Al principio fueron dos. Después cuatro. A los pocos días, alguno más. No se trataba todavía de una situación desbordante, pero sí lo suficientemente persistente como para inquietar al equipo directivo.
La residencia activó los protocolos habituales. Se revisaron las coberturas vacunales, se reforzó la higiene de manos, se insistió en la ventilación de los espacios comunes y se recomendaron medidas de precaución en visitas. Todo aquello que figuraba en los manuales se puso en marcha. Aun así, los casos seguían apareciendo de forma escalonada.
La directora empezó entonces a hacerse una pregunta incómoda. No era la primera vez que Las Marismas afrontaba una epidemia de gripe, pero sí la primera en la que la sensación era que, pese a cumplir con todo lo establecido, algo se escapaba. ¿Se estaba actuando realmente sobre todas las vías de contagio o solo sobre las más evidentes y conocidas?
Al buscar información actualizada sobre la transmisión de la gripe, apareció un elemento que hasta entonces había pasado casi desapercibido. Además de las gotas respiratorias, el virus se transmite por contacto con superficies contaminadas, los llamados fómites. Entre ellos, la ropa.
La reflexión empezó a tomar cuerpo. La ropa del residente está en contacto con el cuerpo las veinticuatro horas del día. Entra en contacto directo con mucosas, secreciones respiratorias y manos. Se cambia, se recoge, se clasifica, se lava, se seca, se dobla y se redistribuye. Cada uno de esos pasos implica manipulación humana. En un entorno cerrado como una residencia, este ciclo se repite de forma continua.
La bibliografía científica confirmaba la sospecha. Numerosos estudios internacionales habían demostrado que el virus de la gripe puede sobrevivir en textiles cuando el proceso de lavado no está correctamente controlado y que la manipulación posterior facilita la transferencia mano–cara y la recontaminación cruzada, especialmente en el ámbito sociosanitario. La ropa, lejos de ser un elemento neutro, podía convertirse en un vector de transmisión si no se trataba adecuadamente.
La lavandería interna de Las Marismas llevaba años funcionando sin incidencias aparentes. Se lavaba a altas temperaturas y el personal conocía bien su trabajo. Sin embargo, al profundizar en el tema, empezaron a surgir dudas razonables. ¿Se mantenía realmente la temperatura durante el tiempo necesario en todos los programas? ¿La concentración de detergente era siempre la adecuada, incluso cuando cambiaba su densidad en invierno? ¿La carga de las lavadoras era homogénea o variaba según el día y el turno? ¿Existía una separación física real entre la zona sucia y la zona limpia o se trataba más bien de una separación funcional?
También apareció una cuestión clave: la manipulación posterior. Clasificar, doblar y redistribuir la ropa limpia implicaba múltiples contactos manuales. ¿Cómo se controlaba ese riesgo? ¿Podía garantizarse que una prenda correctamente lavada no se recontaminara antes de llegar al armario del residente?
Fue entonces cuando el equipo directivo conoció el sistema RABC, el único marco normativo europeo diseñado específicamente para romper la cadena de transmisión vía textiles. Un sistema comparable al APPCC de las cocinas, pero aplicado a lavandería. Su objetivo no es únicamente lavar, sino reducir de forma demostrable el riesgo biológico asociado a la ropa.
El sistema RABC se basa en la separación estricta de circuitos sucio y limpio mediante barreras sanitarias físicas, en procesos de lavado validados conforme al llamado Círculo de Sinner, capaces de inactivar virus envueltos como el de la gripe, el coronavirus o el virus respiratorio sincitial, en el control del personal mediante procedimientos escritos y formación específica, y en la trazabilidad y verificación continua a través de registros, auditorías internas y controles microbiológicos externos.
La conclusión era clara. Cuando el sistema RABC se aplica de forma completa y mantenida en el tiempo, el riesgo de contagio por ropa pasa de ser elevado o incierto a residual. Y eso obligaba a replantear el papel de la lavandería dentro del centro.
La lavandería ya no podía verse como un servicio logístico. Era, en realidad, una barrera sanitaria crítica. Y en ese momento, el equipo de Las Marismas asumió que su lavandería interna, aun funcionando correctamente, tenía límites estructurales difíciles de superar.

Apareció entonces la posibilidad de externalizar el lavado de la ropa de los residentes a una lavandería certificada en sistema RABC. No como una solución puntual para la gripe de ese invierno, sino como un cambio estructural en la forma de gestionar el riesgo sanitario. La externalización ofrecía procesos validados, separación real de circuitos, trazabilidad completa, control microbiológico independiente y una reducción clara del riesgo de brotes recurrentes, contagios cruzados, absentismo del personal y hospitalizaciones evitables.
Como era lógico, surgieron dudas. El coste del servicio, la posible pérdida de prendas, la sensación de perder control sobre un proceso interno. Sin embargo, al hacer un análisis más amplio, el equipo directivo constató que muchos de los costes reales de la lavandería interna no estaban en la factura mensual, sino en los brotes, las bajas laborales, el uso de antibióticos, las hospitalizaciones y la tensión organizativa que cada epidemia generaba.
La reflexión final fue clara. Mantener la lavandería interna podía parecer más barato, pero el coste total real era mayor y, sobre todo, menos previsible. Externalizar el servicio bajo un modelo RABC no era un sobrecoste, sino una inversión sanitaria preventiva, comparable a la vacunación, al control de legionela o a la seguridad alimentaria.
Las Marismas decidió dar el paso convencida de que, en un entorno donde viven personas frágiles, cada vía de contagio que puede cerrarse debe cerrarse.
Preguntas para el equipo
¿Se considera la lavandería del centro un servicio logístico o una barrera sanitaria?
¿Existen evidencias objetivas de que los procesos actuales reducen de forma efectiva el riesgo biológico asociado a la ropa?
¿Se han analizado los costes ocultos vinculados a brotes, bajas laborales y hospitalizaciones evitables?
¿La externalización certificada puede mejorar la seguridad sanitaria y la previsibilidad económica del centro?
Este caso práctico ha sido patrocinado por Bubble Texcare.