Buscando en el baúl de los recuerdos gerontológicos
En junio de 2017, Begoña Castiñeiras Esmorís presentó su trabajo de fin de grado en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Santiago de Compostela. Se titulaba El envejecimiento demográfico en España. Aportación y demanda de cuidados por parte de las personas mayores, y constituye un documento que, más de ocho años después, sigue siendo sorprendentemente actual.
Lo que diferencia este trabajo de tantos informes técnicos sobre envejecimiento es su equilibrio: combina la precisión de los datos con una lectura humana de sus implicaciones. Castiñeiras analiza las cifras, pero no se limita a ellas. Quiere mostrar, con lenguaje académico pero con cierta sensibilidad social, que las personas mayores no son solo consumidoras de cuidados, sino también productoras de bienestar.
Un repaso meticuloso al cambio demográfico
El estudio parte del análisis de los indicadores básicos del INE entre 1990 y 2016. Castiñeiras detalla los tres motores del cambio demográfico español: el descenso de la natalidad, el aumento de la esperanza de vida y la influencia de la inmigración.
En 1998, España tenía 6,5 millones de mayores de 65 años (un 16,3% de la población). En 2016, ya eran 8,6 millones (18,6%). Ese incremento de más de dos millones de personas mayores en menos de veinte años coincide con la reducción de la población infantil, que ha pasado a representar un porcentaje menor que el de los mayores.
La autora introduce aquí un concepto del sociólogo Julio Pérez Díaz: la “madurez de masas”. Según él, las poblaciones no “envejecen”, sino que alcanzan una etapa de madurez colectiva. Castiñeiras lo adopta para matizar el tono catastrofista con que solemos tratar estos temas: no estamos ante una sociedad que se “apaga”, sino ante una que cambia su estructura y redefine su equilibrio generacional.
Uno de los apartados más detallados se dedica a la esperanza de vida. Entre 1990 y 2015, la esperanza media al nacer aumentó de 77 a 82,7 años, con un acortamiento progresivo de la brecha entre hombres y mujeres. En 1990 ellas vivían 7 años más; en 2015, la diferencia era de 5,4. La autora destaca este acercamiento como un fenómeno nuevo: los hombres viven más, las mujeres no tanto más como antes.
El trabajo repasa también el papel de la fecundidad y muestra la importancia del fenómeno migratorio. Las mujeres extranjeras, con una media de edad fértil y mayor número de hijos (1,7 frente a 1,3 en las españolas), sostuvieron durante años un indicador coyuntural de fecundidad que habría sido aún más bajo sin su presencia. Pero el efecto fue temporal: al disminuir la inmigración tras la crisis de 2008, volvió a caer la natalidad.
En las pirámides de población de 1991, 2001 y 2016, la autora observa tres transformaciones claras: el ensanchamiento del vértice (más mayores), la reducción de la base (menos niños) y la feminización de las edades avanzadas. En 2016, por cada 100 mujeres mayores de 85 años había solo 60 hombres. La llamada “feminización de la vejez” no es, por tanto, una expresión retórica, sino un dato estadístico sostenido.
Los mayores como generadores de bienestar invisible
La segunda parte del trabajo es la más innovadora. Castiñeiras analiza la aportación económica y social de las personas mayores mediante las Encuestas de Empleo del Tiempo (2002-2003 y 2009-2010) del INE.
Los resultados son reveladores: las personas mayores realizan millones de horas de trabajo no remunerado, principalmente en el ámbito doméstico y familiar. Cocinan, limpian, hacen la compra, cuidan de nietos y ayudan a otros hogares. Todo ello, traducido en valor económico, representaría el 6,59% del PIB español. No se trata de un dato menor. Si se pagara a precio de mercado ese trabajo invisible, el envejecimiento sería, paradójicamente, una fuente de riqueza.
El estudio destaca el papel de las mujeres: ellas aportan dos tercios del total de horas dedicadas al trabajo no remunerado. Los hombres participan cada vez más, pero siguen lejos de esa implicación cotidiana que convierte a tantas abuelas en el verdadero eje de la familia contemporánea.
Otro dato interesante: en 2010, el 33% de los hombres y el 30% de las mujeres mayores cuidaban de sus nietos diariamente. Y más del 40% lo había hecho en algún momento. Este apoyo intergeneracional permite que muchos padres y madres mantengan su empleo o conciliación familiar. En otras palabras, la economía española se sostiene parcialmente gracias a los abuelos.
La autora recuerda también que las personas mayores participan en tareas comunitarias, voluntariado, asociaciones vecinales o actividades culturales. Aunque dediquen más tiempo al ocio o a la televisión (unas cuatro horas diarias), su presencia activa es fundamental para el tejido social.
Cuando la madurez se convierte en dependencia
Pero el trabajo no se limita a la cara luminosa del envejecimiento. La segunda mitad del capítulo analiza la demanda de cuidados.
A medida que aumenta la edad, las limitaciones físicas o cognitivas llevan a un cambio en los hogares: quienes antes cuidaban pasan a ser cuidados. El 66% de las personas con discapacidad viven con sus descendientes, y la carga del cuidado recae mayoritariamente en las hijas.
Solo una de cada cuatro personas mayores dependientes recibe atención principal de los servicios sociales o de cuidadores externos. El resto depende de su entorno familiar. Castiñeiras subraya esta realidad con una claridad poco frecuente: “El mayor peso en el cuidado de las personas longevas recae sobre las hijas”. En ese dato se encierra una de las claves del debate actual sobre sostenibilidad del cuidado.
El trabajo concluye con una advertencia que hoy resulta casi literal: si no se reestructuran las políticas económicas, sanitarias y sociales, el aumento de la longevidad podría tensionar hasta el límite el sistema de bienestar. Castiñeiras proponía entonces algo que seguimos posponiendo: adaptar el modelo a una sociedad que envejece no solo en número, sino también en expectativas.
Una reflexión desde 2026
Casi 9 años después, la lectura de este trabajo deja una mezcla de admiración y melancolía. Admiración, porque demuestra que desde la universidad se hacían ya análisis rigurosos, sin necesidad de grandes recursos ni macroproyectos europeos. Melancolía, porque muchas de las conclusiones siguen sin haberse traducido en políticas efectivas.
El texto de Castiñeiras pone palabras a una paradoja que todos percibimos: cuanto más se habla del envejecimiento como problema, menos se reconoce la aportación real de quienes ya han envejecido. Las personas mayores siguen sosteniendo buena parte de la red informal de cuidados en España, y lo hacen sin visibilidad ni compensación.
El concepto de “madurez de masas” que cita Pérez Díaz merece recuperarse. Tal vez necesitamos aprender a vivir en sociedades maduras, donde la edad no se vea como declive, sino como un tramo más de la biografía colectiva. Pero para ello hay que ajustar los engranajes: el sistema de pensiones, la atención a la dependencia, la conciliación familiar y la formación de profesionales para cuidar.
Este 'baúl de los recuerdos' nos recuerda que el envejecimiento no es una amenaza inevitable, sino una consecuencia lógica del progreso. Hemos ganado años de vida, pero no hemos aprendido del todo qué hacer con ellos. La verdadera tarea, quizá, no sea “combatir” el envejecimiento, sino reconocerlo como la nueva normalidad y reorganizar la sociedad en torno a él.
Y ahí sigue estando la pregunta que Begoña Castiñeiras dejó flotando entre las líneas de su trabajo: ¿seremos capaces de cuidar a quienes hoy nos cuidan gratis?
Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.
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Nota: para la redacción de este texto he utilizado una herramienta de IA en el análisis del texto comentado y propuesta de redacción.