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Historietas: Día eterno, por Susana Sierra

Pareja de mayores.
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Pareja de mayores. (Foto: Freepik)
Por Susana Sierra Álvarez

Ella cayó de la bicicleta recién estrenada, lloraba desconsolada viendo su rodilla sangrando —un torrente rojo mezclado con arena que parecía no tener fin y por donde se le iba la vida—, su padre, amoroso, se acercó corriendo para limpiar lo que de verdad era la causa de su aflicción: apenas un rasguño que rompía tímidamente la piel de la articulación.

Ante el llanto desconsolado de la joven, morena, con trenzas, zapatos de charol encima de unos calcetines cortos de un ya no tan inmaculado blanco y unas pecas graciosas en los pómulos, se fue formando a su alrededor, un círculo de lo más variopinto: niños agarrados de la mano de sus mamás vestidas de domingo después de misa, tan impolutos como ellas o como las niñeras que acompañaban a otros, con sus cofias bien impregnadas de un apresto que las hacía inamovibles, soldados que hacían la ronda, no se sabe si más a las niñeras o al parque por donde paseaban. Todos miraban curiosos, algunos incluso, viendo la poca magnitud del desastre, comenzaron a darse la vuelta comentando lo exagerada que era esa niña: «¡A saber los mimos que no le darán…!». Pero entre todas las miradas destacaba la de un muchachito que la observaba con ojos fijos, contemplativos, entre apenado por el dolor que sentía la chica, estaba completamente seguro de que le dolía, y mucho, «esos gritos lastimeros no se pueden fingir» pensaba, «qué sabréis vosotros». Él sí sabía que le dolía, porque sentía ese dolor recorrerle las entrañas a la par que a ella.

La chiquilla lo vio y se paró su llanto. Solo estaba él, un muchacho algo mayor que ella, no demasiado, pero al que presintió como a alguien mucho más adulto, mucho más fuerte, como el príncipe de los cuentos que siempre le leía su madre antes de ir a dormir cuando era más pequeña, y después de que la nana la bañase y le atusase bien el pelo, bien recogido en esas trenzas de toda la vida para no enredárselo en las muchas pesadillas que le confería dormir en aquella habitación tan grande.

Su habitación que era más grande que la casa de su salvador contemplativo. Él sí que tenía las rodillas llenas de postillones, porque el pantalón que llevaba no daba más de sí —los deshilachados lo iban mermando cada vez más y él prefería que fuera acortándose en lugar de que su madre añadiera telas de diferentes colores y texturas, tenía su orgullo—. El príncipe sin trono que heredar y la princesita de cuentos dulces y pesadillas largas se encontraron en la tragedia de una rodilla magullada, y en la alegría de un domingo sin tener que limpiar las botas de esos señores de traje y bombín que van al teatro en las crudas noches del invierno madrileño.

El tiempo se paralizó.

Es cierto, ella era tan solo una niña «de las de entonces», de doce años, de misa diaria y rosario vespertino, al cobijo de padres acomodados y tío cura, pero no era ajena a este mundo y a la naturaleza humana y empezaba a descubrir sentimientos prohibidos para su inocente concepción de la dignidad y marcada a fuerza de oración y ejercicios espirituales.

El tiempo se paralizó.

Es cierto, él era tan solo un niño «de los de entonces», quince años de pelea por un trozo de pan que llevar a casa a diario y limpiabotas vespertino, al desamparo de la calle y de madre viuda de miliciano y tía monja, extraña mezcla que la mantiene a salvo de rencores foráneos. No era ajeno a este mundo y a la dureza de sus vaivenes, como tampoco lo era a esos sentimientos tan hermosos, trasladados por esa madre que le hablaba del amor del hombre de la foto, que antes que amoroso padre fue amante pareja, ahora ausente, y que empezaba a descubrir, sin ningún sentimiento de culpa y mucha curiosidad.

Ella sintió unas cosquillitas en el estómago que resultaron ser el mejor calmante.

Él sintió un revolotear extraño y pensó que era la chica más bonita que había visto jamás, así, sucia, con los mofletes llenos de lágrimas y las pecas casi borradas por los restregones que se había dado con el dorso de la mano para enjugar su pena.

Se miraron, pero no se dijeron nada. Solo había que verlos para darse cuenta de que el metro que apenas los separaba era un océano inmenso que los distanciaba como de Polo a Polo. Cuando después de pensarlo bien se atrevió a acercarse y ofrecerle su pañuelo, al ver que el del padre ya se había manchado con los restos del rasguño, aquel le apartó de malas maneras instándole a que dejara en paz a la pequeña, pues la iba a asustar más. Ella lo miró, y eso solo bastó para que él viera que, lejos de asustarla, le daba el sosiego que la actitud tan poco sociable de su padre le había quitado.

Cuando su padre se la quiso llevar para el coche, que esperaba en una de las puertas del parque, ella insistió en que se encontraba mucho mejor y que ya no le dolía nada. Le aseguró que quería volver a jugar pero que antes, «para curarme del todo, papá» quería un helado, «de esos grandes que me has comprado otras veces y que a ti también te gustan tanto».

La pequeña se despidió con un beso y sonrisas zalameras a su padre y miró al joven despechado, que seguía allí, en la pequeña pero inabarcable distancia física. «Pequeña… dime que te acompañe, pequeña. Quiero estar contigo. Siempre».

La joven le miró y entendió. Aprovechando que su padre volvió al banco a leer el periódico, fue tras ella. La siguió, se siguieron durante los setenta y un años siguientes, después de vencer mil escollos. Y ahora, en la residencia de ancianos en la que viven desde hace cinco, felices porque están juntos, felices porque aquí no tienen que pelear para que les dejen compartir sus vidas, él sigue diciéndole: «Pequeña… dime que te acompañe, pequeña. Quiero estar contigo. Siempre». Y ella, sentada en la silla, desde sus ojos perdidos que parecen mirar al infinito a través de él, sólo ve a aquel niño de ese día eterno en el que vive desde hace casi cuatro años y que le sirvió de calmante al dolor de su rodilla.

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