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Historietas: No pienso volver, por Susana Sierra

Mayor dependiente.
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Mayor dependiente. (Foto: JC)
Por Susana Sierra Álvarez

Manuel siente la misma desazón cada lunes, miércoles y sábado desde hace tres meses, los que lleva visitando a su madre en la residencia de mayores a la que, por acuerdo de los dos, ella se mudó después del susto de la caída que llevó a una operación de cadera, y de que esos despistes, «sin importancia, mamá, eso nos pasa a todos», que le empezaron a preocupar tanto a él.

Manuel es hijo único de Jacinta, cada vez que entra por la puerta acristalada de la entrada llena de exuberantes plantas, siente que el corazón se le encoje. Hacía años que él y su madre no se veían tan a menudo y la responsabilidad y sensación de culpa le hacen que arrastre los pies por el pulido suelo del pasillo hasta la soleada sala, donde los ojos ansiosos de su madre mirando la puerta le reciben y apresan como un niño que cierra el puño para atrapar un insecto.

Antes, en un tiempo estancado tres meses antes, cumplir con sus deberes de hijo era fácil, cada dos o tres semanas visita a mamá, fingir la prisa inexistente y las obligaciones inexcusables para ir de tarde en tarde; fingir por parte de ella que se cree lo que él le dice, que comprende y agradece el esfuerzo que hace. Manuel, en su ocupada vida de soltero de 55 años volcado en sí mismo y sin obligaciones, se había impuesto esta tarea que acallaba conciencia y llenaba el estómago a partes iguales, «lo hago por ella, que así tiene algo que hacer y mira qué contenta se pone».

Las escaleras del tercer piso sin ascensor le hacían sudar su sobrepeso. La mesa puesta, las comidas favoritas y la televisión bien alta llenaban ese rato de rutinas y conversaciones sin compromiso que devolvían a los dos a los tiempos en los que compartían vivienda, discusiones y silencios, en una paz placentera pues la falta de convivencia hacía que se sintieran a gusto y en paz. Los dos cumplían con su obligación:

—¿Cómo estás, hijo? ¿Comes bien? He ido a la pescadería que sé lo que te gusta.

—Pero mamá, con la guerra que da la merluza rebozada. Y qué pesada eres, que sí que como, no me ves lo gordo que me estoy poniendo.

—De eso nada, espera, que pongo la tele que empieza el programa de Jorge Javier, ¡no sabes cómo está el patio! Mira…

Y así, sin compromiso, la tarde se desarrollaba perezosa, llena de palabras y alguna que otra risa y luego, cada uno en su casa.

Pero todo había cambiado de manera radical. Manuel no sabía si esas leves pérdidas de memoria tenían que ver con la caída, o la caída había acelerado un proceso que ya estaba. Él no podía ocuparse de su madre. Convinieron que la residencia era la mejor opción, pero…

La insistencia de la médica geriatra, del psicólogo, del terapeuta ocupacional y de cuanto profesional se cruzó con él, le crearon la obligación de ir esos tres días a la semana a ver a su madre. No sirvió de nada que les dijera que antes no se veían casi o que no le venía bien. No podía oponerse a verla, quedaría como un mal hijo. Ellos hablaban de compañía, de afecto, de los beneficios de la charla y ese era el problema, él no podía argumentar que hacía muchos años que él y su madre no tenían nada que decirse, mejor dicho, nada que no fueran reproches o palabras hirientes que antes, hablando de comida y de personajes de la farándula obviaban y, de esa manera, quedaban sepultadas las veces en las que él se marchó de casa dando un portazo, las que ella gritó, las que él escupió obscenidades y las que ella lloró llena de gritos y ahogada en rencor. No podía decirles que su relación se basaba en hablar y hablar de lo que no comprometía, de los personajes del corazón o de la poca ensalada que se ha comido, sin compromiso, sin profundidad, y ahora, no tenían nada que decirse.

Cada tarde que se sentaba en el cómodo sillón frente a su madre, mesita camilla de por medio, solo pensaba en la excusa que tenía que fabricar para que no le obligaran a volver. Los silencios se le hacían espesos sin un plato que comentar, que permitiera pausas para llenar la boca, sin una televisión que escuchar, sin temas intrascendentes de las vidas de otros que taponaran todo aquello de lo que no debían hablar.

Esta tarde de sábado va a ser distinta. Manuel se ha decidido, no tiene que dar explicaciones y, si se las piden, la difusa excusa del exceso de trabajo será suficiente para callar la insistencia de esa cuidadora tan pesada que, como un mantra, repite cada vez que le ve:

—¡Menos mal que ha llegado!, menudo disgusto le da a la señora Jacinta si no viene. Ya creíamos que no venía.

La odia, siempre llega a la misma hora, ¿por qué dice lo mismo? No puede volver, es una pérdida de tiempo estúpida que solo le hace sentir mal, con la bola de angustia subiendo y bajando desde la boca del estómago a la boca.

Jacinta clava sus ojos inquisitivos en los de su hijo. Hace pocas preguntas, cuenta pocas cosas, sobre todo, calla y está quieta. La delata su media sonrisa, esa que no le dedica a nadie en la residencia, la delata el esmero con el que se peina y el cuidado por llegar la primera a la sala de visitas para coger el que ella considera que es el mejor sitio.

Manuel se levanta, ya ha pasado la hora, otra hora sin sentido, con largos silencios, miradas al frente y al resto de personas de la sala, breves cruces protocolarios:

—¿Todo bien?

—Bien, ¿tú?

—También.

—¿La comida? ¿Está buena?, ya se sabe que cuando se cocina para muchos…

—No está mal.

—Ya.

Y vuelta a pasear la mirada por la sala envidiando a esos hijos dicharacheros que hablan a voces y palmean la mano de sus padres y gesticulan exageradamente.

Esta vez su despedida es para mucho tiempo, se acerca a la mejilla de su madre para darle un beso.

—Bueno, mamá, me voy.

Ella le retiene firme con la mano puesta en la mejilla de él. Suave, cálida, la mano que de niño le quitaba el miedo y de manera mágica curaba cualquier dolor.

—Lo sé —dice Jacinta—. El silencio contigo es mejor que las palabras con otro.

Manuel fija su mirada de hombre solo en la de su madre, mientras la angustia se disuelve y se va girando por el desagüe de los sentimientos inútiles.

—Hasta el lunes, mamá.

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