Estoy estos días en Viena acompañando a un grupo de directores y gerentes de residencias de personas mayores, y hemos venido a ver modelos de atención, centros y formas de cuidar que nos ayuden a seguir evolucionando como sector.
Pero Viena también invita a recordar historias, y hay una que inevitablemente me vuelve a la cabeza cuando se visita esta ciudad: la de Ignaz Semmelweis.
Semmelweis fue un médico húngaro que trabajó a mediados del siglo XIX en Viena, en el gran hospital general de la ciudad, el Allgemeines Krankenhaus der Stadt Wien, uno de los centros médicos más importantes de Europa en aquel momento. Allí se enfrentó a un problema dramático. En la maternidad del hospital había dos salas de partos. En una de ellas la mortalidad de las mujeres después del parto era muy alta. En la otra, mucho menor.
La diferencia entre ambas salas no era menor, una estaba atendida por médicos y estudiantes de medicina, todos hombres, como era habitual en la época. La otra estaba gestionada por matronas, mujeres que asistían a los partos. Las mujeres que llegaban al hospital sabían lo que estaba pasando, algunas incluso suplicaban ser atendidas en la sala de las matronas porque temían morir si ingresaban en la otra.
Semmelweis empezó a investigar qué estaba ocurriendo. Durante meses buscó explicaciones: la ventilación, la posición del parto, las prácticas médicas… hasta que encontró algo tan sencillo como inquietante: los médicos realizaban autopsias por la mañana y después acudían directamente a atender partos.
Sin lavarse las manos, ni sus utensilios.
Semmelweis decidió introducir una medida muy simple: obligar a los médicos a lavarse las manos con una solución desinfectante antes de entrar en la sala de partos. El resultado fue inmediato: la mortalidad cayó de forma drástica, al nivel de la sala de las matronas.
Pero lo más sorprendente de esta historia no es el descubrimiento, sino la reacción del sistema, muchos médicos se resistieron a aceptar la nueva práctica. No porque no funcionara, sino porque implicaba reconocer algo incómodo: que ellos mismos, sin saberlo, habían estado contribuyendo a la muerte de muchas mujeres.
Durante años el cambio fue rechazado, y durante esos años siguieron muriendo madres que podrían haberse salvado.
Recordar esta historia mientras visitamos centros y modelos de atención en Viena resulta inevitablemente sugerente para quienes trabajamos en el sector de los cuidados de larga duración.
En España llevamos años hablando de transformación del modelo de cuidados, de atención centrada en la persona, de fomentar la autonomía, de diseñar entornos que no partan de la idea de que las personas mayores son fundamentalmente dependientes, sino de que siguen teniendo capacidades, deseos y proyectos de vida.
Sin embargo, el sistema administrativo parece moverse muchas veces en dirección contraria.
La respuesta predominante sigue siendo producir más normativa, más protocolos, más controles y más desconfianza hacia los profesionales que gestionan los centros; como si la calidad del cuidado pudiera garantizarse principalmente desde el boletín oficial.
El resultado es un marco cada vez más complejo y reglamentado, donde a menudo se pone más energía en cumplir procedimientos que en generar las condiciones que realmente mejoran la vida de las personas mayores.

La paradoja es que el sector está lleno de profesionales comprometidos, gestores que llevan años innovando y equipos que quieren avanzar hacia modelos más humanos y más personalizados, pero demasiadas veces se encuentran con sistemas administrativos que miran el sector con una desconfianza estructural.
Y hay además un detalle interesante si volvemos a la historia de Viena, durante un tiempo, la sala donde menos mujeres morían era precisamente la que estaba dirigida por matronas. No porque las matronas tuvieran más teoría, sino porque su práctica estaba más centrada en el cuidado directo y no pasaban por la sala de autopsias antes de atender a las parturientas.
Hoy, más de siglo y medio después, hay otro paralelismo que no deja de ser significativo, el sector de los cuidados de larga duración está sostenido en gran medida por mujeres: auxiliares, gerocultoras, enfermeras, trabajadoras sociales, terapeutas, directoras de centros. Profesionales que, muchas veces desde la experiencia práctica del cuidado cotidiano, saben bien que la calidad de vida de una persona mayor no se construye solo desde el protocolo, sino desde la relación, la autonomía y el respeto a la persona.
La historia de Semmelweis nos recuerda algo importante: los sistemas, incluso cuando tienen buenas intenciones, pueden resistirse al cambio durante demasiado tiempo. A veces no porque falten evidencias, sino porque aceptar el cambio obliga a revisar supuestos profundamente arraigados.
Quizá el reto de los próximos años en el sector de la dependencia no sea solo innovar en los centros... quizá también sea conseguir que el marco administrativo evolucione hacia una lógica distinta: menos basada en la sospecha y más basada en la confianza y la corresponsabilidad.
Porque cuidar mejor a las personas mayores no depende únicamente de tener más normas.
Depende, sobre todo, de crear sistemas que permitan a los profesionales cuidar mejor.
SI TE PARECEN INTERESANTES NUESTROS VIAJES GEROASISTENCIALES, DEL 1 AL 4 DE JUNIO NOS VAMOS A DINAMARCA Y SUECIA PARA COMPARAR MODELOS DE ATENCIÓN

Foto de grupo de los miembros del viaje geroasistencial número 53 de Inforesidencias para conocer la realidad de los cuidados y la atención en otros países. En esta ocasión, conociendo cómo se trabaja en centros de Viena.
Anna Cebrián es licenciada en Económicas, Máster en Dirección de Empresas y postgrado en dirección de servicios gerontológicos. Directora de Inforesidencias.com
Síguela en LinkedIn: https://www.linkedin.com/in/annacebrian/