El Servicio de Ayuda a Domicilio sostiene la vida los 365 días del año, también cuando el resto descansa.
Septiembre ha regresado con su conocida liturgia de comienzos, con las mochilas recién estrenadas, los cuadernos todavía intactos, las agendas que vuelven a llenarse y esa sensación, tan arraigada como convencional, de que el país se pone otra vez en marcha después del verano. Cambian los horarios, reaparecen las obligaciones aplazadas y recuperamos una rutina que durante unas semanas hemos dejado en suspenso. Sin embargo, mientras una parte de la sociedad habla de regreso, reencuentro y nuevos propósitos, en miles de hogares nada ha vuelto porque nada se ha marchado. Allí, cada mañana, una llave sigue girando en la cerradura y una profesional atraviesa el umbral para ayudar a levantarse a quien ya no puede hacerlo solo, acompañar hasta el baño unos pasos inseguros, preparar el desayuno, asear un cuerpo debilitado o empezar, sencillamente, otro día de cuidados que se parece al anterior en su necesidad y se diferencia de él en todo lo demás.
Los cuidados carecen de curso escolar, temporada baja y calendario festivo porque la fragilidad humana tampoco conoce esas convenciones. Una persona dependiente necesita ser movilizada en agosto con la misma delicadeza que en enero, la medicación conserva su horario en Nochebuena, el aseo resulta igual de imprescindible un domingo y una dificultad para comer, beber, caminar o vestirse no se aplaza hasta el siguiente día laborable. Cuando el resto de la actividad disminuye, descansa o cierra por vacaciones, la vida continúa reclamando alimento, higiene, seguridad, compañía y atención, y a esa realidad cotidiana han respondido durante todo el verano las profesionales del Servicio de Ayuda a Domicilio exactamente igual que lo harán durante el otoño, el invierno y la próxima primavera.
La propia denominación del servicio resulta demasiado estrecha para explicar cuanto ocurre detrás de cada puerta. Ayuda a domicilio puede sonar a expediente, prestación, horario o número de horas asignadas, cuando su verdadera dimensión se encuentra en acciones aparentemente pequeñas que sostienen la existencia diaria de una persona. Hay que saber cómo incorporar a alguien de una cama sin lesionarlo ni lesionarse, cómo ayudar a conservar la autonomía cuando las fuerzas disminuyen, cómo acompañar un paso inseguro sin convertir la protección en dependencia, cómo respetar el pudor durante el aseo o cómo detectar en una mirada, una respuesta o un movimiento diferente aquello que todavía no figura en ningún informe.
También hay que saber escuchar. Escuchar la preocupación de quien teme perder capacidades, la inquietud de una familia que intenta conciliar sus obligaciones con la atención a un ser querido y, muchas veces, la misma historia contada una y otra vez porque la memoria reciente se ha debilitado mientras un recuerdo remoto permanece intacto. La profesional entra en una casa para desarrollar unas tareas determinadas, aunque su trabajo acaba necesariamente atravesado por una relación humana que exige tacto, conocimiento, paciencia y respeto. Cada domicilio posee sus propios ritmos, sus objetos, sus manías, sus afectos y hasta sus silencios, y cuidar dentro de ese territorio íntimo obliga a encontrar el difícil equilibrio entre intervenir y respetar, proteger y favorecer la autonomía, ayudar y permitir que cada persona continúe haciendo por sí misma todo aquello que todavía puede hacer.
Ese trabajo ha recaído históricamente sobre las mujeres y sigue teniendo rostro femenino en una proporción abrumadora. Durante siglos, alimentar, lavar, acompañar, curar, vigilar o permanecer junto a quien necesitaba ayuda formó parte de unas obligaciones domésticas consideradas naturales y, precisamente por esa supuesta naturalidad, escasamente reconocidas. La profesionalización de los cuidados ha permitido sacar buena parte de ese trabajo de la invisibilidad, dotarlo de conocimientos, técnicas, organización y derechos laborales, aunque todavía persiste una paradoja difícil de ignorar, puesto que la sociedad considera imprescindible recibir cuidados cuando los necesita y continúa teniendo dificultades para conceder a quienes los prestan el reconocimiento social que corresponde a una función esencial.
Desde Grupo M defendemos ese reconocimiento porque sabemos que el cuidado profesional sostiene mucho más que a la persona que figura como usuaria de un servicio. Cuando una auxiliar llega a una vivienda para atender a un padre, una madre, una abuela o una persona que vive sola, detrás de esa intervención existe con frecuencia una familia entera que puede reorganizar su jornada, acudir al trabajo, atender a sus hijos, descansar unas horas o asumir otras responsabilidades con la tranquilidad de saber que alguien formado está cuidando de quien lo necesita. Cada hora de atención tiene, por tanto, un efecto que se extiende mucho más allá del domicilio y alcanza al conjunto de una sociedad que puede funcionar porque, mientras unos producen, estudian, trabajan o descansan, otros garantizan que las necesidades más elementales de la vida continúen atendidas.
En Canarias, además, esa tarea adquiere una dimensión especialmente vinculada al territorio. Los cuidados recorren barrios levantados sobre laderas, atraviesan municipios dispersos, llegan a núcleos rurales y entran en viviendas alejadas de los principales servicios, allí donde desplazarse requiere más tiempo y donde una red familiar reducida puede convertir cualquier dificultad cotidiana en un problema de enorme magnitud. En algunos de esos hogares, la llegada de una profesional representa mucho más que la prestación que figura sobre el papel, porque durante determinadas jornadas esa persona será también la única presencia que se siente a la mesa, pregunte cómo ha transcurrido la noche, advierta un cambio de ánimo o mantenga una conversación capaz de romper varias horas de silencio.
La ayuda a domicilio convive además con otros apoyos que amplían esa atención, desde la fisioterapia y la psicología hasta la alimentación, la limpieza, la prevención de la dependencia y los distintos recursos destinados a prolongar la autonomía y favorecer la permanencia de cada persona en su entorno habitual. Todos responden a una misma aspiración, que envejecer, enfermar o necesitar ayuda para las actividades de la vida diaria reduzca determinadas capacidades sin arrebatar por ello la identidad, las costumbres, las decisiones y los vínculos que han dado forma a una vida.
En ese punto aparece también una de las heridas más silenciosas de nuestra sociedad, la soledad no deseada, que pocas veces se manifiesta con grandes gestos y casi siempre se reconoce en detalles minúsculos. Está en la televisión encendida desde primera hora para llenar una casa de voces, en el teléfono que apenas recibe llamadas, en quien retrasa unos minutos una despedida o en la conversación que se prolonga porque al otro lado de la puerta aguarda una tarde demasiado larga. Quienes trabajan en los domicilios conocen esa realidad desde una cercanía imposible de obtener únicamente mediante estadísticas y saben que acompañar, observar y escuchar puede resultar tan importante como cualquiera de las tareas materiales que justifican formalmente su presencia.
Cuidar significa, en definitiva, trabajar para que la pérdida de capacidad encuentre apoyo antes que abandono, para que la vulnerabilidad reciba protección sin convertirse en renuncia y para que una persona pueda seguir habitando su casa como un hogar y no simplemente como el lugar donde recibe una prestación. La dignidad de los cuidados se construye precisamente ahí, en el modo de llamar a una puerta, de pedir permiso antes de intervenir, de dirigirse a alguien por su nombre, de respetar sus preferencias, de preservar su intimidad y de comprender que la edad, la enfermedad o la dependencia modifican determinadas circunstancias de la existencia, pero jamás disminuyen el valor de quien las atraviesa.
Dentro de unos días, las calles volverán a llenarse de escolares y septiembre habrá completado su ceremonia anual de regreso. Habrá nuevos horarios, nuevas clases y nuevos proyectos, mientras las profesionales del cuidado continuarán recorriendo las mismas carreteras, subiendo las mismas escaleras y entrando en hogares donde alguien espera unas manos expertas, una voz conocida y la seguridad de que su vida cotidiana puede continuar un día más en el lugar al que pertenece.
Por eso los cuidados no tienen vuelta al cole. Han estado aquí durante julio y agosto, permanecerán cuando lleguen las fiestas de diciembre y seguirán sosteniendo la vida cuando otro septiembre vuelva a hablarnos de empezar de nuevo. Reconocer a quienes hacen posible esa continuidad exige mucho más que agradecer su entrega en una fecha concreta. Exige comprender el valor profesional, económico y humano de un trabajo que acompaña a nuestra sociedad desde el nacimiento hasta la vejez y que adquiere toda su importancia precisamente cuando la fortaleza deja paso a la fragilidad.
A las profesionales que han cuidado mientras otros descansaban, que cuidan hoy y que mañana volverán a abrir otra puerta, nuestro agradecimiento, nuestro respeto y, sobre todo, el reconocimiento que merece quien sostiene cada día una parte esencial de la vida de los demás.
José Manuel Guzmán es presidente de Acasa (Ceaps)