Se habla mucho, y con razón, de la soledad no deseada en las personas mayores, la cual es un fenómeno real, doloroso y con consecuencias importantes para la salud física, emocional y cognitiva. Hay personas que envejecen sintiendo que el mundo se ha ido vaciando a su alrededor: fallecen amistades, disminuye la movilidad, se estrechan las redes sociales y aparecen silencios que pesan demasiado.
Combatir esa realidad es una obligación social, pero junto a esa verdad convive otra de la que se habla mucho menos: no toda persona mayor que está sola se siente sola, y no todo silencio es sufrimiento.
Hemos caído con frecuencia en un error muy contemporáneo, confundir compañía con bienestar y actividad social con felicidad, como si la buena vejez consistiera necesariamente en estar rodeado de gente, participar en grupos, hablar mucho y mantenerse siempre visible. Personalmente, yo pienso que no es así.
Existen personas extrovertidas y personas introvertidas. No como etiquetas simplistas, sino como tendencias de personalidad ampliamente estudiadas por la psicología desde hace décadas. Modelos como el Indicador de tipos Myers-Briggs popularizaron esta diferencia, y enfoques posteriores como el modelo de los Cinco Grandes también la han confirmado bajo el rasgo de extraversión-introversión.
¿En qué consiste, explicado de manera sencilla?
Las personas más extrovertidas suelen recargar energía en la interacción social: conversar, compartir, participar, estar con otros les activa y les nutre emocionalmente, y cuando pierden esas oportunidades pueden sufrir con más intensidad la sensación de aislamiento.
Las personas más introvertidas, en cambio, suelen necesitar espacios de calma y tiempo a solas para recuperar energía, es decir, disfrutan de las relaciones, sí, pero de otra manera: más selectiva, más profunda, menos constante, para ellas, demasiada estimulación social puede resultar agotadora.
No hablamos de timidez, ni de tristeza, ni de incapacidad relacional, hablamos de estilos distintos de vivir la realidad.
Por eso conviene introducir una palabra valiosa: solitud.

La solitud no es abandono, no es marginación, no es carencia, es la capacidad de estar con uno mismo sin sentirse vacío, es un espacio elegido de silencio, descanso interior y autonomía personal.
Muchas personas mayores la conocen bien, ya que la han practicado toda la vida sin ponerle nombre: leer en silencio, mirar por la ventana, coser, pasear sin hablar, descansar después de desayunar, pensar en recuerdos, ordenar ideas... ellas no necesitan ruido o estar rodeadas de gente para sentirse vivas.
Sin embargo, a veces el sistema asistencial interpreta cualquier retiro como problema: si una residente prefiere quedarse en su habitación leyendo antes que acudir al taller grupal, enseguida surge la sospecha: “está aislada”; si un hombre mayor prefiere pasear solo en vez de jugar a cartas, se apunta como señal de riesgo.
¿Y si no fuera riesgo, sino preferencia?
La atención de calidad no consiste en empujar a todos hacia la misma sociabilidad obligatoria, la de los extrovertidos, sino que consiste en detectar cuándo hay sufrimiento real y cuándo hay una forma legítima de bienestar distinta a la nuestra.
La soledad no deseada debe prevenirse, sí. Pero la solitud elegida debe respetarse. Porque tan dañino es abandonar a una persona que necesita compañía como invadir a una persona que necesita calma.
Tal vez la gran pregunta sea esta: cuando vemos a una persona mayor sola, ¿estamos observando sufrimiento... o estamos proyectando nuestro propio miedo al silencio?
Porque el mundo no debería pertenecer solo a los extrovertidos. También debe reservar un espacio digno, legítimo y respetado para quienes encuentran en la solitud una forma serena de estar bien consigo mismos.
Autora del texto: Anna Cebrián es licenciada en Económicas, Máster en Dirección de Empresas y postgrado en dirección de servicios gerontológicos. Directora de Inforesidencias.com
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