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El alta del viernes

Por Josep de Martí
Ingreso en ambulancia de una persona mayor en una residencia.
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Ingreso en ambulancia de una persona mayor en una residencia. (Foto: Gemini)

En la residencia Las Marismas, de la que, por cierto, eres directora, los viernes por la tarde tienen mala fama. Es casi una superstición, aunque basada en la experiencia.

Y este viernes se va a consolidar esa fama. A las cinco y veinte llama la hija de Encarnación, una residente de ochenta y nueve años que ingresó hace cuatro años y que hace diez días fue derivada al hospital por una neumonía.

La hija habla deprisa. Le acaban de decir que su madre tendrá el alta esa misma tarde. Volverá con oxígeno, antibiótico oral, dieta triturada, espesante, control de saturación y vigilancia estrecha durante cuarenta y ocho horas. También le han dicho que en la residencia estaréis preparados.

Eso te lo dicen mucho desde sitios donde no saben lo que supone el retorno urgente. Tú pides el informe. Llega una foto por WhatsApp, torcida, con media página cortada.

Pides que lo envíen bien. Lo recibes al cabo de un rato por correo electrónico, pero el tratamiento no coincide del todo con lo que la hija ha entendido. No queda claro quién suministra el oxígeno durante el traslado, si la farmacia podrá entregar la medicación antes de la noche ni a quién hay que llamar si la saturación baja.

El hospital quiere liberar la cama. La hija quiere que su madre salga de allí. La enfermera de tarde te dice que puede recibirla, pero no promete milagros. Hay dos residentes con fiebre, una caída reciente y una auxiliar nueva en planta. La médico no vuelve hasta el lunes. El 061 existe, claro. Siempre existe cuando ya estás metido en el lío.

Encarnación quería volver a Las Marismas. Lo había dicho muchas veces. Para ella, la residencia era su habitación, su manta, la foto de su marido, la ventana que daba al patio y la auxiliar que sabía que no le gustaba el puré demasiado espeso. Vosotros queréis que vuelva, pero preferiríais que fuese el lunes. Por experiencia sabes que, según lo que digas y hagas, podrías forzar un retraso en el traslado. Lo consideras.

Cuando planteas dudas, la hija se rompe un poco.

—¿Me está diciendo que no la aceptáis?

No es que no la quieras, piensas. Lo que no quieres aceptar es un alta mal explicada, sin medicación confirmada, con oxígeno a medias y con la sensación de que alguien ha confundido continuidad asistencial con recibir una ambulancia antes de cenar.

Vas a intentarlo. Llamas al hospital.

Primera llamada: centralita.

Te derivan a planta.

De planta a enfermería. Te dicen que, para la derivación, no te pueden informar; te llamará la médico.

¡Buena noticia! En media hora, una médico residente que no conoce a Encarnación, pero lee el informe, te confirma todo y te vuelve a pasar con enfermería. Enfermería dice que transporte sanitario está avisado. Cree que llevará medicación suficiente para dos días, pero no lo puede asegurar; cree que sí.

Mientras tanto, la hija llama dos veces más. Una mientras estás hablando con el hospital; a la segunda puedes hablar con ella.

A las seis menos diez, la ambulancia está solicitada y el hospital pregunta si Las Marismas confirma la recepción. La administrativa te mira desde la puerta del despacho con esa cara que solo ponen las administrativas de residencia cuando saben que algo acabará siendo también cosa suya. Le pides que abra una ficha interna de «alta compleja». Ella te devuelve una mirada extrañada: no existe esa ficha. Es una broma tuya. Debería existir.

A partir de aquí tienes varias posibilidades.

Puedes aceptar el alta y movilizar a quien haga falta. Encarnación volverá a su habitación, la hija respirará tranquila y el hospital liberará la cama. Si todo va bien, nadie se acordará del susto. Si va mal, alguien dirá que asumiste una situación para la que no estabais preparados.

Podrías bloquear in extremis el ingreso poniendo alguna excusa. Sería prudente, pero Encarnación pasaría dos noches más en el hospital, desorientada, con más riesgo de empeorar y con una hija convencida de que la residencia le ha cerrado la puerta.

Puedes aceptar solo si el hospital hace una llamada clínica directa donde confirme oxígeno, entrega de medicación inicial y unas instrucciones claras. Suena muy bien. Pero eso dudas que vaya a suceder.

Antes de tomar una decisión, entras en la habitación de Encarnación. Está vacía. La cama, hecha. En la mesilla, la foto de su marido y una cajita con pañuelos de papel. Esa habitación también espera.

Para Encarnación, volver es volver a casa.

Para el hospital, una cama libre.

Para la hija, alivio.

Para el equipo, una noche complicada.

A las seis y cuarto vuelve a llamar la hija.

Y tú, ¿qué harías?

Preguntas para la reflexión

¿Cuándo puede una residencia negarse a recibir un alta hospitalaria sin abandonar a la persona?

¿Qué información mínima debería acompañar siempre a un alta compleja?

¿Qué protocolo habría que tener para viernes, noches y vísperas de festivo?

¿Quién asume realmente el riesgo cuando un hospital da un alta precipitada?

Nota del autor: En este caso, los detalles no son lo importante. Las derivaciones hospitalarias y los retornos del hospital tienen requisitos burocráticos diferentes según el lugar. El fondo es el mismo.

Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.

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