El verano es, para muchos, sinónimo de vacaciones, viajes, terrazas, reencuentros y fotografías felices. Las ciudades se vacían, las rutinas se relajan y parece que durante unas semanas todos tenemos permiso para desconectar.
Pero no todos pueden hacerlo.
Mientras una parte de la sociedad prepara las maletas, muchas personas mayores se quedan en casa. Solas. Viendo cómo disminuyen las llamadas, se aplazan las visitas y se repite una frase aparentemente inocente: “A la vuelta nos vemos”.
El problema es que, para quien vive en soledad, unas semanas pueden hacerse interminables.
La soledad no deseada no se marcha de vacaciones. Al contrario: en verano puede hacerse más visible, más silenciosa y también más dolorosa. Desaparecen actividades, cierran centros, disminuye la vida en los barrios y se reduce la red de contactos cotidianos. El vecino que saluda cada mañana se va al pueblo. Los nietos están de viaje. Los hijos intentan descansar después de un año difícil. Y la persona mayor se queda frente a un calendario en el que todos los días parecen iguales.
No siempre hablamos de abandono en su expresión más evidente. Muchas veces hablamos de un abandono mucho más sutil, socialmente aceptado y difícil de reconocer: el abandono emocional.
Ese que no deja marcas en el cuerpo, pero sí en el ánimo. El que se esconde detrás de una nevera llena, de una cuidadora que acude unas horas o de una llamada rápida para preguntar si “todo está bien”. Porque estar atendido no es necesariamente sentirse acompañado. Tener cubiertas las necesidades básicas no significa sentirse importante para alguien.
Quizá deberíamos preguntarnos qué significa realmente cuidar.
¿Cuidar es asegurarnos de que una persona mayor tiene comida, medicación y un teléfono cerca? ¿O cuidar también es escucharla sin mirar el reloj, compartir una conversación, hacerla partícipe de nuestros planes y recordarle que continúa formando parte de nuestra vida?
No se trata de culpabilizar a las familias por irse de vacaciones. Todos necesitamos descansar, desconectar y disfrutar. Pero descansar no debería significar desaparecer. La conciliación y el cuidado son complejos, y muchas familias hacen auténticos equilibrios para atender a sus mayores. Sin embargo, también debemos reconocer que, en ocasiones, hemos convertido la falta de tiempo en una justificación permanente.
Tenemos tiempo para publicar una fotografía, contestar un mensaje de trabajo o revisar las redes sociales, pero no siempre encontramos diez minutos para llamar a quien lleva todo el día esperando escuchar una voz conocida.
La soledad no deseada no es únicamente un problema familiar. Es un reto social que exige respuestas comunitarias. Los ayuntamientos, los servicios sociales, las entidades del tercer sector, las empresas, las comunidades de vecinos y cada uno de nosotros tenemos una responsabilidad.
Durante el verano deberían reforzarse, y no reducirse, los programas de acompañamiento, las llamadas preventivas, las visitas domiciliarias y las actividades comunitarias. Las altas temperaturas aumentan la vulnerabilidad de muchas personas mayores, especialmente de quienes viven solas. Pero tan importante como preguntar si han bebido agua es preguntarles cómo se sienten.
También los barrios pueden convertirse en redes de protección. Un comercio que detecta una ausencia, un vecino que llama a la puerta, un farmacéutico que presta atención o una comunidad que organiza turnos de contacto pueden marcar una enorme diferencia.
No hacen falta grandes proyectos para combatir la soledad. A veces basta con pequeños actos sostenidos: una llamada, un paseo, una visita, una comida compartida o una conversación sin prisas.
Necesitamos recuperar una sociedad que mire a sus mayores no como una carga que debe organizarse durante las vacaciones, sino como personas con historia, deseos, emociones y derecho a seguir sintiéndose queridas.
Porque llegará un día en que nosotros también veremos cómo otros preparan sus maletas. Y entonces comprenderemos que lo más duro no era quedarse en casa, sino sentir que nadie pensó en invitarnos a formar parte de su verano.
Antes de cerrar la maleta, hagámonos una pregunta: ¿quién puede quedarse esperando nuestra llamada cuando nosotros nos vayamos?
Quizá hoy sea un buen día para hacerla. Y para contar, en los comentarios, qué podemos hacer como sociedad para que ninguna persona mayor pase el verano sintiéndose olvidada.
Jesús Cubero es socio fundador de UMA CARE (Unidades de Memoria Activa), director general de HDS Formación, adjunto al director general de Mensajeros de la Paz y miembro de la Junta Directiva de CEOMA.