienestar de más de una persona, además del normal funcionamiento del centro.
El caso esta vez gira en torno a Antonio, de 84 años. Tiene buena movilidad, es autónomo para muchas actividades básicas, pero padece de forma incipiente la enfermedad de Alzheimer. Además, tiene un déficit auditivo importante, algo que condiciona buena parte de lo que está ocurriendo.
Antonio comparte habitación. Desde hace meses tiene la costumbre de escuchar la radio por la noche. No cualquier cosa: programas hablados, debates, voces que le acompañan. Al principio la encendía un poco más tarde de lo habitual, a un volumen moderado. Pero con el paso del tiempo la hora de apagarla se ha ido retrasando… y el volumen subiendo.
Su compañero de habitación no consigue descansar. El transistor se oye claramente y, aunque intenta ser comprensivo, las noches se le hacen cada vez más largas. El equipo de noche empieza a trasladarte el problema: no es una noche puntual, es algo recurrente. Y cada intervención genera tensión.
La familia de Antonio ha colaborado desde el primer momento. Se han probado auriculares inalámbricos, pensando que sería la solución ideal. Sin embargo, Antonio no se adapta. Se los quita, se confunde, se inquieta. Los auriculares de cable tampoco funcionan. Para él, la radio forma parte de su ritual nocturno y cualquier cambio lo descoloca.
Aquí aparece uno de los grandes retos de cualquier residencia: equilibrar la autonomía personal de un residente con el derecho al descanso de otro, especialmente cuando hay deterioro cognitivo de por medio.
El equipo de noche actúa como puede. En algunas ocasiones entra en la habitación y, con tono suave, intenta negociar:
- “Antonio, la radio se oye mucho y su compañero no puede dormir. ¿Le parece si bajamos un poco el volumen?”.
A veces funciona. Otras no. Antonio no siempre entiende la situación o, simplemente, al cabo de un rato vuelve a subir el sonido.
Se ha intentado también reubicar el ocio nocturno. En noches puntuales, se le ha propuesto escuchar la radio en una sala común de la planta, bajo supervisión. Pero no siempre es viable, ni todas las noches son iguales.
Poco a poco, el equipo empieza a preguntarse por el fondo del asunto. No se trata solo de una radio encendida. Está el problema auditivo: Antonio sube el volumen porque no oye bien. Quizá una revisión de sus audífonos ayudaría.
Está también la dimensión emocional: para él, la radio no es solo entretenimiento, es compañía. La voz que llena el silencio, que reduce la ansiedad nocturna, que le ayuda a conciliar el sueño. Apagarla sin más no es una opción neutra.
El caso deja de ser una “incidencia nocturna” y pasa a necesitar una respuesta más estructurada. Se plantea revisar su plan de atención, valorar si realmente esa habitación es la más adecuada, si necesita una habitación individual o un compañero con un patrón de descanso similar.
Se habla también de establecer acuerdos de convivencia claros, consensuados con la familia, sobre el uso de aparatos electrónicos a partir de cierta hora. Incluso se valora si el acondicionamiento acústico podría ayudar, aunque se sabe que la solución no es solo técnica.
Y, en todo momento, planea la cuestión ética y legal: la habitación es su hogar. No se puede retirar la radio por la fuerza ni imponer medidas que vulneren derechos. Pero el derecho al descanso del compañero también existe y debe protegerse.
Sabes que la clave está en la mediación, en la personalización del cuidado y en evitar respuestas rápidas que solo trasladen el problema a otro lugar. Sabes igualmente que cualquier decisión sentará precedente.
Y, una vez más, te toca decidir. Pero... ¿qué harías tú en este caso?
Autor del texto: Javier Cámara, periodista, máster en Gerontología Social y director de Dependencia.info
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