El sector de la atención a las personas mayores asiste a una paradoja silenciosa. A pesar de la profunda transformación que han experimentado los centros en las últimas décadas, la percepción pública parece inamovible, firmemente anclada en un imaginario del pasado. Esta desconexión entre la realidad asistencial y la opinión pública tiene una explicación estructural que responde a una dinámica muy concreta de desconfianza social.
El debate sobre cómo se proyecta la imagen de los centros de mayores ha vuelto al primer plano profesional. Durante su intervención en la Jornada Internacional de Buen Trato organizada recientemente por la Fundación DomusVi y la Universidad CEU San Pablo, el fundador de Inforesidencias, Josep de Martí, ofreció una ponencia titulada 'Buen trato a las personas mayores en los medios' para analizar los factores que distorsionan la realidad de los centros actuales.
Con tres décadas de trayectoria a sus espaldas, De Martí defendió el profundo cambio del sector residencial: "Las residencias han cambiado muchísimo, y las personas que viven en las residencias han cambiado, y los profesionales también han cambiado". El modelo ha evolucionado desde una lógica asistencial de corte sanitario hacia la atención centrada en la persona, un enfoque que busca respetar las preferencias del residente, indagar en su historia de vida y atender sus deseos pasados, incluso cuando convive con demencia.
Sin embargo, este avance no se traslada a la sociedad. "Cuando la gente dice que las residencias son una mierda y que no han cambiado, yo digo: no, han cambiado... y muchísimo", insistió.
Para desgranar el origen de la sospecha y la resistencia social hacia estos centros, el experto utilizó un esquema de análisis propio al que denominó "el ataque de las tres D". Este engranaje conceptual describe un proceso en cadena que comienza con el Desconocimiento de los ciudadanos sobre lo que ocurre realmente en el interior de las instalaciones actuales.
A este primer factor se suma la Desinformación, alimentada por el filtro que aplican los medios de comunicación, que tienden a priorizar los aspectos negativos. Como consecuencia directa de estos dos elementos combinados, el resultado final es la Desconfianza generalizada del entorno social. "Nos estamos equivocando de miedo", advirtió el ponente respecto a las alarmas infundadas.
Esta desconfianza tiene repercusiones tangibles y dolorosas para el entorno afectivo de los usuarios. Es lo que llamó el "impacto del sesgo de negatividad". Muchas familias afrontan la decisión del ingreso con un intenso sentimiento de culpa y temor al reproche social. El motivo es que el imaginario colectivo no visualiza el centro actual, sino la "protoresidencia", es decir, el asilo de décadas atrás.
Ese estereotipo del sitio en el que "te metían" genera pánico al juicio ajeno, un fenómeno que no es exclusivo de España. "He visitado residencias en más de 20 países, llevo cincuenta y tres viajes asistenciales organizados, y pasa en todo el mundo que he visitado", constató De Martí.
Incluso en países con sistemas muy avanzados y de costes elevados, como Finlandia o Suecia, la ficción de gran éxito comercial sigue reproduciendo imágenes distorsionadas de centros rígidos donde los residentes carecen de capacidad de elección.
El análisis del fundador de Inforesidencias hace ya 26 años descargó de intencionalidad a las empresas de comunicación al señalar que "los medios no inventan la realidad, lo que suelen hacer es sobredimensionar algún aspecto de la realidad". Detrás de esta práctica se encuentra también el "sesgo de negatividad", un mecanismo estudiado según el cual los conflictos, los escándalos y las amenazas captan la atención de la audiencia con mayor intensidad que las buenas noticias.
"No es que busquemos lo malo, buscamos lo intenso, lo emotivo, lo que de verdad nos atraiga", precisó.
El resultado es que las personas mayores se vuelven invisibles en los medios cuando tienen éxito o poder, mientras que son estigmatizadas bajo términos como "anciano" en narrativas vinculadas a la enfermedad, la fragilidad o el suceso delictivo, llegando a calificarse de esa manera a personas de 60 años.
Asimismo, De Martí expuso que los medios eligen el enfoque negativo incluso ante datos positivos, como ocurrió con una encuesta de la OCDE en la que las familias valoraban las residencias con un 6,9 sobre 10 y cuyos titulares se centraron exclusivamente en la falta de personal y atención psicológica. El público, al tener el asilo en mente, "tiende a creerse lo negativo y a buscar lo negativo".
La persistencia de estos estereotipos no solo es externa; el propio colectivo de personas mayores ejerce el edadismo sobre sí mismo. "Nosotros no solemos vernos con nuestra propia edad, sino que solemos vernos más jóvenes de lo que de verdad somos", apuntó el ponente, describiendo situaciones donde los propios usuarios rechazan compartir espacios con otros compañeros bajo el argumento de que los viejos les dan asco.
Estas visiones reduccionistas chocan con una realidad diversa donde figuras de más de 60 años muestran dinámicas totalmente alejadas de la fragilidad extrema. Si bien De Martí considera que este edadismo mediático no empeora de forma directa la situación de la gente, sí actúa "como una losa que impide que crezcan cosas que podrían crecer".
La superación de este freno es urgente ante un escenario demográfico inminente: "Vamos a pasar de un 21% de personas de más de 65 años a un 30 y pico. Vamos a ver cosas que no habíamos visto nunca".
Frente al miedo al estereotipo, el director de Inforesidencias señaló cuál debería ser el verdadero motivo de preocupación social: el riesgo de necesitar una plaza y no poder acceder a ella. Las residencias ofrecen cada vez más servicios y sus costes se elevan, lo que provocará que muchas personas, sin el soporte de la ayuda pública, no puedan costearse la atención necesaria.
Aunque modificar por completo la percepción de los medios es una tarea compleja porque la residencia es "un lugar que en principio no quieres necesitar", el ponente defendió la viabilidad de avanzar hacia un relato más justo. Para lograrlo, propuso una estrategia bidireccional. A nivel local, cada centro debe apostar firmemente por la transparencia y la comparabilidad para guiar a los usuarios.
A nivel sectorial, el camino pasa por potenciar la voz de las propias personas mayores y fomentar proyectos intergeneracionales que transformen la percepción desde dentro, apoyándose además en las narrativas positivas que permite el entorno digital.