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Historietas: Gracias, por Susana Sierra

Dependiente en silla de ruedas.
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Dependiente en silla de ruedas. (Foto: Foto Designed by Freepik)

Fernando sabía que ingresar en la residencia era inevitable. En su habitación del centro sanitario donde estaba ingresado, su cabeza era un cortocircuito constante entre lo evidente y lo que él se negaba hasta hacía poco a admitir.

Tras tres meses de dura rehabilitación después su caída esquiando, la realidad se había vuelto tan nítida que ya ni siquiera él podía esconderse y seguir diciendo que todo seguía igual. La silla de ruedas no le iba a abandonar, los ejercicios de rehabilitación serían una constante y la necesidad de alguien que le ayudara en tareas íntimas como acostarse o ir al baño era imperiosa, por mucho que considerara que era una intromisión intolerable.

Su fuerte carácter, (autoritario según sus amigos, hijos y empleados), fuerza de voluntad, (cabezonería, según sus allegados) y afán por luchar por sus metas, (obsesivo para los demás) le había llevado dirigir una empresa de más de cien empleados, tener una enorme casa en una urbanización privada, un apartamento en la estación de esquí, un chalet en la costa y un número indeterminado de cuentas, fondos, bonos, acciones… que no aplacaban su sed de tener más, que él llamaba ambición, y el resto del mundo avidez insana.

Tenía setenta años, se sentía bien y no le importaba vivir solo. Su mujer y él se había divorciado hacía décadas con un acuerdo muy ventajoso para él, ella solo quería irse; sus cuatro hijos hacían su vida y podían pasarse meses sin llamarle, cosa que a él le ahorraba tener que preguntar por sus nietos y fingir interesarse por sus actividades. Pero ahora, esa caída estúpida.

No hubo un sanitario, desde el médico que lo operó, hasta el último fisioterapeuta o el que limpiaba la habitación que no le dijera: «…si es que a ciertas edades, ya se sabe…». ¡Estúpidos!

Los tres meses de rehabilitación fueron suficientes para poner a buen recaudo las propiedades y la empresa, no fueran sus hijos a querer algo, y entre paraísos fiscales, testaferros, cesiones fingidas y subordinados fieles a golpe de talonario, consiguió cambiar la apariencia de todo, para que todo siguiera igual.

El desasosiego venía cuando se miraba al espejo. En tres meses había pasado de ser un señor mayor con prestancia a un anciano con aspecto de cascarrabias. No se reconocía. Tampoco soportaba la condescendencia con que le trataba el personal del centro sanitario, ni los consejos de sus hijos cuando le fueron a visitar. Solo Martín, su secretario, callaba. Pero, la realidad tiene el problema de que no tiene remedio.

Su inmensa casa era un engorro y todo lo que eran antes lujos y comodidades ahora eran impedimentos y gastos. Por supuesto, no contemplaba que alguno de sus hijos viviera con él, ni irse él con ellos. Tampoco quería contar con un asistente, no se fiaba de que nadie metiera las narices en sus asuntos, pues los empleados todo el mundo sabe que no son de fiar, les contratas para que te cuiden y durante la siesta fisgan en tu despacho. Suficiente con los criados de toda la vida, y ni siquiera.

Hizo cuentas: «Cierro la casa y despido al servicio, tres sueldos que me ahorro y que les den. Me busco una residencia de lujo, pero barata, que se pasan mucho, a ser posible en la costa y a varias horas de coche y me libro para siempre de hijos y nietos, pero que pueda seguir controlando mi patrimonio con mi secretario de toda la vida, que no tenga que hacer nada, pero que todo esté como yo quiera, que no me controlen mis horarios, pero que tenga todo listo a su hora, y ¡qué es eso si es válido o no!».

Era un buen plan hasta que se puso a buscar. No era sencillo cumplir todas las condiciones contradictorias que exigía, y tampoco ayudaba reñir a voces con su secretario mientras por la otra línea del teléfono lo oían todo los empleados de la residencia y las enfermeras se asomaban por la puerta escandalizadas y pidiendo silencio.

Martín tenía casi la edad de Fernando. Un día, sin decir palabra, y tras recibir el enésimo chorreo que le caía de rebote tras la llamada a la residencia definitiva, miró a su jefe. No había afecto, no había siquiera empatía. Cogió su abrigo, escribió en un papel que dejó en la mesa del despacho y salió de la habitación para no volver, perseguido por el griterío del anciano enfurecido. Cuando Fernando se calmó y leyó el papel se quedó lívido. Solo había dos palabras: «Se acabó».

Por primera vez en muchos años, no recordaba cuantos, Fernando no tenía a nadie a quien mandar. No sabía qué hacer. Tras décadas de contar con subordinados que, veloces y aterrados, hacían todo por él sintió que saltaba al vacío.

Todo el día estuvo sin moverse ni pedir nada a gritos, para descanso de las enfermeras. Al día siguiente llamó a sus hijos que, sorprendidos por tener una llamada de su padre, uno tras otro le dijeron que no tenían tiempo de gestionarle lo de la residencia. El más joven puso palabras a lo que los demás sentían y callaron:

—Mira, papá, no has llamado nunca, ni siquiera cuando me operaron del apéndice. No has venido a los cumpleaños de tus nietos. Marché de casa a los veinte años y dijiste con alegría «por fin ya no mantengo a nadie». Pero, además, sé que nada de lo que haga te parecerá adecuado y te dedicarás a insultarme a gritos. Siempre has dicho ostentosamente que si necesitas a alguien, le pagas. Pues ya sabes, paga a alguien.

Fernando colgó el teléfono. Pasó otro día en silencio y sin visitas. Cada poco se asomaba alguna enfermera, empezaba a preocuparles tanta calma.

Al día siguiente, tras el desayuno, entró en la habitación su hijo mayor. Traía dos papeles en la mano que le dio a leer a su padre. Uno era el alta del hospital y las recomendaciones sanitarias. El otro era el impreso a rellenar para el ingreso de Fernando en una residencia. Su hijo habló.

—Papá. Tienes suerte. La vida a veces es injusta, para bien o para mal. Pudimos ser una familia feliz y no es que te empeñaras en que no lo fuéramos, es que no te importó siquiera. Por suerte para ti, vamos a ser injustos pues, a pesar de todo, tus hijos te queremos y nos gustaría que tus nietos no tengan la imagen que de ti tenemos nosotros. —Fernando cogió el papel—. Es tu ingreso en una residencia para mayores. No está en la costa, está muy cerca, donde puedan visitarte tus nietos y nosotros, si nos apetece, ir a verte o a dar un paseo contigo. Tiene los servicios que necesitas y cuesta lo que consideramos que es un precio razonable. Sabemos que te puedes permitir más, pero, haberla buscado tú. Eres mayor de edad. Si no aceptas, con no firmar es suficiente. Me voy con el papel y allá te las compongas. Si aceptas, deberás tratar a todos con respeto, incluida tu familia. Supiste crear de la nada una gran fortuna. Ahora, deberás trabajar en lo que descuidaste, no es tarde.

Fernando cogió el bolígrafo y firmó. Su hijo metió en una bolsa sus pertenencias, agarró la silla de ruedas y la empujó hacia el ascensor. Cuando llegaron al coche dijo:

—Papá, cógete a mi cuello, que te ayudo a sentarte.

Fernando se agarró al cuello de su hijo, le miró con los ojos líquidos y dijo una palabra que desde que era niño no pronunciaba.

—Gracias.

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