Hace una fechas publiqué en LinkedIn un vídeo grabado durante nuestro último viaje geroasistencial a Suecia. En él se ve una mecedora eléctrica. Sobre ella, una persona tumbada y encima un edredón que a simple vista parece normal, pero que, según explico en el vídeo que acompaña al post ¡pesa cinco kilos! ¿El objetivo? Ayudar a calmar a personas con demencia que están atravesando un momento de ansiedad. Nada invasivo, nada farmacológico. Solo una manta y un leve balanceo.
La vimos en un centro de día en Bromma, un barrio al noroeste de Estocolmo. Cuando me explicaron su uso, reconozco que lo primero que pensé fue: “Esto parece una forma de contención disimulada”. Primero no lo dije en voz alta, pero lo pensé. Porque, aunque intento mantenerme abierto a lo nuevo, tengo que admitir que mi cerebro, como el de muchos, tiende a ir por caminos ya trazados.
Después hice la pregunta y me aseguraron que no era una contención, que en Suecia este tipo de mantas se usan también en domicilios por personas sin demencia ni dependencia, que generan una sensación parecida a la de un abrazo, algo reconfortante, especialmente en momentos de angustia o sobreestimulación. La probé. Y sí, es agradable. Agradable de verdad.
La mecedora también. Ese vaivén lento que acompaña, no impone. Esa presión controlada que no oprime, sino que sostiene. Una sensación de calma física, como si el cuerpo entendiera que puede descansar un momento, sin miedo. Cuando me dijeron que, además, la mecedora está en una salita separada del resto donde se puede atenuar la luz y poner una música suave, pensé que quizás yo también querría una para mi casa.

Después de colgar el vídeo en Youtube y Linkedin, varios profesionales reaccionaron. Algunos comentaron que, efectivamente, en España algo así podría ser visto como una contención física. Que si no hay una prescripción médica, un protocolo, un registro, una firma... la inspección podría levantar acta, incluso sancionar, ya que al fin y al cabo la manta dificulta la capacidad de levantarse, especialmente si tienes una edad avanzada y unos músculos debilitados por lo que, técnicamente es una contención.
Otros, en cambio, corroboraron que en países nórdicos este tipo de ayudas son frecuentes, no solo en centros de atención a personas mayores dependientes, sino también en casas particulares, y que tienen buena aceptación.
Y aquí es donde me quiero detener.
Lo que más me ha hecho pensar no es la manta en sí, ni siquiera su uso, sino mi propia reacción. Y la de otros como yo. Personas que llevamos años en esto, que hemos visitado decenas de centros, que creemos en la innovación y, sin embargo, al ver algo que restringe ligeramente el movimiento, aunque sea para reconfortar, lo primero que pensamos es en el riesgo, en el castigo, en la sospecha.
Me pregunto si no estamos demasiado condicionados por una cultura del “por si acaso”: “Por si acaso alguien denuncia”; “por si acaso viene una inspección”; “por si acaso lo interpretan mal”.... Y en ese “por si acaso”, quizá estamos dejando pasar oportunidades de introducir apoyos reales, humanos, eficaces.
Vivimos en una especie de equilibrio inestable entre el deseo de hacer las cosas mejor y el temor a que cualquier paso que demos se vuelva en contra. En el fondo, no estamos hablando solo de tecnología, ni de productos, ni de recursos materiales. Estamos hablando de confianza. Confianza en el personal, en los equipos, en la capacidad profesional de discernir cuándo algo se hace por el bien de la persona y cuándo no.
Y me doy cuenta de que esa desconfianza no solo viene de fuera. La tenemos dentro. La tenemos tan asumida que incluso cuando vemos algo bien intencionado, nuestro primer impulso es dudar.
Lo que este episodio me confirma es que hay una desconfianza latente hacia lo que hacen las residencias y centros. Una sospecha de que todo lo que se haga puede esconder una intención incorrecta. Y esto nos afecta. Incluso a quienes nos dedicamos a esto desde hace años, incluso a quienes viajamos para ver, aprender y compartir buenas prácticas.
No estoy diciendo que no haya que vigilar. No estoy diciendo que no existan prácticas que deben ser cuestionadas. Pero sí digo que no podemos tratar cada gesto, cada recurso nuevo, como si llevara escondido un riesgo penal. Porque eso paraliza; bloquea la iniciativa; puede frustrar a los equipos que sí quieren avanzar. Y al final, eso puede ser perjudicial: impedir el acceso a lo que puede ayudar, solo porque no encaja con los protocolos de siempre.

Quizás por eso me alegro de haber visto esta manta en Bromma. De haberla probado. De haber leído después estudios y webs suecas que explican su uso, sus beneficios, su lógica. Y me alegro, sobre todo, de haber podido poner nombre a ese pensamiento automático que me vino a la cabeza. Porque solo si lo reconocemos podremos empezar a cambiarlo.
Innovar en el cuidado no consiste en llenar los centros de cacharros nuevos. Innovar, de verdad, empieza por cambiar la forma en que miramos. Por preguntarnos por qué nos incomoda tanto lo diferente. Por dejar de criminalizar el ensayo cuando se hace desde el respeto y el conocimiento.
La manta de Bromma me ha hecho rememorar la residencia que tiene gallinas y tomateras. Los residentes se encargan del cuidado, cogen los huevos y los tomates, pero no los comen, ya que se incumpliría la normativa sanitaria de trazabilidad; o la que quiso poner una peluquería abierta también a las visitas de forma que la residencia fuese más un “centro de vida” y fue requerida a demostrar que tenía una licencia separada para ejercer esa actividad.
¿Queremos que en nuestras residencias se innove? ¿Queremos que las personas vivan mejor, incluso cuando tienen demencia? Entonces, antes que comprar mecedoras o mantas, lo primero que tendremos que aligerar es el peso del prejuicio.
Y si alguna vez me toca explicar esto a una inspección, lo haré encantado. Porque yo también he sido inspector y he impartido clases a inspectores de tres comunidades autónomas. Pero además tengo algo que valoro mucho: curiosidad por conocer lo que funciona en otros lugares organizando viajes geroasistenciales y ganas de que los asistentes al volver a casa puedan aplicar lo que mejora la vida de las personas, aunque suponga desprenderse de prejuicios y asumir algún riesgo.
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
Síguele el Linkedin: https://www.linkedin.com/mynetwork/discovery-see-all/?usecase=PEOPLE_FOLLOWS&followMember=josep-de-marti-valles