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Historietas: El balcón de mi vecina, por Susana Sierra

Apartamentos y balcones.
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Apartamentos y balcones. (Foto: Pixabay)
Por Susana Sierra Álvarez
miércoles 23 de marzo de 2022, 01:30h

Mi familia y yo nos habíamos trasladado al séptimo y último piso de un bloque en forma de herradura en una calle del extrarradio. Las amplias ventanas daban a un patio abierto por un lado y desde ellas veía la calle, si miraba a la derecha y, si miraba a la izquierda, podía cotillear las terrazas de los pisos que estaban en el lateral.

Enseguida me llamó la atención una terraza frondosa en la que el verde intenso y el color de las flores creaban la ilusión de que una pequeña selva se había instalado en el cuarto piso. Cuando se la enseñé asombrada a mi madre, me dijo:

—Me juego lo que sea a que la cuida alguna abuela.

Ante esa certeza tan clara me quedé mirando la terraza para refutar la tesis. Estaba en la edad en la que es importante llevar la contraria a cualquier adulto que diga algo con seguridad y aplomo y mi madre siempre hablaba con seguridad y aplomo, así que me propuse averiguar quién cuidaba ese jardín colgante para, a ser posible, restregárselo en la primera ocasión.

Pronto me di cuenta de que tanto verdor y colorido se debía a geranios, en su variedad de gitanillas si estaban colgados de la pared, a cintas, a la planta del dinero, a los delicados pendientes de la reina, a las robustas cadenas que florecen en invierno… humildes plantas que no han pisado una floristería y que han saltado de maceta en maceta en esquejes regalados por vecinas y conocidas del barrio.

Otro dato que abonaba la tesis de mi madre era la disposición amorosa de las macetas, las grandes detrás, las pequeñas en maceteros que las elevaban, las de la pared colocadas de manera estratégica para ser regadas sin esfuerzo, todas bien orientadas a la luz, con las terracotas descascarilladas, algunas con restos de pintura o esmalte, recicladas una y otra vez.

Me desanimó comprobar día tras día que no decaía el vigor, que no se veía una hoja amarilla, que el suelo estaba siempre refregado y que la pulcritud reinaba en ese pequeño paraíso privado.

Una mañana que no tuve clase confirmó mis malos presagios y reafirmó la agudeza de mi madre. Me había apostado en la ventana para ver si tenía suerte y lograba ver a quien estaba detrás de esa modesta maravilla, pues por la tarde y la noche no había conseguido ver a nadie más que a un señor fumando que, además, no parecía tener mucho aprecio al esplendor que lo rodeaba.

A las 11.30 apareció ella. Llevaba una bata de tela sin mangas, estampada con lunares anaranjados y atada a la espalda, encima de un jersey o vestido oscuro. El pelo corto, teñido y con una permanente de caracolillos. Los ojos claros observaron el cielo y la calle durante unos minutos. En una mano llevaba una jarra grande con agua y en la otra una bolsa de plástico.

Me quedé mirando fascinada. Una por una repasó todas las macetas y para todas tuvo un mimo: quitar una hoja algo fea, echar agua de la jarra, remover la tierra un poco… Sacó unos polvos de un bolsillo de la bata, sería fertilizante, que distribuyó a pizquitos por aquí y por allá. Acabada la tarea pasó la mano de manera sutil y cariñosa por encima de flores, tallos y hojas, se volvió a mirar de nuevo al cielo y a la calle y entró en la casa. Sigo convencida de que las plantas se giraron hacia ella y le agradecieron su cuidado.

Siempre que podía, a las 11.30 me ponía en la ventana para ver el ritual. Esa mujer y su tarea cotidiana daban a mi mundo la certeza de que la vida podía ser sencilla y hermosa.

Tras unas vacaciones en el extranjero, cuando regresé a casa, tenía prisa por ver cómo seguía el jardín de la abuela del cuarto piso, que era también mi jardín. Les di a mis padres y hermanos los regalos de manera apresurada, conté cuatro cosas y con la excusa del cansancio me fui a mi habitación a recrearme con la visión de mi ventana.

Me sorprendió ver cierto descuido, cambios sutiles, como una pequeña disimetría en la colocación de las macetas, una flor mustia que no se había retirado… Me sentí inquieta y una pequeña angustia se instaló de manera permanente. En las semanas que siguieron, algunas plantas desaparecieron, otras se secaron y el resto sobrevivían de manera triste. En dos meses, la terraza jardín tenía en un rincón amontonados los restos de un geranio, dos pilas de macetas unas encima de otras boca abajo y era protagonista del espacio una mesa blanca de plástico con dos sillas del mismo material. En una de ellas se sentaba el señor de siempre a fumar.

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Le pregunté a mi madre si le había pasado algo a la vecina mayor del cuarto. Me miró como si estuviera loca.

—¿Qué vecina del cuarto? Llego de trabajar a las tantas y me preguntas por la vecina del cuarto. ¡Me importan un bledo los vecinos del cuarto! —Cuando mi madre se ponía así, no había nada que hacer.

Al día siguiente, cuando mi madre se fue a trabajar, bajé las escaleras y toqué el timbre del cuatro B. Me abrió una señora de mediana edad.

—Disculpe —dije—, antes veía a una señora cuidar las plantas de su terraza y, como ya no la veo, pensé que igual se había ido al pueblo o, bueno, no sé, no quiero molestar, era por saber si estaba bien.

—No molestas —contestó—, es mi madre. —Que hablara en presente me alivió la angustia—. Siempre estaba con la manía de las plantas. Ahora no creo que dé la tabarra con eso.

—¿Dónde está?

—Se le fue la cabeza. La llevamos a la residencia.

—¡Oh! Me puede dar la dirección. —La señora me miró suspicaz—. Es para hacerle una visita, me agradaba verla cuidando su terraza.

—Como quieras. No le veo el sentido. Aunque te conociera, no te reconocería. Y qué manía con las plantas, menos mal que me libré de ellas.

Al día siguiente compré un geranio de flores rojas y me fui a visitar a mi vecina. La encontré sentada, con la mirada fija en la pared, mirando sin ver nada. Me senté a su lado y le puse en el regazo la pequeña maceta. Cogí su mano y la hice acariciar las pequeñas flores, bajó la vista y sonrió, luego dirigió sus ojos claros hacia mí y tocó mi cara.

Desde ese día voy a ver a mi vecina tres días a la semana. En la sala donde pasa las tardes ya tenemos un pequeño jardín con seis geranios, unas citas y una planta del dinero, en sus maceteros. Agarro su mano y juntas inclinamos la jarra de agua, quitamos una flor mustia, una hoja amarilla. En esos momentos, somos felices.

Susana Sierra Álvarez, asesora lingüística. Corrección y redacción de textos

Autora de Guía para corregir textos dramáticos. Cómo corregir textos dramáticos sin que sea un drama

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