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¿El país con más soledad del mundo? Cuesta creerlo

Por Josep de Martí
lunes 13 de abril de 2026, 20:55h
Actualizado el: 13 de abril de 2026, 21:25h
Josep de Martí, fundador de Inforesidencias.
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Josep de Martí, fundador de Inforesidencias. (Foto: JC/Dependencia.info)

La revista The Economist sacó a final de 2025 un número especial con información variada, no toda referida a cuestiones económicas y, entre esos “especiales navideños” me llamó la atención uno que decía que el lugar donde más se sufre la soledad en el mundo sería Madagascar. Lo dejo ya aquí, para quien quiera ir a la fuente y leer el reportaje completo.

Confieso que me costó creerlo. Tanto, que hice lo que hacemos muchos cuando algo nos chirría: preguntárselo a Google y a varias inteligencias artificiales, como si fueran los oráculos modernos, ChatGPT, DeepSeek y Gemini. Ninguna de ellas me devolvió Madagascar como respuesta.

Ese pequeño choque me pareció útil por dos razones. La primera, porque nos recuerda que estas herramientas tan sofisticadas dotadas de inteligencia “no humana”, no “saben”, sino que reconstruyen. Y reconstruyen a partir de patrones: lo más repetido, lo más disponible, lo que suele salir cuando alguien pregunta sobre algo. La segunda, porque el artículo de The Economist no parece haber sido escrito para justificar una respuesta en el Trivial Pursuit, sino para destacar un sesgo muy nuestro: creemos que la soledad es un problema de países ricos.

La soledad no pregunta por el PIB

Nos hemos contado una historia tranquilizadora. Algo así como: primero se pasa hambre, luego se progresa, y cuando ya hay calefacción, Netflix y nevera llena, llega la soledad, porque la gente se vuelve individualista y “se atomiza”. La historia tiene su lógica. Pero, al parecer, resulta bastante incompleta.

La OMS , a finales de junio de 2025, publicó un resumen contundente de su trabajo sobre conexión social: estima que 1 de cada 6 personas en el mundo se ve afectada por la soledad, y la vincula con un impacto sanitario real, con cientos de miles de muertes anuales asociadas. No es un problema “de sensibilidad”. Es un problema de salud pública. Por cierto, esto sí lo ha dicho la OMS, no como lo del 5% de camas necesarias en residencias de personas mayores.

Y el reportaje de The Economist da un paso más, apoyándose en datos de Gallup: sostiene que, contra el cliché, la soledad reportada tiende a ser mayor en países más pobres, y que África aparece como la región con peores cifras, a pesar del imaginario comunitario que muchos asociamos al continente.

Que esto nos desconcierte dice bastante de nuestra forma de mirar.

Madagascar: mucha gente alrededor, poco sostén real

El texto describe un escenario que, desde fuera, podría engañar. Mercados, vida en la calle, vecinos, familias extensas. Todo eso existe. Pero no basta. Porque la soledad no es “no ver a nadie”. Es la distancia entre el tipo de vínculo que uno necesita y el tipo de vínculo que realmente tiene. Y ahí es donde un país muy pobre puede ser un lugar muy duro.

El artículo cuenta que en el sur de Madagascar, según Gallup, una proporción altísima de personas afirma haberse sentido sola el día anterior. Y propone una explicación que, sin moralina, es casi de sentido común: si lo que más te preocupa en tu día a día es la supervivencia, socializar cuesta. No solo por falta de dinero, también por falta de tiempo, energía y sencillamente, por agotamiento.

Así que los vínculos se vuelven frágiles. Puedes hablar con gente, sí, pero hablar no siempre equivale a apoyo. Puedes tratar con clientes, vecinos o familiares, pero eso no garantiza intimidad, respeto, diversión, reciprocidad, sentirte útil o cuidado.

Una idea que conviene repetir: soledad afecta negativamente a la salud

Si la soledad fuese algo que afectase únicamente la parte lúdica de la vida tendría una importancia relativa. La OMS, sin embargo, considera que la falta de conexión social acompaña una peor salud y mortalidad a edades más tempranas. Un metaanálisis de gran escala situaba el aumento de riesgo asociado a la soledad en torno al 14% (https://jamanetwork.com/journals/jama/article-abstract/2806852).

Lo mejor del artículo es que no se queda en una descripción fúnebre. Enseña que hay intervenciones concretas que mejoran conexión social.

En Zimbabue, el programa Friendship Bench, basado en conversación estructurada con personal comunitario entrenado, tiene ensayos publicados que muestran mejoría en síntomas de trastornos mentales comunes. Me ha hecho gracia leer esto ya que en 2018 escribí una tribuna sobre “Las abuelas del parque” y la lucha en Zimbaue contra la Kufungusisia.

Esto me parece clave por una razón práctica: más que de “curar la soledad” con grandes discursos, estamos hablando de crear puntos de apoyo accesibles y que puedan servir de inspiración a otros para crear soluciones parecidas, en otras palabras, hablamos de generar buenas práctic as.

Lo que me llevo a España, sin dramatismos

A veces miramos Madagascar como una rareza, como una extravagancia estadística. Y quizá lo sea. Pero el valor del artículo no está en el podio, sino en la bofetada al prejuicio: la soledad no es el capricho de las sociedades acomodadas. Puede convivir con la pobreza, con la vida comunitaria aparente, con calles llenas. Y, cuando convive con todo eso, duele igual o más.

Me gustaría que este texto se leyera con una idea en mente: si la soledad tiene raíces materiales, también tiene respuestas materiales. Espacios, tiempo, apoyos, comunidad organizada, y alguien que detecte a tiempo quién se está quedando fuera del mapa.

Autor del texto Josep de Martí Vallés. Jurista y Gerontólogo. Fundador de Inforesidencias.

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