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Historietas: El compañero de partidas, por Susana Sierra

Juego de cartas.
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Juego de cartas. (Foto: Pixabay)
Por Susana Sierra Álvarez
martes 05 de julio de 2022, 03:25h

Juan llegaba puntualmente todos los días a las cinco y media de la tarde al bar del hogar del jubilado. Pedía un café con leche descafeinado y se sentaba en la mesa del fondo a esperar a los compañeros de partida.

Se había jubilado hacía ya quince años. Ahora, con setenta y cinco, veía las cosas algo distintas a cuando se sentó por primera vez en la mesa de la partida.

A la semana de dejar la empresa se dejó caer por bar deel hogar del jubilado de su barrio. Al principio lo que hacía era rondar de ahí para allá y sentarse en la barra del bar. Poco a poco fue entablando conversación con unos y con otros, se jubiló algún conocido del barrio y empezó a conocer las vidas de los que pasaban la tarde entre la barra y las partidas de cartas.

El pequeño microcosmos del bar del hogar del jubilado tenía sus reglas para relacionarse. A la única mujer que admitía con naturalidad era a Elsa, que regentaba el local desde hacía veinte años. Cuando empezó era una chica de aspecto saludable que ponía a sus dos hijos en una mesa aparte con los deberes y la merienda. Había visto pasar a muchos socios del hogar del jubilado, ellos habían seguido la evolución de sus hijos y su paso de alegre madre joven a melancólica mujer madura. Siempre atenta y paciente con las manías de los parroquianos.

Con el resto de mujeres la actitud cambiaba. De vez en cuando aparecían en grupos de tres o cuatro, se sentaban en cualquier mesa y pedían poleos y cafés, ante la mirada de reproche de los hombres, que las veían como invasoras de su espacio y encima no respetaban su estricto orden de reservas de las mesas para jugar. El día que las mujeres tras sus clases de pintura o el club de lectura hacían un alto en el bar, su desbarate involuntario de los turnos de juegos y la invasión con sus voces y risas femeninas del espacio de ellos hacían que sonaran comentarios misóginos y exabruptos por lo bajo que fruncían el ceño de Elsa.

Juan se había integrado pronto en una de las partidas de mus. Las bajas no eran infrecuentes. A veces de anunciaban: «Antonio parece que está malo, se lo llevaron al hospital» o «Pepe cada día tiene la cabeza más perdida, cualquier día lo meten en una residencia». Otras veces, el compañero dejaba de ir sin más. Al cabo de unos días, un vecino o antiguo compañero de trabajo comentaba que «le había dado un pampurrio», que «el hijo lo ha metido en un asilo» o «nada, que no puede vivir solo y se fue a vivir con su hija». Las sustituciones se hacían al momento y eran sencillas: el compañero que se había quedado solo miraba hacia la barra, se fijaba en alguno de los mirones, le hacía una seña con la cabeza y si la contestación era levantarse y ocupar la silla del ausente, ya estaba hecho todo el protocolo. La partida empezaba como si todo siguiera igual.

Durante muchos los cuatro compañeros de la mesa del fondo se mantuvieron estables. No eran amigo no tampoco intimaban mucho. A lo sumo, al despedirse, se decían leves detalles de la vida privada que permitían adivinar quién tenia hijos, quién estaba solo, si la mujer le reñía al llegar, etc. Detalles que creaban una sutil camaradería, una confianza que para ellos era el máximo que tenían de relación con otros fuera del círculo familiar.

«Marcho, que si no me riñe la parienta» era suficiente para saber que estaba casado. «Venga, que voy despacio, que tengo la rodilla fastidiada y me lleva mañana mi hijo al médico» o «Hoy acabamos antes, que vine mi hija la que vive en Francia» daban noticias de los hijos y sus quehaceres.

Juan no contaba mucho. Se había quedado viudo antes de jubilarse. No le gustaba hablar de eso. Había sido un matrimonio feliz y la terrible enfermedad de su esposa era un trauma profundo. Sin hijos, se limitaba a escuchar los escuetos parlamentos de sus compañeros y participaba poco en las breves conversaciones.

Sin embargo, una tarde, antes de empezar la última partida, empezó a hablar. Sus compañeros le escucharon con asombro al principio y enseguida con mucho respeto. Eran hombres, ellos no hablaban sin ton ni son como las mujeres del poleo, solo decían las cosas imprescindibles e importantes. Dijo:

—Señores, esta es mi última partida con vosotros. Mañana me voy a vivir a una residencia. Desde hace medio año, más o menos, me siento cansado. Me aburre comprar, hacer la comida, limpiar… Sabéis que no tengo mujer que me espere en casa. Tampoco hijos para que me den nietos. Desde hace un mes lo estoy organizando. Cierro mi casa. Me gustaría que vinierais a visitar. Es la residencia de la calle Santa Elvira. También vendré por aquí, hay un autobús que para la puerta de la residencia y me deja aquí cerca, a cinco minutos andando. Digo todo esto porque tenéis que buscar a alguien que juegue en mi puesto. Hoy invito yo a las rondas y a una extra que pedimos ahora. Pero lo primero es lo primero.

Juan dirigió los ojos al grupo de mirones de la barra y le hizo una seña con la cabeza a uno que llevaba muchos meses esperando su oportunidad. El hombre se levantó del taburete y se acercó a la mesa. En un movimiento simultáneo Juan dejó su silla en la partida libre. Estrechó la mano de sus tres antiguos compañeros que le miraban asombrados y con un punto de tristeza. Se dio la vuelta y se dirigió a la barra del bar, se sentó en un taburete vacío y le dijo a Elsa:

—Todo lo de esa mesa, va hoy por mi cuenta.

Susana Sierra Álvarez, asesora lingüística. Corrección y redacción de textos

Autora de Guía para corregir textos dramáticos. Cómo corregir textos dramáticos sin que sea un drama

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